Mi abuelo materno se llamaba Manuel Gigirey. Un hombre grandote, de espaldas anchas, que imponía con su presencia una mezcla de afecto, respeto y, para mí, de admiración y cariño sereno y reposado.
Había tenido una carrera en la famosa Anglo, y estaba jubilado cuando yo lo
“conocí”, es decir desde cuando mis primeros recuerdos se abren paso en mi memoria y puedo identificarlo separadamente de los demás. (Para aclarar debo decir que la Anglo era la Compañía Anglo Argentina de Tramways, luego captada por la Corporación Argentina de Transportes, que englobó a todas las líneas de tranvías de Buenos Aires).
“conocí”, es decir desde cuando mis primeros recuerdos se abren paso en mi memoria y puedo identificarlo separadamente de los demás. (Para aclarar debo decir que la Anglo era la Compañía Anglo Argentina de Tramways, luego captada por la Corporación Argentina de Transportes, que englobó a todas las líneas de tranvías de Buenos Aires).
Para todo el mundo era Don Manolo, hijo de gallegos, expansivo, locuaz y excelente intérprete y compositor de guitarra. Junto con sus hermanos (mis tíos abuelos) Alfredo y Juan componían un conjunto folklórico que había trabajado en los primeros años de la Radio, en una emisora llamada Radio Cultura, interpretando composiciones gauchescas propias y ajenas, de manera brillante. Mi abuelo y Alfredo eran guitarristas realmente extraordinarios, y Juan acompañaba y, cuando lo dejaban, recitaba poesías gauchescas con un talento incomparable que hacía llorar a cualquiera de pelo en pecho con esas obras de Cavilla Sinclair o Yamandú Rodriguez. Así que una fiesta en la casa de mi abuelo era una sesión “unplugged” asegurada.
Mis abuelos vivían en un “petit hotel” de la calle Francisco Bilbao entre Mariano Acosta y Martinez Castro. El frente , de granito rojo, todavía se mantiene incólume hoy día. Entre el garaje y un patio andaluz que aseguraba, un pulmón interno de aire y luz, se interponía una mampara divisoria de tres cuerpos, y que era íntegramente un vítreaux que representaba un glorioso papagayo de colores alucinantes parado en una rama en medio de la selva. Y no es exageración: debía medir como cuatro metros de largo por dos de altura. Era realmente espectacular.
Desde esa casa mi abuelo pasaba creo que con alegría pero con aburrimiento ( igual que todos los hombres jubilados que han desempeñado funciones de cargo en su vida) sus días de retiro. Yo tenía cinco años y ocasionalmente me quedaba a pasar unos días en su casa. Me imagino que para huir de mi abuela Otilia, mi abuelo organizaba salidas casi diarias para caminar hasta el parque Avellaneda, a unas tres cuadras de allí. En esa zona la calle Bilbao tiene boulevard, y luego de dejarme acondicionar convenientemente por mi abuela, allá me iba con mi abuelo de la mano rumbo hacia la aventura del parque, por el medio de la calle. En esa época el Parque Avellaneda era algo distinto al de ahora. Por empezar, la zona era medio inhóspita en las zonas que habían sido preparadas para parque. En toda la porción que da sobre la calle Directorio la cosa funcionaba bien. El enorme trazado del parque se podía recorrer en un trencito de trocha angosta con una locomotora minúscula que tenía hasta un pito de tren, porque la mayoría de los paseantes no le daba bola a la formación liliputiense y seguían caminando por las vías, que dicho sea de paso estaban colocadas en forma no muy bien pensada y cortaban las calles internas, los lugares para sentarse y acampar un rato, etc. Así que si no sabías que había un tren, se te aparecía de pronto y tenías que correrte de manera intempestiva para dejarlo pasar. El sector de los juegos de niños era realmente espectacular, y estaba dividido en sectores para edades diferentes. En el que estaba destinado a los chicos mayores, tenía toboganes TAN altos que lo tenías que pensar dos veces para tirarte. Había hamacas de todo tipo y calesitas de las que se empujan, sube y bajas enormes, y otras cosas por el estilo, como lugares para gimnasia en aparatos y cosas parecidas. Y aunque no me lo crean, dentro de un edificio clavado en esa zona del parque, una pileta de natación cubierta gratuita.
Como la pileta estaba sobreelevada para que el vaciado fuera pasivo, para llegar a las puertas enormes por donde se entraba al edificio había que subir como cinco metros de escalones de una escalera que ocupaba todo el frente, como en un templo pagano. No se si todavía se conserva, porque a veces uno tiene miedo de volver y de lo que se puede llegar a encontrar. Mejor dejémoslo así. Pero mi abuelo no iba solamente a caminar y tomar aire: tenía dos períodos de recolección de elementos según la temporada climática: en otoño, recoger los frutos o las bayas del eucalipto, porque se venía el invierno y las estufas que eran a querosén daban un olor desagradable, por lo que se les ponía encima un recipiente con agua con esas bayas para que perfumaran el ambiente al hervir. Pero en temporada de verano, mi abuelo, a quien yo llamaba Tata, zarpaba de su casa con la intención de juntar ¡mastuerzo! Ustedes dirán, con esa sencillez y discreción que los caracteriza: ¿LO QUÉ?? Que es lo mismo que yo me pregunté la primera vez. Hasta que ví lo que era: una planta rastrera y comestible que crecía de manera silvestre ( coronopus dídimus).
Esta plantita, tan monona, crece por todas partes, tiene ciertas propiedades medicinales y solamente tenés que tener cuidado en recogerlas en lugares más o menos resguardados donde no vayan perros ni gatos. Tiene un gusto ligeramente picante, tipo rúcula, y antes de comerla la tenés que dejar un rato en agua con vinagre.
Mi abuelo tenía junados los mejores lugares, que estaban frente al parque, donde ahora hay decenas de monoblocs de departamentos, y antes era un terreno cercado donde funcionaba algo así como un club donde los jubilados jugaban a las bochas. A veces se paraba un ratito para ver un partido, y me parece que le hubiera gustado jugar, pero venía apretado de horarios porque iba conmigo y me tenía que llevar de vuelta a almorzar, a comer la ensalada de mastuerzo que estábamos llevando. El volver se me hacía difícil porque estaba cansado, pero era barranca abajo hasta Mariano Acosta. Nunca conocí a otra persona que hubiera juntado y comido mastuerzo, y yo tampoco volví a comerlo desde esa edad porque mi abuelo poco después se mudó lejos, a Morón, tratando de olvidar ese barrio en el que también vivía su hija Lala, mi madrina, que murió al dar a luz. Pero todavía me acuerdo del gusto del mastuerzo, de las mañanas claras de verano y de la pequeña aventura de mi niñez acompañando a mi abuelo Manuel, con la vida recién estrenada y los ojos nuevos, caminando de su mano bajo el cielo.

Perdona pero ésta planta no es el coronopus didimus sino q es Sanguisorba minor Scop. subsp. minor.
ResponderEliminarLa Coronopus didimus es ésta http://www.floracatalana.net/coronopus-didymus-l-sm-
Gracias por desasnarme y por tu aporte. Pero debo decirte que a pesar de que de acuerdo a tu link el coronopus es otra cosa y no la plantita de la foto que publiqué, tampoco me parece que la sanguisorba (por el nombre parece pariente de Drácula) sea la de la foto y que yo recuerdo haber comido. Propongo seguir investigando. Gracias. Visca Catalunya!
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