sábado, 1 de enero de 2011

Y a mucha honra

Varela entre Francisco Bilbao y Gregorio de Laferrere. De Varela sólo se sabía el apellido. ¿Cuál Varela? ¿Felipe, el Federal de la zamba? ¿Florencio, el Unitario asesinado por Oribe? Nadie lo sabía.
Pero esa bendita cuadra era la recopilación en cien metros del mapa universal. Nosotros mamábamos la tolerancia y la convivencia desde que nacíamos. Nadie nos enseñó con otra cosa más que con el ejemplo. Y aprendimos sin darnos cuenta y sin que fuera necesario tener una antidiscriminación por decreto, como ahora.
Mirá la cuadra de mi casa, vereda impar, donde yo vivía:
Esquina Laferrere: quiosco y Librería mínima. Dueño: Don Felipe. Anciano, español, fumaba Avanti. Si ibas a comprarle algo, te quedabas charlando con él una hora. Siempre tenía gente parada delante del quiosco. Allí comprabas desde los caramelos Miski y el Milkibar, o los caramelitos chiquititos de Sen hasta el papel araña para forrar los cuadernos del colegio o la pelota Pulpo para jugar a la vuelta. Al lado, una familia distinguida: la familia Desouches. El Papá Contador, dos hijos amigos míos, uno de los cuales, Alberto, Médico como yo, fue Director del Htal. Posadas. Al lado, una familia Armenia, recién llegados. Un matrimonio con cuatro hijos y el hermano del padre. Profesión: Zapateros. Apellido : Atamián. El varón más grande, Marcos, era habitué en mi casa para jugar conmigo. Al lado: Don Marcos Niewiadomski y Doña Clara. De origen ruso y religión judía. Sastre como los de la época: hacía los pantalones, sacos, todo a mano. Los dos hijos, Abraham y Martín, eran mayores que yo, y algo más jóvenes que mis viejos. En las fiestas judías compartían con nosotros el Matza y algunas delicadezas propias de su cultura. En carnaval jugábamos al agua con los hijos, los vecinos, mis viejos, etc. Abraham era más serio, Martín un atorrante. Su puerta interna comunicaba inmediatamente al lado de la nuestra en el pasillo adonde daban todos los departamentos (los dos primeros tenían negocio a la calle) y era común que para comunicarnos entre nosotros se abriera la puerta del departamento y se hablara asomando la cabeza al patio. Ellos tenían teléfono, de los de candelero, que se colgaba el auricular de una horquilla que tenían en el costado. Nos ofrecían el teléfono sin reservas, y mis amigos me llamaban a ese número y Clara abría la puerta del patio y me decía: Títele, te llama fulano! (a mi me decían Tite), y yo bajaba corriendo e iba casi hasta el negocio con Don Marcos atendiendo clientes, y cerraba la puerta intermedia para no molestar, y hablaba rápido para no ser abusivo. Gente generosa y amable y cariñosa, los Niewiadomski. (Uno de los hijos de Abraham hoy también es Médico Pediatra)  El negocio de al lado de ellos era de una familia de origen francés por un lado e italiano por otro: Duveaux y Della Védova. Eran dos hermanas y la hija de una de ellas, Luisa, hoy también es Médica Clínica. Debía ser contagioso. Pero sigo: al lado de casa había un local transformado en taller mecánico de un muchacho de ascendencia alemana especializado en Borgward que se llamaba Martín Adams. Me podría pasar horas hablando de esa extraordinaria, querible, admirable persona que fue Martín. Corredor de carreras de lo que hoy llamamos Rally y antes turismo de carretera, había tenido un accidente grave acompañando a Marcolongo. La farra mayor para todos era cuando terminaba un Borgward Isabella y salía a probarlo con algunos de nosotros adentro. Tenía un circuito que incluía llegar hasta Lafuente y doblar a todo lo que daba por atrás de la placita de Lafuente y Bilbao haciendo todos los rebajes de caja y entrar derrapando al pasaje. Martín era un tipo grandote, de carácter fuerte que se quedaba hasta tarde en la madrugada para arreglarnos el cochecito nuestro cuando salíamos para Mar de Ajó. Tenía un socio tan buen tipo como él que se llamaba Pico de apellido, alto, flaco, y que se volvió para sus pagos de General Pico (valga la redundancia) cuando incomprensiblemente Martín murió de una hemorragia digestiva.
Un poco más allá, en casi la mitad de cuadra, un joyero griego, Don Alejandro, exaltado y verborrágico, apasionado por la historia reciente de su país, de la que creo había tomado parte en los movimientos sociales de post guerra, y que se pasaba horas explicándome los procesos políticos de su Patria, los guerrilleros, los partisanos, etc. Un personaje inolvidable. Y un poco más allá, la Tienda de una familia de origen turco llamada Pierri, cuya hija de mi edad, bonita, frágil y delicada, murió casi una niña de una enfermedad que hoy tiene cura. Se llamaba Sonia. Exactamente al lado de este negocio, una anciana que se pintaba mucho y se vestía de manera singular y que se enorgullecía de ser Sobrina nieta de Domingo Faustino Sarmiento, Padre de la Educación de los Argentinos y Presidente de la República.
En la vereda de enfrente, otras familias italianas como los Corsiglia, que tenían una fábrica de hielo y lo vendían en trozos de las barras industriales y cuyos hijos fueron fundadores conmigo y algunos otros chicos del barrio del Club Social y Deportivo “Amor y Lucha” que en el fondo de esa casa de los Corsiglia tenía como lugar de práctica deportiva una cancha de básquet con piso de ¡adoquines!!!, muy apropiados para llevarla picando, como comprenderán.
Y una familia polaca que tenía un bazar repleto de cosas de vidrio y porcelana, y una extraordinaria familia japonesa que, contra todas las predicciones, no tenia una tintorería, sino una Fábrica de Pastas.
Era propiedad de Don Torazo Akiyoshi, un oriental amable, humilde, trabajador, de contextura delgada pero fibrosa (la broma fácil era porque se llamaba Torazo), siempre con una sonrisa en la boca, y una esposa callada, regordeta, que hacía ñoquis a la manera antigua con un rallador alargado a una velocidad abismal. Su hijo, el Dr. Horacio Akiyoshi, Bioquímico, fue el Profesional que introdujo e impuso el Control de Calidad en las prácticas Biomédicas argentinas. Me enorgullece haber sido su amigo y el haber participado en aquel Primer Congreso de Control de Calidad de la Argentina que lo tuvo de Presidente. Como todos los buenos, murió joven de un infarto de miocardio.
Justo frente a mi casa, había un gran terreno cerrado con un portón de metal de dos hojas enormes, donde tirábamos a fin de año los rompeportones (unos pequeños cilindros de cartón duro rellenos de pólvora y pequeñas piedritas que cuando golpeaban una superficie dura estallaban con gran estruendo. Como las piedritas que producían la chispa también salían disparadas como metralla, en vez de tirarlos con las manos los tirábamos con honda, porque lo que más dolía eran los impactos de las piedritas en las piernas ya que los chicos usábamos pantalones cortos.) Pero sigo: en ese lugar, donde hoy se levanta un enorme edificio de departamentos de no se cuantos pisos, se instaló una familia uruguaya descendiente de africanos. Como dirían Les Luthiers, gente de color (negro). También de profesión mecánico, su alcance era más modesto que el de Martín Adams, y sus arreglos menos específicos. De cualquier modo, tenía a un lado un largo tinglado de chapas y una modestísima casita al fondo, donde vivía con su esposa y dos chiquitines. Pero una noche, gritos y corridas nos sacaron a todos a la calle: el taller se había incendiado. Los vecinos corríamos trasladando agua pero los baldecitos de zinc no alcanzaban para nada y hasta que llegaron los bomberos el fuego destruyó todo. Hubo una cruzada popular para salvar la familia y todos contribuyeron con algo. Hasta el Club Social y Deportivo Amor y Lucha, en sesión de Comisión Directiva (éramos seis socios y seis dirigentes) decidió, por unanimidad, donar todos sus fondos a nuestro vecino damnificado. Lo llamamos a nuestra cancha de básquet y le entregamos todos nuestros fondos en una cajita de madera de esas que venían los habanos: algo más de nueve pesos. Le dijimos que a pesar que era poco, para comprar alguna pinza le podía ser útil. El hombre lloraba y pidió permiso para besarnos a todos, porque no se atrevía porque el creía que era negro y nosotros blancos, cosa de la que nosotros no nos habíamos dado cuenta, porque ¿Qué tenía de diferente ser negro en medio de los gallegos, tanos, turcos, griegos, japoneses, rusos, armenios, franceses, polacos, etc. que saludábamos o nos besaban todos los días cuando nos encontraban por la calle?
Por si no se los dije, mi Barrio era Flores sur, y mi calle la calle Varela, al 600, en la otra cuadra del corralón. Allí me crié, allí me recibí de Médico y desde allí y con esa Escuela salí a la vida. Y a mucha honra.

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