jueves, 30 de diciembre de 2010

Noche de Reyes

Qué grande, ché!
Me metí en una página de Internet de recuerdos de Buenos Aires y me quedé colgado de los recuerdos míos.
Te acordás? me dije. Y si te acordás, porqué no lo escribís?
Porque ¿a quién le interesa, Tite? A tus hijas? A tu mujer? Les interesará a los que vienen después?
Así que me puse a pensar: de qué me acuerdo?
Y poco a poco intenté limpiar los recuerdos de los recuerdos imaginados, que es lo que sucede cuando a los recuerdos le sumás lo que vos creés que pasó después de haberlos contado algunas veces.
Hay cosas que lógicamente no me acuerdo pero que me las contaron. Por ejemplo que nací en el Centro Gallego y que mi parto fue difícil. Tan difícil que parece que les sacó las ganas a mis viejos de tener más hijos. Hay algunas cosas que no sé si son recuerdos o comentarios de las fotos que me sacaron cuando no tenía recuerdos, así que no estoy como para repetir lo que no se con seguridad. Lo primero que me acuerdo es el patio de mi casa de Flores Sur. Bueno, casa. El departamento que mis viejos alquilaron durante toda su vida, y que fue mi hogar desde siempre. Me acuerdo de ese patio de cuatro por cuatro con sillones de metal y madera de un estilo supongo que moderno para la época con una mesita que siempre fue “la mesita del patio”, y que sirvió para múltiples funciones: comer en el patio en verano y lo mismo en el invierno pero metida adentro del dormitorio de mis padres, no en el comedor, que era donde yo dormía de chico. Recuerdo como se veía el patio desde el comedor, con el sol que le entraba de arriba a la mitad de la tarde, iluminando los helechos de mi vieja, que rápidamente se corrían para protegerlos del calor que los achicharraba. Los sillones eran extraños. No recuerdo haber visto iguales nunca. Los dos costados eran círculos de caño pintados de verde con cuatro patitas que formaban ángulo. Entre los círculos se sostenían tablas de madera horizontales que formaban el armazón para sentarse, en forma semicircular. No eran demasiado cómodos y al ratito de sentarte tenías echa bolsa la arquitectura orgánica. La mesa era igual, con un cuadrado de chapa de metal sostenido sobre los círculos de caño. Los habrían comprado mis padres al casarse  o cuando se mudaron a esa casa, porque los recuerdo de entrada, y solamente cuando se pudrieron por la intemperie se los llevó mi viejo a la terraza y trajo unos silloncitos que eran más artísticos pero usados. La mesa siguió durando.
Creo que mi primer recuerdo firme es el de la noche de Reyes de 1946. En aquella época el día de Reyes era feriado. La víspera de Reyes era muy importante para todo pibe de familia con algo de guita que le pudiera comprar regalos, y yo era uno de esos afortunados. Hijo único y nieto único. Para colmo primer nieto varón en la familia de mi abuelo materno, que había tenido cuatro chancletas. Estaban todos en mi casa, haciéndose los giles y esperando que me durmiera para ponerme los regalos. Como dije, yo dormía en el comedor, al lado del dormitorio. Enero, hacía calor. Estaban mis abuelos, mis padrinos, mi tía soltera, mis viejos. Era sábado o domingo y al día siguiente no se trabajaba. De todo eso no me acuerdo pero sí me acuerdo cuando me mandaron a dormir. Me fui a la cama, creo que más temprano que de costumbre. Y me fui rajando, porque si los chicos se quedaban despiertos los Reyes no venían.
Creo que me despertó el calor. Me habían cerrado las persianas que daban al patio, entornándolas. Entre las hojas se filtraba la luz de afuera y sentía las conversaciones cuchicheadas en forma confusa. Y en eso se abrió una de las persianas despacito y entró mi abuela a buscar los zapatos que me había sacado. Yo me hice el dormido. Sin hacer ruido se los llevó y los puso en la puerta de la pieza. Luego todos, excitados y tratando de que no me despertara, fueron poniendo los innumerables regalos sobre los zapatitos medio descuajeringados de potrear.
No me acuerdo que me regalaron esos Reyes. Pero fueron los primeros y también los últimos, aunque se los oculté toda la vida

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