Tendría cinco años y era Navidad. Mejor dicho Nochebuena, y ésta es la primer Nochebuena que me acuerdo. Como comprenderán después de lo que acabo de contar, yo ya no creía en Papá Noel ni en los Reyes, pero no decía nada por que era medio inocente, medio bobito o me convenía que los demás no se enteraran.
Esa nochebuena por primera y única vez se festejaba en casa de mi abuelo. A ver si me explico: no me acuerdo de otra nochebuena en esa casa. En mi familia la Nochebuena se festejaba con la familia materna y año nuevo con la paterna. Pero esa nochebuena todavía mis viejos eran muy jóvenes y estaban casados hacía poco tiempo. Se había puesto la mesa en el garaje de la casa de mi abuelo, en la calle Francisco Bilbao. Había mucha gente de la que no guardo memoria. Pero seguro estaban mi madrina, Adelaida, la hermana de mamá y a la que todos llamaban Lala, y mi padrino, su esposo, amigo de papá de solteros, Eduardo Cetrángolo. También recién casados, pero sin hijos. Por supuesto, había regalos, y especialmente para mí, que era el único pibe de la familia.
No recuerdo ningún regalo más que el que me habían comprado mis padrinos, y que para que se pueda comprender la exacta dimensión habría que haber vivido con cinco años en esa época carente de todo lo que hoy es cotidiano y que ni siquiera nos damos cuenta que nos rodea, desde el celular hasta la televisión. Considerá que ni radio portátil había y todavía no había tocadiscos eléctricos.
Mis padrinos me dieron un paquetito envuelto en un papel de color plateado y brillante con una cintita alrededor. Hasta el papel era raro para la época. Cuando lo abrí no lo podía creer : era una linterna chiquitita, chata, plateada con una franjita verde alrededor esmaltada, casi me cabía en mi manito de cinco años, y ¡funcionaba con pilas! Mi primer preocupación apenas la abrí y pude recuperarme de la impresión, fue una especie de mensaje interno a mí
mismo que decía: “no gastés la pila que no se va a conseguir otra”. Por lo tanto me dediqué a sentirme como una entidad disociada. Yo quería prenderla y mirar desde debajo de la mesa hasta dentro de la alcantarilla, pero apenas la prendía un duendecito interno se tiraba de los pelos y me gritaba en la oreja: ¡Pará, pajarón, que se gasta la pila!!! Y donde íbamos a conseguir otra!! Me pareció identificar una conversación sobre este tema entre mi padrino y mi papá, en la que el primero le daba instrucciones de cómo y donde se podía comprar la (o las) pilas cuando se gastaran.
Y después vinieron los brindis, el Feliz Navidad, los besos, la sidra, el pan dulce...
Y de golpe, mi linternita había desaparecido!!!
La buscamos por todos lados. Nunca apareció.
Después de muchos años, mi mujer me preguntó un día porqué me compraba tantas linternas. Ni yo mismo lo sabía. Y tardé en relacionar aquella noche “buena” con mi berretín. No puedo pasar delante de una vidriera con linternas.
Siempre salgo con otra más.
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