domingo, 26 de diciembre de 2010

Tarzán Rey de la Selva

 A la caída de la tarde, es decir hacia las cinco más o menos, especialmente los días de invierno, me sentaba a la mesa de la cocina para hacer los deberes. Tendría ocho o nueve años, y siempre hacía frío. En aquella época no había calefacción en mi casa, así que la cocina era el único lugar donde había fuego y algo de calor. A eso de las seis tomaba la leche. Café con leche, preparado con leche condensada Nestlé, que era más rica si te la comías con cucharita, pero era cara. A mí me dejaban comerla como si fuera dulce de leche, con cucharita, pero considerá que yo era hijo único, y alguna ventaja tenía. La cocina de mi casa medía más o menos un metro y medio por dos. Entre la cocina, la mesada y la mesa apenas entrábamos nosotros. Mientras mamá hacía la leche para mí y el mate para ella, se prendía la radio que se enchufaba peligrosamente en un enchufe al lado de la puerta a la altura del interruptor, pero el cable cruzaba la pileta y la radio estaba apoyada encima de la mesada de mármol. No te quiero contar la cantidad de veces que me dijeron: Guarda con la radio que patea! Para mí la cajita de baquelita era tan peligrosa como los cocodrilos que se querían morfar a Tarzán! Ah, hablando de eso: a las seis en punto en Radio Splendid, se escuchaba la musiquita que todavía llevo en el alma...! Y la voz del locutor que decía:
- ¡¡Tooddy , el alimento de todos los niños presentaaaa...!!
¡¡Tarzán, Rey de la Seeeelvaaaaa...!!!
Con Cesar Llanos -que era Tarzán-, la mina que hacía de Juana, que se llamaba Mabel Landó y Oscar Rovito como Tarzanito. Del Profesor Philander y el indio Wali no me acuerdo los actores. Y estaba un técnico que hacía los sonidos que si no me equivoco se llamaba Martín Clutet, y hacía todos los sonidos de la selva: los monos, las pisadas, a Tantor, el elefante de Tarzán, que cuando quería que caminara le decía: Ugí, Tantor!!! Se supone que ugí o como se escriba era en un dialecto africano y significaba algo así con “¡caminá, elefante pelotudo!!
Que maravilla que era todo, con los indios malos y las fieras que también eran malas y el grito de Tarzán y todos que queríamos ser Tarzanito y vivir en la selva, pero sin indios malos y sin fieras, por las dudas. Todo duraba media hora, luego de los cual había que volver a los deberes. Nuevamente el silencio, Don pedro de Mendoza y los quebrados.  Cuando ya estaba más o menos completados los deberes, guardaba los útiles y agarraba por ejemplo “El Cerebro Mágico”, que era una maravilla de la electricidad y el aprendizaje moderno para los niños, hasta que le agarrabas la mano y te avivabas que el contacto de la segunda fila cuarta línea de las preguntas prendía con la sexta fila quinta línea de las respuestas del otro lado, así que por más que cambiaras las preguntas y repuestas, había un alto porcentaje de respuestas que acertabas porque conocías a que contacto correspondía el otro. Y se prendía la lamparita. Y entonces mi vieja que ya estaba haciendo la comida y me agarraba para hacer cosas que yo odiaba para ayudarla, tales como batir huevos, pelar arvejas o pasar las milanesas por pan rallado, prendía de nuevo la radio pero sintonizaba Radio el Mundo, en 1070 KHertz, que presentaba a Blanquita Santos y Héctor Maselli en “¡¡ Qué pareja Rinsoberbia!!”, auspiciada por el jabón de lavar Rinso. Esa era una comedia que nos hacía reír (¡y en aquella época nos reíamos de cada cosa!) porque era una especie de reality de la vida cotidiana de una parejita de casados jóvenes que tenían los problemas comunes de todas las parejas, pero parece que se las arreglaban siempre para tener uno más, de esos que provocaban una conmoción interna, ya sea porque algún lío en el trabajo, o por un cuñado medio tiro al aire o cosas así hacía que intervinieran otros personajes familiares y hasta el mismo dueño de la empresa en que trabajaba el joven marido, (que se interesaba por la suerte de sus empleados siguiendo la dialéctica peronista del “capital humanizado”), y que a cada rato expresaba su preocupación diciendo: ¡ que contratiempo, che, que contratiempo..!!!, latiguillo que nos hacía reír como posesos, lo que demuestra que ¡uno se reía de cada cosa en esa época!
Y ya después era de noche, y se prendía la luz del patio porque ya estaba por llegar mi viejo del trabajo. Le conocíamos los pasos cuando entraba por el pasillo que conectaba los departamentos (o PH como le dicen ahora). La puerta estaba sin llave, Papá entraba con olor a cigarrillo –que yo odiaba-, me daba un beso a mí y a mamá, colgaba el saco y se sentaba en la otra punta de la mesita frente a mí. Bajaba el volumen de la radio, porque en ese momento ya estaba el Glostora Tango Club, y el privilegiaba conversar con nosotros de las cosas que habían pasado y/o que había leído en Crítica mientras volvía de Hobby, revista en la que era el dibujante. O nos contaba todos los problemas del trabajo, donde tenía un patrón, Don Roberto Castromán, (que parece que no había leído a Perón), que lo acosaba laboralmente. Tenía un aliado, Julio Defeo Núñez, con el que compartían las amarguras, y un enemigo jurado que era un chupamedias de los patrones que se llamaba Cima de apellido.
Mi padre era un hombre bueno, honesto, hábil, cariñoso y súper inteligente. Hijo de un hombre de letras famoso en su época, cuya biografía figura en el Espasa Calpe, y por esa línea de afinidad, extraordinariamente instruido en cultura general. Había terminado el secundario en el Colegio Internacional de Olivos, lugar donde se mandaba a los hijos de gente de plata, pero estuvo pupilo once años, porque ya mi abuelo había muerto y mi abuela... bueno, no sé. Eran otras épocas. Comenzó a estudiar odontología pero su habilidad innata para el dibujo hizo que encontrara trabajo fácilmente y además como era buen mozo lo habían relojeado para actuar en cine, porque se parecía bastante a un actor de películas de gangster que se llamaba Franchot Tone. En casa había pruebas en 36 mm. que le habían hecho para actuar. Pero la vida le cruzó a mi vieja, y se puso de novio por los próximos cincuenta años, (casamiento incluído, ojo!) pero no recuerdo otra pareja mejor formada que esa, porque compartían las cosas de los dos o aprendían a disfrutarlas por el solo placer de estar juntos.
Bueno, pero estábamos cenando en la cocina. Papá tomaba vino Garnacha Alto de Sierra, y a mí me daban un poquito con soda. En la Radio ya estaban los Pérez García, pero en realidad no me acuerdo que les diéramos mucha bola. Eran como un fondo casi musical. Pero papá tenía otras cosas interesantes que mostrar. Si el postre eran naranjas, por ejemplo, hacía cosas divertidas con las cáscaras: canastitas, caritas y muñequitos, víboras, etc. mientras mi vieja protestaba porque quería guardar la cáscara seca para el mate. Si había manzanas, había concurso de quien las pelaba sin que se rompiera la cáscara que tenía que salir entera. Si había mandarinas, fuegos artificiales con un encendedor y apretando la cáscara. Y después a dormir.
Mamá dejaba los platos para mañana y papá salía a sacar ¡el tacho de la basura!, que era una lata conseguida quien sabe adonde forrada en papel de diario y del que durante la noche un carro de caballos se encargaba de llevarse el contenido, manejado por los mismos dos basureros que todavía corren, hoy al lado del camión, y uno que manejaba. La diferencia era que había que dejar el tacho limpio en el mismo lugar para usarlo al día siguiente, así que había uno arriba de la parte de atrás del carro que vaciaba el tacho y lo devolvía a los de a pié. Y ahí dormía el tacho, al pié del plátano de la puerta, hasta la mañana siguiente en que se entraba.
Yo dormía en el comedor hasta que tuve unos catorce años. Después me mudé a la pieza de arriba, que era la habitación de servicio, al lado del lavadero y casi en la terraza.
Pero: qué frío que hacía! Minga de calefacción o de estufas. Mi viejo para facilitar que yo me desvistiera en el comedor, cerraba bien las puertas y dejaba un poquito abierta la banderola y venía con un banquito de madera de la cocina, una lata (vacía) de dulce de batata y una botellita de alcohol de quemar. Entonces, mientras yo me preparaba para desvestirme, ponía un dedo de alcohol en la lata y le prendía fuego. Casi instantáneamente la pieza se calentaba, y había que apurarse antes que se apagara para sacarse la ropa, ponerse el pijama (que papá calentaba con la fogata para que no estuviera tan frío) y meterse en la cama con la bolsa de agua caliente y la recomendación de no andarla tocando con los pies por temor a que se abriera el cierre a rosca o que se reventara. Ahí venia el hasta mañana, la luz apagada y cuando ya me entraba la modorra, el silbato lejano del tren que sabíamos que iba al matadero: el tren de las vacas, luego Avenida Perito Moreno. Me dormía con una tristeza difícil de explicar. No sé como no me hice vegetariano. Hoy todavía cuando cruzo o sobrepaso con el auto un camión que lleva ganado al matadero tengo que hacer una visera con la mano para no mirar a los ojos a las pobres vacas, que durante varios años creyeron que los Hombres eran un fenómeno, unos amigos que les daban de comer y las dejaban retozar en el campo. Lástima que no les contaron el final.
En cualquier momento me hago vegetariano.

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