domingo, 26 de diciembre de 2010

Mar de Ajó

Un día me enteré que íbamos a ir de vacaciones. Yo nunca había ido de vacaciones a ninguna parte. Eso no era muy original, porque tampoco había escuchado que nadie se hubiera ido de vacaciones nunca. Tenía una vaga idea de un lugar llamado Mar del Plata, donde la gente iba a la playa con canastas y sombrillas y sombreros y cámaras de camión, según me parecía.
Mis padres me dijeron que el viaje sería largo. Salimos en un micro que sería difícil de explicar ahora, pero que era muy moderno para la época, en la que todavía el transporte de muchas personas se hacía en “bañadera”, que era un Ford T tamaño cachalote, sin vidrios en las ventanillas y con techo de lona.
El problema era que la mitad del camino era de tierra, y la tierra se convierte fácilmente en barro con un poquito de agua. Especialmente si cae desde arriba por un tiempo prolongado. Yo en cuanto el micro se metió en la tierra rápidamente deduje que a Mar del Plata no íbamos. Era imposible dormir en los asientos más duros que una tabla, a pesar que algunos roncaban plácidamente.
Por los costados el paisaje era el mismo desde que salimos de la capital. Bueno, siempre es el mismo en nuestro bendito país los primeros 300 o 400 Km. Pampa, pasto, vacas y algún arbolito. Y el horizonte, que creo que veía por primera vez en mi corta vida.  Ustedes me dirán que no me conformaba con nada, pero a las ocho horas de ver lo mismo ya empezaba a aburrirme un poco. Mientras tanto, el micro avanzaba trabajosamente en el barro patinando en un camino surcado por las huellas de los que habían pasado antes y de algunos que habíamos encontrado tirados al costado de la ruta esperando una yunta de bueyes o de caballos percherones que los pusieran de nuevo en el medio.
En alguna ocasión también había que bajarse a empujar, tarea reservada a los hombres, mientras las mujeres y los niños bajábamos para aligerar el peso y observábamos como nuestros parientes y los desconocidos que componían el pasaje trataban de juntar en sus pantalones, zapatillas y otras prendas la mayor cantidad de barro posible mediante revolcones, patinadas y caídas al tratar de empujar el armatoste. Luego, superado el atolladero, todos trataban infructuosamente de quitarse el barro de las zapatillas con un palito, o con el pasto de la pampa espantosamente húmeda que nos rodeaba, o con los pedazos sobresalientes de la carrocería del famoso microómnibus que nos transportaba tan indelicadamente. Y por fin, casi al amanecer, ¡El Mar!!!. Que lo parió!
¡Cuanta agua! Pensamiento original que se me ocurrió en el momento en que lo ví por primera vez, creo que disculpable porque yo era un niño de cinco años, pero que desgraciadamente se me ocurre todavía sesenta  años después cuando lo vuelvo a ver.  En realidad, he notado que cuando veo el Mar después de un tiempo, lo primero que se me ocurre es un deseo que no puedo realizar: me gustaría agarrarlo como si fuera una fuente y tomármelo a grandes sorbos. Y esto es raro, porque me sucede con el Mar y no con el Río de la Plata o con el Lago Nahuel Huapi, por lo que creo que cuando lo ví por primera vez estaría con sed.

Allí, a la orilla del mar, había que esperar algunas horas: para poder llegar a Mar de Ajó era necesario que comenzara la bajamar, para circular por la playa, ya que no había camino por adentro.
Dormimos un poco, y luego comenzamos a meternos en la arena que iba descubriendo el mar al retirarse con el destartalado micro que nos había llevado hasta allí.
Al principio no era fácil, porque el mar a veces volvía y el micro se metía en el agua hasta mitad de las ruedas, y el agua llegaba hasta los médanos donde terminaba la playa. Y la arena no era del todo firme. Pero después, a medida que bajaba el mar, iba descubriendo una playa perfecta, cada vez más ancha y que se perdía en el horizonte hasta confundirse con el mar en un punto lejano.
Enormes bandadas de gaviotas (que yo veía por primera vez) y otros pájaros menos identificables pero que tampoco había visto nunca antes, ni en las figuritas del Billiken, se asustaban al paso del armatoste y levantaban vuelo majestuosamente o ruidosamente, según el modelo, con grandes manifestaciones de disconformidad por importunarlas tan temprano. Una de las aves más impresionantes que ahora prácticamente no se encuentra, era un pájaro gigantesco que volaba parsimoniosamente y con dignidad de prócer y que los conocedores llamaban gaviotón de mar, nombre no muy original pero que le quedaba realmente bien.
Desde San Clemente del Tuyú a Mar de Ajó había casi 50 kilómetros. Por la playa. A la izquierda el mar, a la derecha los médanos, enfrente y atrás la playa, infinita, virgen y húmeda. Las huellas del armatoste en la arena. El ruido a caracoles aplastados. Y el olor. El olor a Mar. Ese olor que no tiene comparación. No es olor a pescado, no es olor a almejas. Es olor a mar. El que no lo entiende nunca lo sintió. Y el sol, levantándose del mar. Y yo con cinco años y los ojos despiertos.
Mar de Ajó. Eso es todo.
Que nadie venga a contarme las playas del Mediterráneo o del Caribe.  
Nunca hubo ni habrá otro Mar.
El Mar se llama Ajó.

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