miércoles, 30 de mayo de 2012


Los domingos por medio había que levantarse temprano. A las nueve de la mañana ya teníamos que estar listos, desayuno tomado y vestidos de domingo. A los seis años de edad, prepararse para la aventura que se planteaba en esos días era algo realmente exultante. Papá estaba casi diría excitado, empilchado con saco y corbata, Mamá con vestido de salir, y yo, con pantalón corto, zafaba a veces de la corbata (ya armada y con elástico) pero no de la camisa y el saco y de los zapatos cerrados con medias Carlitos.
Salíamos como apurados a la calle, recién desperezada de vecinos que iban o venían de  buscar el pan para el desayuno o de comprar el diario en la esquina donde esperaba el diariero de a pié.  Caminábamos hasta la esquina de Varela y Monte (hoy Baldomero Fernández Moreno) y esperábamos el 257, microómnibus de la época que hacía el recorrido Ciudadela- San Juan y Boedo. Al finalizar el recorrido nos bajábamos y nos metíamos en el Subte en la Estación Boedo, destino Constitución, para tomar el tren. Seguíamos medio como apurados, sin pararnos en ningún lado, pero hasta ese momento viajábamos sentados porque no había mucha gente a esa hora. Al llegar a Constitución, subíamos desde el subte al hall central y, tal como se hace hasta ahora, después de sacar los boletos nos parábamos frente al enorme cartel indicador con todas las líneas (Vía Quilmes, vía Témperley, etc.), y Papá luego de un concienzudo examen marcaba el próximo paso: ¡Andén 7! Decía, y allá nos dirigíamos. Nos subíamos al tren que esperaba en el andén y buscábamos acomodarnos los tres, si era posible en dos asientos enfrentados para estar frente a frente. El viaje era corto: pasábamos sin parar por Solá, Estación de Cargas, luego por Hipólito Yrigoyen, cruzábamos el Riachuelo tapándonos las narices, y llegábamos a destino: Avellaneda. Ya teníamos bastante gente alrededor que caminaban en nuestra dirección. Los hombres con saco y corbata, pocas – casi ninguna-  mujeres y muy pocos niños como yo. Cruzábamos Avenida Pavón y encarábamos una calle que tenía dos cuadras asfaltadas y se continuaba con una larga calle de tierra convertida en basural. Toda la extensión de la calle estaba ocupada por montañas de basura de larga data, y el olor era algo menos que insoportable. Por las orillas de lo que debería ser la vereda, en un sendero de un par de metros de ancho, pegado al límite que demarcaba un largo paredón de una fábrica de vaya uno a saber que cosa, sin una sola puerta a esa calle, cada 20 o 30 metros un tipo de cara no confiable armaba una mesita portátil con un paño encima y desplegaba un trío de vasos dados vuelta o tres nueces con una bolita o una arveja debajo de una y las movía con habilidad delictiva invitando a los que pasaban a probar la rapidez del ojo contra la mano. Otros tendían un paño en el suelo contra el paredón y tiraban un par de dados invitando a un pase inglés de dudosa transparencia. Alguno de los caminantes paraban a mirar, algunos grupíes se arrimaban a engrupir, y nosotros pasábamos ligerito de largo con mi papá poniendo cara de “esto no es de gente honrada y trabajadora”. Consideren que mi vieja era una mujer joven, linda, de buen físico y vestida casi de fiesta, y que cruzábamos un territorio de malandras, jugadores ilegales y tipos mal entrazados con pinta de marginales, y por supuesto sin un solo policía. Jamás nadie nos molestó ni tuvimos un solo incidente, y estoy hablando de un período de mis seis a mis quince años aproximadamente. Seguíamos caminando y ya saliendo del basural, entrábamos a una zona dominada por la gastronomía: desde el tano con una especie de trípode armado con tres palos cruzados y arriba una enorme fuente de hierro redonda y de un metro de diámetro vendiendo pizza sin queso (“de cancha”), hasta el clásico parrillero improvisado con un fuego de carbones sobre el piso y una parrilla tipo elástico de cama de cadenitas con chorizos de dudoso origen chirriando sobre él. Botellas de cerveza dentro de  un tambor de 200 litros con pedazos de hielo cortados de una barra tapadas con bolsas de arpillera y botellas de vino común de litro que se servía en vasos de vidrio que se lavaban en un tacho (medio tambor cortado a lo largo) con agua que no se cambiaba nunca. Y ya casi llegando, los vendedores de Alumni, revista que traía una clave para leer dentro de la cancha los tableros que se iban actualizando con los resultados de los demás partidos de la fecha y que solamente descifraban los que habían comprado la revista.
Nosotros seguíamos derechito hasta en final de la calle, porque en el final aparecía:
¡¡EL ESTADIO PRESIDENTE PERÓN!! ¡¡ LA CANCHA DEL GLORIOSO RACING CLUB!!
Y allá nos dirigíamos a la entrada de socios. Mi viejo enderezaba para la tribuna local y mi vieja (y yo hasta los doce años) a la platea de damas, separados de mi viejo por una pared bajita. Veíamos la tercera, la reserva y la primera. Mi primer equipo en el 48 (1-2-3-5) era mas o menos así: Rodríguez al arco; Higinio García y Palma; Fonda, Ongaro y Gutiérrez; Salvini, el Chueco Méndez, El Maestro Rubén Bravo, Llamil Simes y Ezra Sued.
Entre partido y partido, los pibes nos hacíamos una pelota con los vasos de cartón encerado en que se tomaba el café (Sorocabana caféeeee!!!) que vendía un tipo uniformado de amarillo y verde que llevaba una especie de tanque atado adelante del cuerpo, convexo al frente y cóncavo donde apoyaba en la panza, con una canillita abajo a la izquierda para que colocara el vasito a llenar y una larga manija que cruzaba el tanque por delante y se manejaba con la mano derecha para dejar caer el café caliente en el vaso. O con los vasos de las bebidas sin alcohol, que no eran muchas pero ganaban la Pomona y la Bidú. Y entre partido y partido, nosotros teníamos nuestros propios momentos triunfales haciendo algún gol. El único problema eran los zapatos. Como todo era de cemento, una gambeta mal hecha o un shot con tres dedos te podía producir pérdidas irreparables de cuero lustrado que después te generaban graves consecuencias familiares. Lo sé por experiencia. Lo de las gambetas mal hechas y lo de la opinión que les merecía a mis viejos la pérdida de sustancia de la capellada de mis timbos, que a la mañana siguiente debían estar más o menos presentables para ir al colegio.
El hecho es que cuando terminaban los partidos, había que volver a casa. Todos conocemos la angustia que provoca un domingo a la tarde en que parece que se acaba algo que no podremos recuperar o esa congoja indescifrable dentro del pecho que ahora que soy viejo voy entendiendo un poco más. El hecho es que yo no quería que se acabara la humilde farra que era esa salida, y a veces, dependiendo de la altura del mes, mi viejo podía darse el lujo de llevarnos a comer a una pizzería. Algunas veces en Avellaneda, en alguna que hacía juego con la hinchada y vendía pizza bien de molde (asííí!!! de alta) repleta de hinchas de Racing que hablaban a los gritos de los partidos del día. Después con la panza llena y ya con sueño, volvíamos por la misma ruta a la inversa. Papá compraba la sexta, Crítica, la que tenía debajo del encabezamiento una frase de Sócrates: “Dios me puso sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble caballo, para picarlo y mantenerlo despierto”. Ya tenía los resultados de los partidos, que sabíamos más o menos por los que habían comprado el Alumni, y Papá leía, sentados los tres en el último asiento del micro, para estar los tres juntos y ver las fotos de los goles.
Fuimos a la cancha durante mucho tiempo, y me acuerdo claramente del festejo del tercer campeonato consecutivo que un equipo ganaba por primera vez en el fútbol argentino. Era el año 1951, ultimo partido de desempate Racing y Banfield que ganamos por 1 a cero con un golazo de Mario Boyé. Fuimos a festejar al Anexo de Racing de Villa del Parque, a la noche, y cinco muchachos del club se pusieron las camisetas y trataron de representar el gol en la cancha de papi futbol que entonces se llamaba de baby futbol y que cuando la embocaron en el arco luego de tocarla todos, todos lo festejamos como si hubiera sido el original de Boyé.
Después nos cambiaron los tiempos y las circunstancias. Ya no era tan seguro ir a la cancha, y yo tenía otras cosas en que intentaba aprovechar los domingos a la tarde, porque ya había crecido. Terminé el secundario, vino la Facultad, leí a Sartre y a Camus y a Hesse, y me la creí de intelectual. Iba a La Paz y al cine Lorca, Loire o Cosmos y llevaba el pelo largo. Y me aprendí aquello del “opio de los pueblos” y esa fue mi excusa para no ir más a la cancha.
En fin, todo pasa. Hoy, que Papá ya no está, sigo cultivando el amor a Racing y me amargo los domingos pero desde casa. Y si pido pizza, siempre pido “de molde”, ¡así!!! de alta. 



La señora de la blusa floreada



La señora de la blusa floreada


Una magnífica tarde de otoño, paseaba los perros por el barrio. Sol pleno, domingo, toda la gente en la calle y en las plazas.  Acostumbro a hacer un recorrido similar todas las veces que paseo los perros, pero esta vez, y no sé por qué, me desvié del trayecto habitual. No mucho, un par de cuadras. En vez de doblar por Alberti, se me ocurrió seguir hasta Saavedra por Independencia.  Una vez que crucé la calle, reparé que nunca en mi vida había estado en esa cuadra.  A pesar del hermoso día, la calle estaba bastante vacía, y crucé sólo algunos transeúntes en la cuadra.  Cuando estaba por llegar casi al final de la misma, de una casa de departamentos salieron dos hombres llevando una mesa redonda. Presté atención por dos cosas: una, que yo tenía una mesa prácticamente igual, y, dos, que la mesa tenía una mancha blanca redonda casi en el centro, como si se hubiera apoyado un elemento caliente que hubiera quemado el lustre.  Me fijé en eso porque yo también quería hacer lustrar mi mesa y me quedé pensando en preguntarles adónde o a qué lustrador la llevaban. En ese momento, detrás de los dos hombres y la mesa, salió una mujer de mediana edad, con una blusa floreada, medio rubia, y casi sin mirarme me dijo: “ Hola, Doctor, cómo anda?”.  Espero que me crean: yo nunca la había visto en mi vida. Como tengo numerosos pacientes que a veces vienen al consultorio acompañados por familiares, pensé que sería uno de ellos, pero para mi interior yo estaba seguro de que no la había visto nunca.  Además era la primera vez que yo pasaba por ese lugar, y la mujer me había saludado como si me viera todos los días, con mis tres perros, lo que parecía una locura. Además no me había pasado más bola, y estaba detrás de los que metían la mesa a una camioneta, dándome la espalda.
Por supuesto que mi primera reacción fue mirar alrededor y detrás mío, a ver si había otro destinatario del saludo, pero no había nadie.
Como el misterio y la curiosidad me carcomían, me acerqué por detrás a la mujer y le pregunté: disculpemé, señora, pero evidentemente los años me han afectado la memoria, porque no puedo recordar de dónde la conozco. Es una paciente mía, o una pariente de alguno de ellos…?
La mujer me miró con aire suspicaz y me respondió: “No, Doctor. Usted me conoce desde hace muchos años. Claro que nunca me había visto en esta ropa o este cuerpo, pero ha dificultado mi trabajo en numerosas oportunidades, por lo que en realidad me tiene podrida.  Nunca me ganó, pero a veces empatamos por un tiempo. Después…, Usted ya sabe…: Yo siempre gano”.
Sentí que se me paraban los pelos de la nuca y empecé a recoger la mano que le había tendido para tocarle el brazo. Pero ella me tomó la mano con la suya, que encontré extraordinariamente cálida y confortable y me dijo: “No se asuste. Estoy ocupada en otra cosa y usted no está todavía en mi lista. Tengo que acompañar a este muchacho de la camioneta, que tiene que estar en mi casa a las cinco y treinta y dos  de la tarde, después de un desagradable accidente en la ruta 3.  Pero me sorprendió encontrarlo a Ud. acá, donde no lo esperaba. Y la verdad es que tenía ganas de charlar con Ud., que me parece que no me comprende”.  Venciendo mi estupor y pensando que estaba soñando y me iba a despertar enseguida,  le dije algo que le pareció interesante: “Está equivocada, señora, le dije.  No sólo la comprendo cada vez más, sino que admiro su trabajo. Creo que usted es la verdadera artífice del desarrollo, bueno o malo, de este mundo”.
La señora de la blusa floreada se semi sonrió y me dijo:
- ¿Cómo, Dr.? ¿Usted no cree en Dios?  Decidí contestarme a mí mismo, porque era evidente que soñaba:
 -Mire, Señora. Desde hace algún tiempo ando dudando de la existencia del Supremo, ya que no lo veo manifestarse con la asiduidad que yo esperaba para esta humanidad. En cambio, si hay algo de lo que estoy seguro es en la existencia de Ud. Me he pasado la vida tratando de burlarla. Y lo seguiré haciendo, aunque cada vez más me parece que no hay recompensa más allá de este mundo. Cuando la puta Muerte….Perdón, Señora, cuando Ud. me venga a buscar con su blusita floreada, me voy a ir sin hacerme ilusiones.
Increíblemente, la mujer se rió y después de mirar a los dos que todavía trataban de cargar la mesa en la camioneta (yo me preguntaba quién era el que iba a manejar) me dijo:
-A ver, Dr., charlemos un rato. Usted dice que me comprende cada vez más. ¿Antes no me comprendía? 
-No, Señora, le dije. Antes era mi enemiga declarada. Antes mi vida era luchar contra Ud. de cualquier modo y cualquiera fuera el resultado. Y no me negará que algunas veces tuve cierto éxito. Tuve pacientes que vivieron muchos años luego de haber presentido su presencia. Y otros a los que se los arranqué de las manos.
-Es verdad, me dijo de manera resignada. Pero otros….
– Otros se los llevó, ya sé. Y tengo que confesarle que algunos fueron por mi ineficiencia o mi ineficacia o por…
- O por que yo me impuse ante su arrogancia, Dr. No se olvide quién soy y quien me manda.
– Me tranquiliza que haya quien la mande, le dije, aunque lo crea un poco lejano…! 
- ¡Bastante lejano, me contestó como ofendida, considerando que está como a 15.000 años luz tratando de ver como puede parar esa huevada del Big Bang de una manera honorable, que ya casi se le fué de las manos! 
- Una pregunta, señora, si es tan amable: ¿por qué me dejó ganar algunas veces?  
- Ay!, suspiró.  ¡Hay algunos códigos que tengo que respetar, aunque no siempre!. Pero en general me siento tentada a pasar de largo por un tiempo si me envuelven a los elegidos en un mantra que preferimos no vulnerar para que sigan creyendo en nosotros, y en esto lo incluyo al que está el culo de la galaxia.
- ¿Qué mantras?, le pregunté, medio indignado.
-  Por ejemplo, la gente que reza. No porque le importe un pito al que le rezan, que está demasiado ocupado como para prestar atención a esas manifestaciones de temor y absurda confianza en Él mismo, ya que me ha delegado a mí la tarea de hacer sitio para los próximos, sino porque en la disposición mental de los que rezan con cierta fé se manifiesta una fuerza energética muy bonita de observar para una, que aunque no lo crea, tiene su corazoncito, en el sentido que ustedes le dan a la palabra. – Eso quiere decir que en serio se puede prorrogar su desagradable visita con métodos esotéricos o de tipo religioso?
– No, Doctor! No me venga con filosofía de vieja en velorio! Yo los agarro cuando quiero, a veces sin plan previo! O usted se cree que yo tengo previsto, por ejemplo, que un pendejo con tres o cuatro cócteles y un par de litros de birra se suba a un auto a las cinco de la mañana y se largue a 160 por Libertador, en lugar de quedarse dormido en la vereda hasta que se le pase la mona! Una tiene que aceptar que tiene un trabajo que hacer, también! Si el pibe no tiene códigos, una tiene que aceptar la responsabilidad! Eso sí, no me pida una muerte limpita. Con semejante energúmeno lo menos que puedo hacer es un desparramo de sangre y sesos para que la cosa sea creíble. No le puedo encajar un infarto de miocardio en un semáforo porque no va a parar en los semáforos en rojo! Que quiere que haga!
– En realidad me ha dejado pasmado con esa declaración de que tiene su corazoncito. Eso quiere decir que tiene preferidos o que elige con algún tipo de vara desigual?
– Doctor, ¿usted no leyó a Darwin? Quién se cree que le arrimó los argumentos de eso de la supervivencia del más apto? Eso lo entendió al revés. Yo le había dicho que los menos aptos me los llevo primero!
– Por qué? No le dan lástima?
- ¡Cómo me van a dar lástima! Oiga, Doctor, es mi trabajo! A usted le da lástima poner inyecciones? Si me acuerdo de los tiempos en que se pasaba clavando una aguja en una naranja,  a falta de un culo dispuesto al sacrificio!
– Pero era práctica médica!
– Qué iba a ser práctica médica! Era puro sadismo cítrico! No me engrupa, que a la única que le encajó una inyección en esa época fue a su mamá! 
- Está bien, pero, ¿por qué pude hacer zafar a algunos y a otros no?
– Se me hace tarde, doctor, y se me va el pibe de la camioneta. Déjeme que le diga una última cosa: yo le hablé de los mantras, de los rezos, pero no le dije todo.  Hay quien tiene la virtud de pasar energía con las manos, y eso también hace un efecto muy bonito y lo dejo como adorno muchas veces. Usted tiene ese don. Me tiene tanta bronca que pinta mantras que me divierten mucho. Cuando está más enojado conmigo le salen mejor. Pero últimamente está aflojando. Lo noto más reflexivo, más conciliador.
–No es cierto, le dije. Estoy tan enojado como siempre. Ví irse a los mejores, a los que amaba, a los que quería, a los que respetaba.
– Y usted quería que se quedaran para siempre? Piense doctor: Yo soy la resurrección y la Vida. Ni Jesucristo se salvó de mí. Pero eso le permitió resucitar y cambiar el mundo. Y les dio la esperanza de volver, nuevos, jóvenes, vírgenes nuevamente. Todo lo que es hoy, ya fue antes. En su cuerpo, hoy, hay billones de átomos que ya pertenecieron a otros cuerpos. Si Yo no existiera, usted se degradaría de tal modo que terminaría pidiéndole a Dios que Yo existiera. Y sabiendo esto, usted ahora puede esperar que su cuerpo se reduzca a sus átomos primitivos y renazca en otro ser que tendrá partes de su estructura actual! Le parece poco? Usted volverá en algo vivo! Y podrá ser nuevamente y así para siempre, para todo el tiempo que se determine allá arriba. No es mejor así? No lo consuela? No le da esperanza?
– Me da una infinita alegría, le dije.
– Bravo!, me comentó la señora de blusa floreada. Está alegre porque ha comprendido el sentido de la Muerte?
- No, señora. Estoy contento porque el chico de la camioneta ya se fué hace quince minutos, y usted lo perdió. Qué va a hacer señora. Otra vez será!  Guarda, señora, que los perros hicieron caca y usted pisó mierda. Pero no se preocupe, que es suerte!   ¡Nos vemos!

Y la dejé puteando y arrastrando el zapato por el cordón de la vereda.