Los
domingos por medio había que levantarse temprano. A las nueve de la mañana ya
teníamos que estar listos, desayuno tomado y vestidos de domingo. A los seis
años de edad, prepararse para la aventura que se planteaba en esos días era
algo realmente exultante. Papá estaba casi diría excitado, empilchado con saco
y corbata, Mamá con vestido de salir, y yo, con pantalón corto, zafaba a veces
de la corbata (ya armada y con elástico) pero no de la camisa y el saco y de
los zapatos cerrados con medias Carlitos.
Salíamos
como apurados a la calle, recién desperezada de vecinos que iban o venían
de buscar el pan para el desayuno o de
comprar el diario en la esquina donde esperaba el diariero de a pié. Caminábamos hasta la esquina de Varela y
Monte (hoy Baldomero Fernández Moreno) y esperábamos el 257, microómnibus de la
época que hacía el recorrido Ciudadela- San Juan y Boedo. Al finalizar el
recorrido nos bajábamos y nos metíamos en el Subte en la Estación Boedo,
destino Constitución, para tomar el tren. Seguíamos medio como apurados, sin
pararnos en ningún lado, pero hasta ese momento viajábamos sentados porque no
había mucha gente a esa hora. Al llegar a Constitución, subíamos desde el subte
al hall central y, tal como se hace hasta ahora, después de sacar los boletos
nos parábamos frente al enorme cartel indicador con todas las líneas (Vía
Quilmes, vía Témperley, etc.), y Papá luego de un concienzudo examen marcaba el
próximo paso: ¡Andén 7! Decía, y allá nos dirigíamos. Nos subíamos al tren que
esperaba en el andén y buscábamos acomodarnos los tres, si era posible en dos
asientos enfrentados para estar frente a frente. El viaje era corto: pasábamos
sin parar por Solá, Estación de Cargas, luego por Hipólito Yrigoyen, cruzábamos
el Riachuelo tapándonos las narices, y llegábamos a destino: Avellaneda. Ya
teníamos bastante gente alrededor que caminaban en nuestra dirección. Los
hombres con saco y corbata, pocas – casi ninguna- mujeres y muy pocos niños como yo. Cruzábamos
Avenida Pavón y encarábamos una calle que tenía dos cuadras asfaltadas y se
continuaba con una larga calle de tierra convertida en basural. Toda la
extensión de la calle estaba ocupada por montañas de basura de larga data, y el
olor era algo menos que insoportable. Por las orillas de lo que debería ser la
vereda, en un sendero de un par de metros de ancho, pegado al límite que
demarcaba un largo paredón de una fábrica de vaya uno a saber que cosa, sin una
sola puerta a esa calle, cada 20 o 30 metros un tipo de cara no confiable
armaba una mesita portátil con un paño encima y desplegaba un trío de vasos
dados vuelta o tres nueces con una bolita o una arveja debajo de una y las
movía con habilidad delictiva invitando a los que pasaban a probar la rapidez
del ojo contra la mano. Otros tendían un paño en el suelo contra el paredón y
tiraban un par de dados invitando a un pase inglés de dudosa transparencia.
Alguno de los caminantes paraban a mirar, algunos grupíes se arrimaban a
engrupir, y nosotros pasábamos ligerito de largo con mi papá poniendo cara de “esto
no es de gente honrada y trabajadora”. Consideren que mi vieja era una mujer
joven, linda, de buen físico y vestida casi de fiesta, y que cruzábamos un
territorio de malandras, jugadores ilegales y tipos mal entrazados con pinta de
marginales, y por supuesto sin un solo policía. Jamás nadie nos molestó ni
tuvimos un solo incidente, y estoy hablando de un período de mis seis a mis
quince años aproximadamente. Seguíamos caminando y ya saliendo del basural,
entrábamos a una zona dominada por la gastronomía: desde el tano con una
especie de trípode armado con tres palos cruzados y arriba una enorme fuente de
hierro redonda y de un metro de diámetro vendiendo pizza sin queso (“de
cancha”), hasta el clásico parrillero improvisado con un fuego de carbones sobre
el piso y una parrilla tipo elástico de cama de cadenitas con chorizos de
dudoso origen chirriando sobre él. Botellas de cerveza dentro de un tambor de 200 litros con pedazos de hielo
cortados de una barra tapadas con bolsas de arpillera y botellas de vino común
de litro que se servía en vasos de vidrio que se lavaban en un tacho (medio
tambor cortado a lo largo) con agua que no se cambiaba nunca. Y ya casi
llegando, los vendedores de Alumni, revista que traía una clave para leer
dentro de la cancha los tableros que se iban actualizando con los resultados de
los demás partidos de la fecha y que solamente descifraban los que habían
comprado la revista.
Nosotros
seguíamos derechito hasta en final de la calle, porque en el final aparecía:
¡¡EL
ESTADIO PRESIDENTE PERÓN!! ¡¡ LA CANCHA DEL GLORIOSO RACING CLUB!!
Y allá nos
dirigíamos a la entrada de socios. Mi viejo enderezaba para la tribuna local y
mi vieja (y yo hasta los doce años) a la platea de damas, separados de mi viejo
por una pared bajita. Veíamos la tercera, la reserva y la primera. Mi primer
equipo en el 48 (1-2-3-5) era mas o menos así: Rodríguez al arco; Higinio
García y Palma; Fonda, Ongaro y Gutiérrez; Salvini, el Chueco Méndez, El
Maestro Rubén Bravo, Llamil Simes y Ezra Sued.
Entre
partido y partido, los pibes nos hacíamos una pelota con los vasos de cartón
encerado en que se tomaba el café (Sorocabana caféeeee!!!) que vendía un tipo
uniformado de amarillo y verde que llevaba una especie de tanque atado adelante
del cuerpo, convexo al frente y cóncavo donde apoyaba en la panza, con una
canillita abajo a la izquierda para que colocara el vasito a llenar y una larga
manija que cruzaba el tanque por delante y se manejaba con la mano derecha para
dejar caer el café caliente en el vaso. O con los vasos de las bebidas sin
alcohol, que no eran muchas pero ganaban la Pomona y la Bidú. Y entre partido y
partido, nosotros teníamos nuestros propios momentos triunfales haciendo algún
gol. El único problema eran los zapatos. Como todo era de cemento, una gambeta
mal hecha o un shot con tres dedos te podía producir pérdidas irreparables de
cuero lustrado que después te generaban graves consecuencias familiares. Lo sé
por experiencia. Lo de las gambetas mal hechas y lo de la opinión que les
merecía a mis viejos la pérdida de sustancia de la capellada de mis timbos, que
a la mañana siguiente debían estar más o menos presentables para ir al colegio.
El hecho es
que cuando terminaban los partidos, había que volver a casa. Todos conocemos la
angustia que provoca un domingo a la tarde en que parece que se acaba algo que
no podremos recuperar o esa congoja indescifrable dentro del pecho que ahora
que soy viejo voy entendiendo un poco más. El hecho es que yo no quería que se
acabara la humilde farra que era esa salida, y a veces, dependiendo de la
altura del mes, mi viejo podía darse el lujo de llevarnos a comer a una
pizzería. Algunas veces en Avellaneda, en alguna que hacía juego con la
hinchada y vendía pizza bien de molde (asííí!!! de alta) repleta de hinchas de
Racing que hablaban a los gritos de los partidos del día. Después con la panza
llena y ya con sueño, volvíamos por la misma ruta a la inversa. Papá compraba
la sexta, Crítica, la que tenía debajo del encabezamiento una frase de
Sócrates: “Dios me puso sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble
caballo, para picarlo y mantenerlo despierto”. Ya tenía los resultados de los
partidos, que sabíamos más o menos por los que habían comprado el Alumni, y
Papá leía, sentados los tres en el último asiento del micro, para estar los
tres juntos y ver las fotos de los goles.
Fuimos a la
cancha durante mucho tiempo, y me acuerdo claramente del festejo del tercer
campeonato consecutivo que un equipo ganaba por primera vez en el fútbol
argentino. Era el año 1951, ultimo partido de desempate Racing y Banfield que
ganamos por 1 a cero con un golazo de Mario Boyé. Fuimos a festejar al Anexo de
Racing de Villa del Parque, a la noche, y cinco muchachos del club se pusieron
las camisetas y trataron de representar el gol en la cancha de papi futbol que
entonces se llamaba de baby futbol y que cuando la embocaron en el arco luego
de tocarla todos, todos lo festejamos como si hubiera sido el original de Boyé.
Después nos
cambiaron los tiempos y las circunstancias. Ya no era tan seguro ir a la
cancha, y yo tenía otras cosas en que intentaba aprovechar los domingos a la
tarde, porque ya había crecido. Terminé el secundario, vino la Facultad, leí a
Sartre y a Camus y a Hesse, y me la creí de intelectual. Iba a La Paz y al cine
Lorca, Loire o Cosmos y llevaba el pelo largo. Y me aprendí aquello del “opio
de los pueblos” y esa fue mi excusa para no ir más a la cancha.
En fin,
todo pasa. Hoy, que Papá ya no está, sigo cultivando el amor a Racing y me
amargo los domingos pero desde casa. Y si pido pizza, siempre pido “de molde”,
¡así!!! de alta.
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