La señora de la
blusa floreada
Una
magnífica tarde de otoño, paseaba los perros por el barrio. Sol pleno, domingo,
toda la gente en la calle y en las plazas.
Acostumbro a hacer un recorrido similar todas las veces que paseo los
perros, pero esta vez, y no sé por qué, me desvié del trayecto habitual. No
mucho, un par de cuadras. En vez de doblar por Alberti, se me ocurrió seguir
hasta Saavedra por Independencia. Una
vez que crucé la calle, reparé que nunca en mi vida había estado en esa
cuadra. A pesar del hermoso día, la
calle estaba bastante vacía, y crucé sólo algunos transeúntes en la
cuadra. Cuando estaba por llegar casi al
final de la misma, de una casa de departamentos salieron dos hombres llevando
una mesa redonda. Presté atención por dos cosas: una, que yo tenía una mesa
prácticamente igual, y, dos, que la mesa tenía una mancha blanca redonda casi
en el centro, como si se hubiera apoyado un elemento caliente que hubiera
quemado el lustre. Me fijé en eso porque
yo también quería hacer lustrar mi mesa y me quedé pensando en preguntarles
adónde o a qué lustrador la llevaban. En ese momento, detrás de los dos hombres
y la mesa, salió una mujer de mediana edad, con una blusa floreada, medio
rubia, y casi sin mirarme me dijo: “ Hola, Doctor, cómo anda?”. Espero que me crean: yo nunca la había visto
en mi vida. Como tengo numerosos pacientes que a veces vienen al consultorio
acompañados por familiares, pensé que sería uno de ellos, pero para mi interior
yo estaba seguro de que no la había visto nunca. Además era la primera vez que yo pasaba por
ese lugar, y la mujer me había saludado como si me viera todos los días, con
mis tres perros, lo que parecía una locura. Además no me había pasado más bola,
y estaba detrás de los que metían la mesa a una camioneta, dándome la espalda.
Por
supuesto que mi primera reacción fue mirar alrededor y detrás mío, a ver si
había otro destinatario del saludo, pero no había nadie.
Como el
misterio y la curiosidad me carcomían, me acerqué por detrás a la mujer y le
pregunté: disculpemé, señora, pero evidentemente los años me han afectado la
memoria, porque no puedo recordar de dónde la conozco. Es una paciente mía, o
una pariente de alguno de ellos…?
La mujer
me miró con aire suspicaz y me respondió: “No, Doctor. Usted me conoce desde
hace muchos años. Claro que nunca me había visto en esta ropa o este cuerpo,
pero ha dificultado mi trabajo en numerosas oportunidades, por lo que en
realidad me tiene podrida. Nunca me
ganó, pero a veces empatamos por un tiempo. Después…, Usted ya sabe…: Yo
siempre gano”.
Sentí que
se me paraban los pelos de la nuca y empecé a recoger la mano que le había
tendido para tocarle el brazo. Pero ella me tomó la mano con la suya, que
encontré extraordinariamente cálida y confortable y me dijo: “No se asuste.
Estoy ocupada en otra cosa y usted no está todavía en mi lista. Tengo que
acompañar a este muchacho de la camioneta, que tiene que estar en mi casa a las
cinco y treinta y dos de la tarde,
después de un desagradable accidente en la ruta 3. Pero me sorprendió encontrarlo a Ud. acá,
donde no lo esperaba. Y la verdad es que tenía ganas de charlar con Ud., que me
parece que no me comprende”. Venciendo
mi estupor y pensando que estaba soñando y me iba a despertar enseguida, le dije algo que le pareció interesante: “Está
equivocada, señora, le dije. No sólo la
comprendo cada vez más, sino que admiro su trabajo. Creo que usted es la
verdadera artífice del desarrollo, bueno o malo, de este mundo”.
La señora
de la blusa floreada se semi sonrió y me dijo:
- ¿Cómo,
Dr.? ¿Usted no cree en Dios? Decidí
contestarme a mí mismo, porque era evidente que soñaba:
-Mire, Señora. Desde hace algún tiempo ando
dudando de la existencia del Supremo, ya que no lo veo manifestarse con la
asiduidad que yo esperaba para esta humanidad. En cambio, si hay algo de lo que
estoy seguro es en la existencia de Ud. Me he pasado la vida tratando de
burlarla. Y lo seguiré haciendo, aunque cada vez más me parece que no hay recompensa
más allá de este mundo. Cuando la puta Muerte….Perdón, Señora, cuando Ud. me
venga a buscar con su blusita floreada, me voy a ir sin hacerme ilusiones.
Increíblemente,
la mujer se rió y después de mirar a los dos que todavía trataban de cargar la
mesa en la camioneta (yo me preguntaba quién era el que iba a manejar) me dijo:
-A ver,
Dr., charlemos un rato. Usted dice que me comprende cada vez más. ¿Antes no me
comprendía?
-No,
Señora, le dije. Antes era mi enemiga declarada. Antes mi vida era luchar
contra Ud. de cualquier modo y cualquiera fuera el resultado. Y no me negará
que algunas veces tuve cierto éxito. Tuve pacientes que vivieron muchos años
luego de haber presentido su presencia. Y otros a los que se los arranqué de
las manos.
-Es
verdad, me dijo de manera resignada. Pero otros….
– Otros se
los llevó, ya sé. Y tengo que confesarle que algunos fueron por mi ineficiencia
o mi ineficacia o por…
- O por
que yo me impuse ante su arrogancia, Dr. No se olvide quién soy y quien me
manda.
– Me
tranquiliza que haya quien la mande, le dije, aunque lo crea un poco
lejano…!
-
¡Bastante lejano, me contestó como ofendida, considerando que está como a 15.000
años luz tratando de ver como puede parar esa huevada del Big Bang de una
manera honorable, que ya casi se le fué de las manos!
- Una
pregunta, señora, si es tan amable: ¿por qué me dejó ganar algunas veces?
- Ay!,
suspiró. ¡Hay algunos códigos que tengo
que respetar, aunque no siempre!. Pero en general me siento tentada a pasar de
largo por un tiempo si me envuelven a los elegidos en un mantra que preferimos
no vulnerar para que sigan creyendo en nosotros, y en esto lo incluyo al que
está el culo de la galaxia.
- ¿Qué
mantras?, le pregunté, medio indignado.
- Por ejemplo, la gente que reza. No porque le
importe un pito al que le rezan, que está demasiado ocupado como para prestar
atención a esas manifestaciones de temor y absurda confianza en Él mismo, ya
que me ha delegado a mí la tarea de hacer sitio para los próximos, sino porque
en la disposición mental de los que rezan con cierta fé se manifiesta una
fuerza energética muy bonita de observar para una, que aunque no lo crea, tiene
su corazoncito, en el sentido que ustedes le dan a la palabra. – Eso quiere
decir que en serio se puede prorrogar su desagradable visita con métodos
esotéricos o de tipo religioso?
– No,
Doctor! No me venga con filosofía de vieja en velorio! Yo los agarro cuando
quiero, a veces sin plan previo! O usted se cree que yo tengo previsto, por
ejemplo, que un pendejo con tres o cuatro cócteles y un par de litros de birra
se suba a un auto a las cinco de la mañana y se largue a 160 por Libertador, en
lugar de quedarse dormido en la vereda hasta que se le pase la mona! Una tiene
que aceptar que tiene un trabajo que hacer, también! Si el pibe no tiene
códigos, una tiene que aceptar la responsabilidad! Eso sí, no me pida una
muerte limpita. Con semejante energúmeno lo menos que puedo hacer es un
desparramo de sangre y sesos para que la cosa sea creíble. No le puedo encajar
un infarto de miocardio en un semáforo porque no va a parar en los semáforos en
rojo! Que quiere que haga!
– En
realidad me ha dejado pasmado con esa declaración de que tiene su corazoncito.
Eso quiere decir que tiene preferidos o que elige con algún tipo de vara
desigual?
– Doctor, ¿usted
no leyó a Darwin? Quién se cree que le arrimó los argumentos de eso de la
supervivencia del más apto? Eso lo entendió al revés. Yo le había dicho que los
menos aptos me los llevo primero!
– Por qué?
No le dan lástima?
- ¡Cómo me
van a dar lástima! Oiga, Doctor, es mi trabajo! A usted le da lástima poner
inyecciones? Si me acuerdo de los tiempos en que se pasaba clavando una aguja
en una naranja, a falta de un culo
dispuesto al sacrificio!
– Pero era
práctica médica!
– Qué iba
a ser práctica médica! Era puro sadismo cítrico! No me engrupa, que a la única
que le encajó una inyección en esa época fue a su mamá!
- Está
bien, pero, ¿por qué pude hacer zafar a algunos y a otros no?
– Se me
hace tarde, doctor, y se me va el pibe de la camioneta. Déjeme que le diga una
última cosa: yo le hablé de los mantras, de los rezos, pero no le dije
todo. Hay quien tiene la virtud de pasar
energía con las manos, y eso también hace un efecto muy bonito y lo dejo como
adorno muchas veces. Usted tiene ese don. Me tiene tanta bronca que pinta
mantras que me divierten mucho. Cuando está más enojado conmigo le salen mejor.
Pero últimamente está aflojando. Lo noto más reflexivo, más conciliador.
–No es
cierto, le dije. Estoy tan enojado como siempre. Ví irse a los mejores, a los
que amaba, a los que quería, a los que respetaba.
– Y usted
quería que se quedaran para siempre? Piense doctor: Yo soy la resurrección y la
Vida. Ni Jesucristo se salvó de mí. Pero
eso le permitió resucitar y cambiar el mundo. Y les dio la esperanza de volver,
nuevos, jóvenes, vírgenes nuevamente. Todo lo que es hoy, ya fue antes. En su
cuerpo, hoy, hay billones de átomos que ya pertenecieron a otros cuerpos. Si Yo
no existiera, usted se degradaría de tal modo que terminaría pidiéndole a Dios
que Yo existiera. Y sabiendo esto, usted ahora puede esperar que su cuerpo se
reduzca a sus átomos primitivos y renazca en otro ser que tendrá partes de su
estructura actual! Le parece poco? Usted volverá en algo vivo! Y podrá ser
nuevamente y así para siempre, para todo el tiempo que se determine allá
arriba. No es mejor así? No lo consuela? No le da esperanza?
– Me da
una infinita alegría, le dije.
– Bravo!,
me comentó la señora de blusa floreada. Está alegre porque ha comprendido el
sentido de la Muerte?
- No,
señora. Estoy contento porque el chico de la camioneta ya se fué hace quince
minutos, y usted lo perdió. Qué va a hacer señora. Otra vez será! Guarda, señora, que los perros hicieron caca y
usted pisó mierda. Pero no se preocupe, que es suerte! ¡Nos vemos!
Y la dejé
puteando y arrastrando el zapato por el cordón de la vereda.
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