domingo, 24 de junio de 2012

Bandera Argentina




…Tite! Vamos , Tite…Levantáte que ya tengo el desayuno listo…!
Yo era Tite, en mi casa, diminutivo medio sofisticado de Roberto que me había puesto mi madrina. Y era a mí que llamaba mi viejo, con voz entusiasmada en la fría mañana de Mar de Ajó, a eso de las siete o siete y media. El horario variaba de acuerdo a  la tabla de pleamar que seguramente había estado mirando en la casa de pesca de El Sordo, sobre Hipólito Yrigoyen, la noche anterior. Y yo que me había acostado tarde, con la licencia que para un pibe de 16 o 17 años daba la salida “al Pueblo” de Mar de Ajó, me despertaba medio somnoliento y con el olor de las tostadas con manteca que preparaba mi viejo, y el del café que me permitían tomar sin leche. Y me sentaba a la mesa del comedor, con el frío que me congelaba las patas, con pantalón corto para poder meterme en el agua para “lanzar”, y me comía tres o cuatro deliciosas tostadas que papá hacía en la tostadora que se ponía arriba de la hornalla y que vigilaba cuidadosamente para que no se quemaran. Y mientras me tomaba el café calentito miraba por la ventana como la noche se iba aclarando para transformarse en día con esa claridad premonitora de una mañana gloriosa de verano como son en general las mañanas de verano en el mar. Y mirando por la ventana mientras me sacaba las lagañas, veía las dos cañas de lanzar apoyadas en la pared del pasillo y el balde con almejas sacadas el día anterior y que iban a ser sacrificadas para servir de carnada esa mañana.
Terminaba el ritual del desayuno. Papá se salía de la vaina y me arrimaba las tareas habituales que me tocaban para cruzar al mar y me daba las directivas básicas para no congelarme antes de que el sol calentara el aire: Ponéte el anorak, agarrá el cuchillo de pesca, llevá los paracañas que yo llevo las almejas, etc. y salíamos por el pasillo, metíamos los pies en la arena fría de toda la noche (la calle era de arena más o menos apisonada) y cruzábamos a la playa para acercarnos al mar. Generalmente llegábamos cuando todavía el sol no se veía, o estaba escondido debajo de una capa de nubes que enrojecían como el fuego a medida que iba subiendo por el cielo, siempre oculto. Hacía frío, había viento. Yo me subía la capucha del anorak y me sacaba las ojotas para clavar los paracañas, al borde del agua,  mientras papá desenredaba las líneas ya armadas de las cañas (tres anzuelos, pesca variada, medianitos) y empezaba a romper almejas y ponerlas en los anzuelos.  Me daba la mía, ya encarnada, y yo comenzaba a caminar hacia las olas, despacito, poniéndome en puntas de pié cuando la altura de la olita superaba mis expectativas y mis pobres rodillas congeladas. Cuando llegaba a esa altura, ya me cambiaba el carácter: ya era un pescador. Ya el agua se ponía calentita y yo no prestaba tanta atención a si me mojaba los bordes inferiores de la malla o un poco más arriba. Giraba despacio para poner apoyada en el piso la plomada, alineada con el puntero de la caña, controlaba que no se me hubiera piantado ninguna almeja de los anzuelos y que la plomada tuviera la cruz de los alambres bien abierta para que la corriente no la arrastrara y quedara clavada, y con un movimiento que había practicado desde que era un pibe, la elevaba hasta que pasaba por arriba de mi cabeza, siempre con el puntero siguiendo la plomada para que saliera la tanza sin inconvenientes ni roces. A todo esto con el dedo pulgar de la mano derecha iba soltando con precaución la salida de la tanza ya que yo usaba siempre un reel rotativo, porque no me gustaron nunca los frontales, y apretaba cuidadosamente el carrete para que no se soltara más hilo del que fuera necesario, porque  si no se podía hacer “galleta”.
Caía la plomada más o menos donde yo quería, trababa el reel con la palanca y aflojaba un poco la estrella para caminar hacia atrás, adonde ya estaba mi viejo esperando el pique, porque era más rápido que yo. Nos parábamos juntos mirando clarear el día y casi de inmediato los dos pegábamos el tirón de clavar un pique, seguramente de borriqueta, que era lo que habíamos venido a pescar, porque era el aperitivo nuestro de cada día.  Si alguno de los que leen esto alguna vez pescó en el mar, saben que se puede distinguir casi con seguridad el pique de una borriqueta por los tres tirones que pega el pobre bicho cuando queda enganchado del anzuelo: un, dos, tres, seguiditos. Y casi de inmediato nuevamente otro pique del mismo tenor. Ya ahí comenzabamos a recoger tanza y pispeábamos en las olas pequeñas para ver asomar nuestra línea y  ver lo que habíamos pescado.  Es difícil de creer en la actualidad,- en la que veo con admiración la estoicidad de los pescadores que se pasan horas enteras frente al mar remojando carnadas varias sin resultados positivos-, que en la primera tirada y sin que hubieran transcurrido más de cinco minutos como máximo, sacábamos pequeñas corvinas de unos 30 cm. de largo, y, se los juro, la mayor parte de las veces, una en cada uno de los tres anzuelos. Al levantar la caña con los tres pescaditos colgando alguno gritaba: “Bandera Argentina!!”  Y los dos nos reíamos con la broma repetida incansablemente en el fragor de la mañana.
Tengo que confesar que siempre me causó mucha pena matar cualquier cosa, desde cucarachas hasta melgachos. Así que a las pobres borriquetas que iban a enriquecer nuestra alimentación ese día, yo las sacrificaba de inmediato, porque no podía verlas boquear ahogándose. Con un quiebre de las manos les fracturaba el cuello y morían de manera instantánea.  Eso me hacía más tolerable este deporte alimentario.
En el tiempo en que el sol se ponía algo más alto y comenzaba a calentar, habíamos pescado entre 20 y 30 borriquetas entre los dos.  Papá decía basta, es suficiente, y volvíamos a casa a tomar un par de mates con mi vieja, y ya el día estaba encaminado. Papá fileteaba las borriquetas que daban un bocado exquisito de unos doce cm. de largo por  seis de ancho y uno de espesor, mamá los enharinaba y los freía, y yo daba cuenta de los mismos a la hora del vermouth.  Todos los días había 40 o 60 bocaditos de esos antes de almorzar o cenar, con almejas curadas tres días en agua salada de mar y abiertas en la sartén sazonadas con limón, y todo lo que la naturaleza pródiga de aquella época podía aportar para unos veraneantes no pudientes, como éramos nosotros.
Hoy es el día del Padre, y mis hijas se acaban de ir a sus respectivas casas, y yo me quedé pensando. Pensando en qué regalo le podría hacer a mi viejo en el día de hoy. Y me doy cuenta que el mejor regalo era poderle decir que nunca, jamás podré olvidar el olor de las tostadas, de la sal del mar, del ruido de la tanza pasando bajo mi dedo en la caña de lanzar, y en la pureza de la alegría del grito de mi viejo diciéndome:
“¡Bandera Argentina….!!!!!”,  con la sonrisa de oreja a oreja y el pelo despeinado por el viento del mar en la mañana recién nacida.
Ahora estás allá, Viejo.  Yo te llevé hecho cenizas y te dejé en esa misma playa donde fuiste tan feliz.  Seguro en este momento estarás con la caña en la mano y cara al sol, esperando el pique de alguna borriqueta en la mañana clara. Esperáme con las tostadas y el café caliente. Algún día te voy a ir a buscar.

Tite.

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