…Tite!
Vamos , Tite…Levantáte que ya tengo el desayuno listo…!
Yo era
Tite, en mi casa, diminutivo medio sofisticado de Roberto que me había puesto
mi madrina. Y era a mí que llamaba mi viejo, con voz entusiasmada en la fría
mañana de Mar de Ajó, a eso de las siete o siete y media. El horario variaba de
acuerdo a la tabla de pleamar que
seguramente había estado mirando en la casa de pesca de El Sordo, sobre
Hipólito Yrigoyen, la noche anterior. Y yo que me había acostado tarde, con la
licencia que para un pibe de 16 o 17 años daba la salida “al Pueblo” de Mar de
Ajó, me despertaba medio somnoliento y con el olor de las tostadas con manteca
que preparaba mi viejo, y el del café que me permitían tomar sin leche. Y me
sentaba a la mesa del comedor, con el frío que me congelaba las patas, con
pantalón corto para poder meterme en el agua para “lanzar”, y me comía tres o
cuatro deliciosas tostadas que papá hacía en la tostadora que se ponía arriba
de la hornalla y que vigilaba cuidadosamente para que no se quemaran. Y
mientras me tomaba el café calentito miraba por la ventana como la noche se iba
aclarando para transformarse en día con esa claridad premonitora de una mañana
gloriosa de verano como son en general las mañanas de verano en el mar. Y
mirando por la ventana mientras me sacaba las lagañas, veía las dos cañas de
lanzar apoyadas en la pared del pasillo y el balde con almejas sacadas el día
anterior y que iban a ser sacrificadas para servir de carnada esa mañana.
Terminaba el ritual del desayuno. Papá se salía de la vaina y me arrimaba las tareas
habituales que me tocaban para cruzar al mar y me daba las directivas básicas
para no congelarme antes de que el sol calentara el aire: Ponéte el anorak,
agarrá el cuchillo de pesca, llevá los paracañas que yo llevo las almejas, etc.
y salíamos por el pasillo, metíamos los pies en la arena fría de toda la noche
(la calle era de arena más o menos apisonada) y cruzábamos a la playa para
acercarnos al mar. Generalmente llegábamos cuando todavía el sol no se veía, o
estaba escondido debajo de una capa de nubes que enrojecían como el fuego a
medida que iba subiendo por el cielo, siempre oculto. Hacía frío, había viento.
Yo me subía la capucha del anorak y me sacaba las ojotas para clavar los
paracañas, al borde del agua, mientras
papá desenredaba las líneas ya armadas de las cañas (tres anzuelos, pesca
variada, medianitos) y empezaba a romper almejas y ponerlas en los anzuelos. Me daba la mía, ya encarnada, y yo comenzaba
a caminar hacia las olas, despacito, poniéndome en puntas de pié cuando la
altura de la olita superaba mis expectativas y mis pobres rodillas congeladas.
Cuando llegaba a esa altura, ya me cambiaba el carácter: ya era un pescador. Ya
el agua se ponía calentita y yo no prestaba tanta atención a si me mojaba los
bordes inferiores de la malla o un poco más arriba. Giraba despacio para poner
apoyada en el piso la plomada, alineada con el puntero de la caña, controlaba
que no se me hubiera piantado ninguna almeja de los anzuelos y que la plomada
tuviera la cruz de los alambres bien abierta para que la corriente no la
arrastrara y quedara clavada, y con un movimiento que había practicado desde
que era un pibe, la elevaba hasta que pasaba por arriba de mi cabeza, siempre
con el puntero siguiendo la plomada para que saliera la tanza sin
inconvenientes ni roces. A todo esto con el dedo pulgar de la mano derecha iba
soltando con precaución la salida de la tanza ya que yo usaba siempre un reel
rotativo, porque no me gustaron nunca los frontales, y apretaba cuidadosamente
el carrete para que no se soltara más hilo del que fuera necesario, porque si no se podía hacer “galleta”.
Caía la
plomada más o menos donde yo quería, trababa el reel con la palanca y aflojaba
un poco la estrella para caminar hacia atrás, adonde ya estaba mi viejo
esperando el pique, porque era más rápido que yo. Nos parábamos juntos mirando
clarear el día y casi de inmediato los dos pegábamos el tirón de clavar un
pique, seguramente de borriqueta, que era lo que habíamos venido a pescar,
porque era el aperitivo nuestro de cada día.
Si alguno de los que leen esto alguna vez pescó en el mar, saben que se
puede distinguir casi con seguridad el pique de una borriqueta por los tres
tirones que pega el pobre bicho cuando queda enganchado del anzuelo: un, dos,
tres, seguiditos. Y casi de inmediato nuevamente otro pique del mismo tenor. Ya
ahí comenzabamos a recoger tanza y pispeábamos en las olas pequeñas para ver
asomar nuestra línea y ver lo que
habíamos pescado. Es difícil de creer en
la actualidad,- en la que veo con admiración la estoicidad de los pescadores que
se pasan horas enteras frente al mar remojando carnadas varias sin resultados
positivos-, que en la primera tirada y sin que hubieran transcurrido más de
cinco minutos como máximo, sacábamos pequeñas corvinas de unos 30 cm . de largo, y, se los
juro, la mayor parte de las veces, una en cada uno de los tres anzuelos. Al
levantar la caña con los tres pescaditos colgando alguno gritaba: “Bandera
Argentina!!” Y los dos nos reíamos con
la broma repetida incansablemente en el fragor de la mañana.
Tengo que
confesar que siempre me causó mucha pena matar cualquier cosa, desde cucarachas
hasta melgachos. Así que a las pobres borriquetas que iban a enriquecer nuestra
alimentación ese día, yo las sacrificaba de inmediato, porque no podía verlas
boquear ahogándose. Con un quiebre de las manos les fracturaba el cuello y
morían de manera instantánea. Eso me
hacía más tolerable este deporte alimentario.
En el
tiempo en que el sol se ponía algo más alto y comenzaba a calentar, habíamos
pescado entre 20 y 30 borriquetas entre los dos. Papá decía basta, es suficiente, y volvíamos
a casa a tomar un par de mates con mi vieja, y ya el día estaba encaminado.
Papá fileteaba las borriquetas que daban un bocado exquisito de unos doce cm.
de largo por seis de ancho y uno de
espesor, mamá los enharinaba y los freía, y yo daba cuenta de los mismos a la
hora del vermouth. Todos los días había
40 o 60 bocaditos de esos antes de almorzar o cenar, con almejas curadas tres
días en agua salada de mar y abiertas en la sartén sazonadas con limón, y todo
lo que la naturaleza pródiga de aquella época podía aportar para unos
veraneantes no pudientes, como éramos nosotros.
Hoy es el
día del Padre, y mis hijas se acaban de ir a sus respectivas casas, y yo me
quedé pensando. Pensando en qué regalo le podría hacer a mi viejo en el día de
hoy. Y me doy cuenta que el mejor regalo era poderle decir que nunca, jamás podré
olvidar el olor de las tostadas, de la sal del mar, del ruido de la tanza
pasando bajo mi dedo en la caña de lanzar, y en la pureza de la alegría del
grito de mi viejo diciéndome:
“¡Bandera
Argentina….!!!!!”, con la sonrisa de
oreja a oreja y el pelo despeinado por el viento del mar en la mañana recién
nacida.
Ahora
estás allá, Viejo. Yo te llevé hecho
cenizas y te dejé en esa misma playa donde fuiste tan feliz. Seguro en este momento estarás con la caña en
la mano y cara al sol, esperando el pique de alguna borriqueta en la mañana
clara. Esperáme con las tostadas y el café caliente. Algún día te voy a ir a
buscar.
Tite.
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