Vivimos bajo la sospecha de un Dios ingrato
que no entendemos. Un Dios febril, inquieto, cambiante, del que hemos recibido
unas instrucciones que intentamos cumplir sin visualizar recompensa, por lo
menos en este mundo que nos contiene.
Vivimos pensando en que habrá un más allá que
compense el más acá, el lugar donde los pobres, de acuerdo a Pablo Neruda, allí
tomarán sopa. Un mundo injusto nos rodea. Un mundo donde triunfan la fuerza, la
prepotencia, el destrato, la violencia, la falta de alimentos, la muerte
prematura, el dolor de los mejores y el triunfo de los corruptos.
Un mundo que se complace en distinguir,
admirar y envidiar a los que han “triunfado” aplastando a otros, riéndose de
conceptos tan inútiles como la ética, aprovechando la debilidad circunstancial
de semejantes en momentos de indefensión, estafando la buena fe y la confianza
de gentes de buena voluntad.
Un mundo que se afana en ser feliz, y basa el
concepto de felicidad en criterios de posesión de cosas, brillantes, lustrosas,
con colores deslumbrantes y funcionalidad pasajera por la aparición de otras
cosas de características más o menos similares pero más nuevas, práctica que se
utiliza desde la época de la Conquista en nuestra región, con el objeto de
subyugar (y someter) a los “indios” que habitaban el lugar.
Creemos en general en un Dios único pero
propio de una parte de la humanidad y que sospechamos sustraído, o robado o
utilizado espuriamente por otros que dicen adorar al mismo Dios, pero tienen el
mismo sentimiento de apropiación indebida de Él por parte nuestra. Y hay
imbéciles que se matan unos a otros por esto.
Vivimos en un planeta maravilloso, en el que
una incontable variedad de desarrollos independientes y singulares que llamamos
especies, viven, crecen y se reproducen sin solicitarnos autorización, en una
extraordinaria e indescriptible sincronización de intereses positivos y
negativos que permiten que todas ellas prosperen y aprovechen las ventajas que
unos y otros se dan. Solamente tenemos una especie que, con los mismos
criterios que he expuesto anteriormente respecto a su manera de vivir en el
Planeta, es decir haciendo prevalecer la fuerza, el interés económico sin otras
consideraciones y la minúscula mirada del egoísmo del propio bienestar sin
pensar en el futuro de todos los demás integrantes del conjunto de seres
vivientes, destruye la armonía, la simbiosis y el proyecto de convivencia tan
extraordinariamente concebido por esa fuerza que no sabemos nombrar, pero que
parece que nos echó del Paraíso cuando fuimos capaces de desobedecer su orden
de no apoderarnos de una cualidad que no nos estaba reservada a ninguno de los
animales: la Ciencia del Bien y del Mal.
De esta manera y por una falta (que nos hizo
mortales desde entonces), se abrieron los ojos de los hombres y fuimos como
Dios, y somos el único animal sobre la Tierra que conoce el Bien y el Mal. Y
hemos desarrollado las Ciencias, en nuestro efímero provecho. Contamos el
tiempo en años, en vidas, en siglos, porque el ser mortales nos exige tiempos
acotados a nuestras ambiciones de ser “felices” en el concepto humano. Pero no
podemos comprender que el Plan Maestro de lo que llamamos Naturaleza tiene una
previsión de eones para su concreción, y que lo nuestro es ridículamente
pequeño.
Ray Bradbury, en sus Crónicas Marcianas, prevé
un Hombre que alcanza a comprender el sentido de la Civilización desarrollada
por los marcianos (que los terrestres ya habíamos exterminado por acción u
omisión) y explica a su Capitán:
-“Sabían vivir con la naturaleza, comprendían
a la naturaleza. No trataron de ser solo hombres y no animales……..El animal no
discute la vida, vive. Su única razón es vivir la vida. Ama la vida y disfruta
de ella…. Los hombres de Marte comprendieron que para sobrevivir no debían
preguntarse ¿para qué vivir? La respuesta estaba en la vida misma. Vivir
era propagar la vida, la vida mejor….Renunciaron a destruirlo todo, a
humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia. La ciencia entre ellos no
se opuso a la belleza….
Sabias palabras y quizás premoniciones en un
libro escrito en 1946 y cuya edición en castellano fue magistralmente prologada
por Jorge Luis Borges.
Por todo esto no entendemos a Dios. Porque
luego de traicionarlo y desobedecerlo construimos un mundo que no estaba en sus
planes, y que Él tampoco comprende.
Y vio
Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio
de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
Y se
arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió su corazón.
Génesis 6, 5,6.
Somos como una especie maldita. Nos destruimos
a nosotros mismos y a los demás por intereses que humillan nuestra condición
humana. Somos extranjeros en nuestro propio mundo. Por este camino la
destrucción de la especie humana está cerca, en tiempos de Dios. Él no hará
nada para premiarnos ni para castigarnos. Nos dejará que evolucionemos con
nuestras falencias y con nuestras virtudes. Si sabemos elegir con la sabiduría
que robamos del Paraíso, quizás nos perdone y
prolongue en eones nuestro tiempo sobre la Tierra.
Que
así sea.