LA SOPA PRIMORDIAL
La evolución biológica de los seres vivos (y
de los ya extinguidos), tiene un inicio tan maravilloso como complejo de
explicar desde el punto de vista conductual.
Veamos: todas las teorías científicas
coinciden en un mar primitivo de escasa profundidad calentado brutalmente por
un sol cuya radiación ultravioleta no tiene filtro por la inexistencia o
delgadez de atmósfera que lo modere. En este mar las partículas de elementos
que luego constituirán los organismos que conocemos flotan o están disueltas en
él. Carbono, hidrógeno, oxígeno, minerales. Algún fenómeno relacionado con agua
evaporada, formación de atmósfera, nubes, tormentas y por consiguiente
descargas eléctricas sobre esta sopa primordial, favorece la creación de
moléculas más complejas. En especial aminoácidos. Y de la unión de aminoácidos,
proteínas, la base de la vida tal como la conocemos.
Hay otras teorías parecidas que involucran
fuentes de agua caliente submarinas, quizás volcánicas, o la misma radiación
solar, en mayor o menor medida. (Si nos vamos a teorías esotéricas podemos
hablar de meteoritos portadores de seres vivos que llegaron a la Tierra, o en
cometas, o en otros cuerpos astrales. No olvidemos a los extraterrestres, nunca
suficientemente bien ponderados.)
El hecho es que supondremos que acumulaciones
de cadenas proteicas flotaban libremente en un mar de escasa profundidad, sin
cumplir ningún papel protagónico por el momento, y en forma independiente unas
de otras. Sin aparentemente interrelacionarse, ni interactuar entre ellas.
Pero hete aquí que un giro imposible de
entender (por lo menos por individuos de pocas entendederas como yo) provoca un
fenómeno que creo inexplicable si no estuviera dirigido por una decisión
que involucra inteligencia y voluntad propia, y más aún programación y
proyecto a largo plazo. Muy largo plazo.
Un grupo selecto de proteínas decide
SEPARARSE y AISLARSE de las demás.
Decide construir una membrana para ser un elemento de tipo mancomunado
para ¿enfrentar? a los otros elementos que lo rodean y aprovecharlos como
fuente de energía para mantener la unión de su membrana aislante,
absorbiéndolos y procesándolos.
Así se forman los primeros elementos
independientes que con el tiempo llamaríamos células, o sea los primeros individuos.
Creo que la pregunta que merece respuesta es:
de donde y como un grupo de elementos primitivos como partículas proteicas
independientes obtiene de pronto pensamiento propio para transformar su
condición de “uno dentro de un mar de semejantes” en un INDIVIDUO ÚNICO en un mar de partículas aprovechables y utilizables
en beneficio propio.
Parecería que este inicio de un Plan que
involucra VIDA en todo su significado (es decir reproducirse, alimentarse,
diferenciarse, evolucionar), no es el resultado de ningún fenómeno asociado con
rayos, radiaciones o cosas parecidas. Impresiona tal como lo que es: un
proyecto a largo plazo del que todos participamos, pero no sabemos por qué se
ejecuta. Ni quién decidió, a través de una simple membrana, transformar una
simple sopa en la maravilla que hoy conocemos
.
El inicio de toda la Naturaleza que conocemos
se inició por una decisión inteligente, y no por una
casualidad. ¿Cómo llamaremos a la inteligencia que decidió legarnos la
inteligencia? ¿Dios, que nos creó a su imagen y semejanza, según todas las
religiones conocidas? ¿El Diablo, como querían los cátaros y albigenses? ¿Los
inefables extraterrestres, tal como propugnan los esotéricos?
A veces me imagino que toda nuestra soberbia
nos llevó a pensar en una forma de Dios que se afana por procurarnos una vida
digna en objetivos y conductas, y que deseamos y esperamos que así sea.
Y a veces pienso que esto que conocemos como
Universo no es más que un experimento llevado a cabo por un ente que no podemos
mensurar ni comprender, y que quizás sea un aprendiz de dimensiones
sobrenaturales al que le encargaron una tarea escolar parecida – en sus
términos – a la germinación del poroto de nuestros escolares.
Pero voy a adherir a la teoría de un Dios
inmensamente bueno que nos legó la inteligencia de la que muchas veces
parecemos enorgullecernos en no demostrar.
Y hay algo que me tranquiliza: así como
nosotros medimos nuestro tiempo en el tiempo de rotación del planeta que nos
contiene, creo que el tiempo de Dios se mide en la rotación de todo el Universo
alrededor del Creador. Y entonces me parece que Dios no llegó todavía al
séptimo día. Todavía no se sentó a descansar. Todavía sigue trabajando y
creando sus maravillas.
Ojalá podamos, si somos capaces de utilizar
la inteligencia que nos legó, verlas y admirarlas con humildad y sabiduría.
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