miércoles, 11 de enero de 2017

La incomprensión de Dios



Vivimos bajo la sospecha de un Dios ingrato que no entendemos. Un Dios febril, inquieto, cambiante, del que hemos recibido unas instrucciones que intentamos cumplir sin visualizar recompensa, por lo menos en este mundo que nos contiene.
Vivimos pensando en que habrá un más allá que compense el más acá, el lugar donde los pobres, de acuerdo a Pablo Neruda, allí tomarán sopa. Un mundo injusto nos rodea. Un mundo donde triunfan la fuerza, la prepotencia, el destrato, la violencia, la falta de alimentos, la muerte prematura, el dolor de los mejores y el triunfo de los corruptos.
Un mundo que se complace en distinguir, admirar y envidiar a los que han “triunfado” aplastando a otros, riéndose de conceptos tan inútiles como la ética, aprovechando la debilidad circunstancial de semejantes en momentos de indefensión, estafando la buena fe y la confianza de gentes de buena voluntad.
Un mundo que se afana en ser feliz, y basa el concepto de felicidad en criterios de posesión de cosas, brillantes, lustrosas, con colores deslumbrantes y funcionalidad pasajera por la aparición de otras cosas de características más o menos similares pero más nuevas, práctica que se utiliza desde la época de la Conquista en nuestra región, con el objeto de subyugar (y someter) a los “indios” que habitaban el lugar.  
Creemos en general en un Dios único pero propio de una parte de la humanidad y que sospechamos sustraído, o robado o utilizado espuriamente por otros que dicen adorar al mismo Dios, pero tienen el mismo sentimiento de apropiación indebida de Él por parte nuestra. Y hay imbéciles que se matan unos a otros por esto. 
Vivimos en un planeta maravilloso, en el que una incontable variedad de desarrollos independientes y singulares que llamamos especies, viven, crecen y se reproducen sin solicitarnos autorización, en una extraordinaria e indescriptible sincronización de intereses positivos y negativos que permiten que todas ellas prosperen y aprovechen las ventajas que unos y otros se dan. Solamente tenemos una especie que, con los mismos criterios que he expuesto anteriormente respecto a su manera de vivir en el Planeta, es decir haciendo prevalecer la fuerza, el interés económico sin otras consideraciones y la minúscula mirada del egoísmo del propio bienestar sin pensar en el futuro de todos los demás integrantes del conjunto de seres vivientes, destruye la armonía, la simbiosis y el proyecto de convivencia tan extraordinariamente concebido por esa fuerza que no sabemos nombrar, pero que parece que nos echó del Paraíso cuando fuimos capaces de desobedecer su orden de no apoderarnos de una cualidad que no nos estaba reservada a ninguno de los animales: la Ciencia del Bien y del Mal.
De esta manera y por una falta (que nos hizo mortales desde entonces), se abrieron los ojos de los hombres y fuimos como Dios, y somos el único animal sobre la Tierra que conoce el Bien y el Mal. Y hemos desarrollado las Ciencias, en nuestro efímero provecho. Contamos el tiempo en años, en vidas, en siglos, porque el ser mortales nos exige tiempos acotados a nuestras ambiciones de ser “felices” en el concepto humano. Pero no podemos comprender que el Plan Maestro de lo que llamamos Naturaleza tiene una previsión de eones para su concreción, y que lo nuestro es ridículamente pequeño.
Ray Bradbury, en sus Crónicas Marcianas, prevé un Hombre que alcanza a comprender el sentido de la Civilización desarrollada por los marcianos (que los terrestres ya habíamos exterminado por acción u omisión) y explica a su Capitán:
-“Sabían vivir con la naturaleza, comprendían a la naturaleza. No trataron de ser solo hombres y no animales……..El animal no discute la vida, vive. Su única razón es vivir la vida. Ama la vida y disfruta de ella…. Los hombres de Marte comprendieron que para sobrevivir no debían preguntarse ¿para qué vivir?  La respuesta estaba en la vida misma. Vivir era propagar la vida, la vida mejor….Renunciaron a destruirlo todo, a humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia. La ciencia entre ellos no se opuso a la belleza….
Sabias palabras y quizás premoniciones en un libro escrito en 1946 y cuya edición en castellano fue magistralmente prologada por Jorge Luis Borges.
Por todo esto no entendemos a Dios. Porque luego de traicionarlo y desobedecerlo construimos un mundo que no estaba en sus planes, y que Él tampoco comprende.
Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió su corazón.
Génesis 6, 5,6.

Somos como una especie maldita. Nos destruimos a nosotros mismos y a los demás por intereses que humillan nuestra condición humana. Somos extranjeros en nuestro propio mundo. Por este camino la destrucción de la especie humana está cerca, en tiempos de Dios. Él no hará nada para premiarnos ni para castigarnos. Nos dejará que evolucionemos con nuestras falencias y con nuestras virtudes. Si sabemos elegir con la sabiduría que robamos del Paraíso, quizás nos perdone y  prolongue en eones nuestro tiempo sobre la Tierra.
Que así sea.





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