Éramos valencianos. No sé porqué, pero había como un pacto declamatorio de la nacionalidad, algo que se guardaba en lo más profundo de cada uno de los de mi familia y que estaba allí adentro como un secreto guardado a voces.
Yo sentía que si tenía que decir que era argentino estaba diciendo una verdad que sostenían los documentos, la partida de nacimiento, la cédula de identidad con esa foto con jopo, traje de pantalón corto con corbata y los dientes para afuera, pero era como que nos mirábamos y escondíamos una pertenencia a otra secta que los demás ignoraban, pobres. Nosotros éramos valencianos.
En realidad, el hecho que mis padres fueran argentinos y mis primos también, y dos de los hermanos de papá también, no revestía la menor importancia. Como tampoco era relevante que la rama materna de la familia era gallega como la Coruña. La fuerza del sentimiento valenciano en nosotros era más fuerte que el argentino. Todo debido a que mi familia paterna procedía de Valencia, y mi abuelo era un personaje respetado dentro de la comunidad española acá y allá. Para mis primeros años, Valencia era más grande que Argentina. Y era más o menos propiedad de la familia. Mis primeros recuerdos acerca del tema están ligados con la paella. Las fiestas de los valencianos son con paella. Y no jodamos más.
La paella se hacía en casa del hermano mayor de papá, que se llamaba José, aunque nunca a nadie se le ocurrió llamarlo de otra manera que Pepe. Mi tío Pepe. No muy alto, expansivo, siempre sonriente, por supuesto hablaba con el acento español y la expresión culta de un intelectual que correspondía al primogénito de Serrano Clavero, hombre de letras, poeta, escritor, que ponía obras de teatro en el Teatro de la Comedia con gran éxito, y que ya había muerto dejando una herencia artística de la cual aún hoy nos enorgullecemos. Pero dejemos a mi abuelo y volvamos a la paella.
La paella no es una comida. Es un símbolo, un desafío, una obra de amor y de arte. La paella es Valencia, así como el asado es Argentina. Cuando nosotros hacemos un asado, todos los que invitamos a comer nos están tomando examen. Todos los varones se están midiendo con el asador. Se acercan a la parrilla, pero no mucho. Pueden hacer alguna sugerencia, siempre mal recibida por el asador, y no se les ocurre, bajo ningún punto de vista, tomar por ejemplo una tirita de asado y mirarla por abajo para ver si ya hay que darlo vuelta. Episodios de este calibre podrían reducir el índice demográfico de nuestro país por un lado y por el otro aumentar la sobrepoblación carcelaria. Es decir que el asador te puede llegar a matar.
En la paella, más allá de los sentimientos regionales, el asunto es un poco más comunitario, y se puede opinar respecto al momento de agregar los frutos de mar o el conejo. Pero también es una cosa de hombres. Las mujeres no opinan bajo pena de “joder, mujer, a ver si te ocupas de cuidar a los niños y no te metes en las cosas de los hombres!”. La paella se hace a leña, con fuego fuerte hasta que bulle y, si está bien hecha, el arroz del fondo se quema y queda pegado al fondo de la paellera. Esto es el socarret, y los valencianos mueren por él.
Y los varios que rodean la paellera, luego de cruzar opiniones de altísimo conocimiento y responsabilidad colectiva, deciden que “ya está”.
Y allí se arma la movilización: las mujeres, a poner la mesa. Manteles blancos bordados de tela gruesa, con servilletas del mismo juego, platos en cantidad suficiente y los cubiertos de la abuela.
Algunas se ponen los mantones o las mantillas o los pañuelos sobre los hombros, la dueña de casa y las más allegadas con delantales de cintura, y un cotorreo infernal con órdenes y contraórdenes para ordenar la cosa.
Y los hombres rodeando la paellera, que no es pequeña, porque tiene que dar de comer a seis familias completas, todos tratando de cumplir el rol asignado y muy envalentonados, alegres y dicharacheros por la bota de vino que ha estado circulando desde temprano y de cuyos traicioneros chorros llevan baldones púrpura en las camisas antes tan blancas. Y luego, todos a una, como Fuente ovejuna, levantan con decisión la paella – que quema como el infierno y debe estar totalmente equilibrada para su traslado exitoso, maniobra contra la que conspira el menguado contenido de la bota, y entre risas y “cuidaros, abrir paso” y “quita a ese chiquillo de en medio, coño...”, la paellera llega hasta la mesa acompañada por el aplauso de todos.
Y entonces el mayor de la familia, con todos los demás en rueda, espera hasta que el silencio permite que arranque con voz estentórea:
Para ofrendar
Nuevas glorias a España
Nuestra Región
Supo luchar,
Ya en el taller
Y en los campos resuenan
Cantos de amor,
Himnos de paz.....
El Himno a Valencia. Y todos a coro hasta terminar
Flote en los aires nuestra señera.....
Gloria a la Patria........
Viva Valencia.....
Viva!!! Viva!!! VIVA!!!
Y luego de recordar la Patria, a repartir la paella.
Y aquí mi angustia: los Hombres sirven la paella en los platos a las mujeres
¡y a los niños! Dios mío! Los Hombres luego de servir los platos nuestros, se sientan alrededor de la paellera y comen en camaradería masculina directamente de lo que ha quedado en la cazuela. Y se pelean por el socarret.
Desde muy pequeño me enteré que había una diferencia entre ser niño y comer con las mujeres en platos, y ser hombre y comer junto con mi padre, mis tíos y mis primos mayores desde la paellera. La diferencia era que los hombres saben cantar el Himno a Valencia y los niños no.
Aprendí el Himno a Valencia antes que el Himno Nacional Argentino.
Y a pesar que levanto la celeste y blanca más alto que ningún otra, si alguien me pregunta de donde soy, digo como prepeando: “ Soy Argentino..!”
E inmediatamente después si el interlocutor se confiesa Español, me sale rápidamente: ¡Nosotros somos valencianos...!
Y nunca fui a Valencia..!
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