viernes, 31 de diciembre de 2010

Mi Barrio de Flores

BARRIO DE FLORES


Barrio de Flores, lejano y mío,
Luces lejanas de algún Tramway
Que se va al Centro, buscando el Río
Por la radiante vía central
De Rivadavia, llena de luces
Y de pebetas que juntas van.

Tarde de cine en “día de damas”,
(-Te divertiste? –Sííí..!!, ¡lloré más...!!-)
Noche de murgas del Cine Flores,
En plena fiesta del Carnaval!
Té con masitas en la exclusiva
La Perla, cursi y tradicional.
Y allá en el Ember´s Club
El cuarteto
Que nos mataba con aquel jazz!!
Y el Pueyrredón, donde ví toda
La maravilla del “nouvelle vague”,
Y los billares de los Carreras,
O los de arriba del Odeón bar.
Para empilcharte tenés The Harding,
Y Lacre Rojo para enganchar,
Al lado justo del andén viejo,
Donde comienza la oscuridad.
Si te moristes andá a Tarulla,
Que despacito te va a llevar
Varela al fondo, entre el “Piñeiro”
Y la vergüenza del basural.
Y si sos pobre no te preocupes
Porque por mucho que protestés
Podés ganarle y llegar primero
Al cementerio en 83.

Barrio de Flores, si yo pudiera
Lucir de nuevo como hice ayer
Aquella Pulpo de rayas rojas
Brillante y nueva que me compré
Con treinta guitas que mis abuelos
Me regalaron alguna vez.
Allá en Varela y Laferrere,
Entre la esquina del soldador
Y el bar La Rosa donde los hombres
Se acomodaban al mostrador.
Cuando se armaban esos partidos
Justo a la siesta para joder
A la vecina que nos odiaba
Y nos decía que la cortaba
Si es que en su patio llegaba a caer.
Barrio de Flores, si yo pudiera
Volver silbando de milonguear,
Y sin miedo alguno sentarme un rato
En la placita donde escribía
De madrugada mis poesías
De chico humilde y de soledad.

Nunca en la vida te dije esto.
Porque sos duro como soy yo.
Porque hubo pibes que se murieron
Porque hubo gente que se marchó,
Porque hubo amigos que no volvieron
Y otros se fueron, como hice yo.
Porque hubo algunos que la zafamos
Y terminamos la Facultad
Y otros que hicieron de sus jotrabas
Todo un ejemplo de probidad.
Y hasta hubo alguno que la pungueaba
Y otro que se hizo cana y botón,
Y otro Carniza como su viejo
Y otro heredero del soldador.
Por eso nunca te dije nada.
Porque soy pibe de la barriada
De la otra cuadra del corralón.
Barrio querido, si yo pudiera...
Pero no puedo, que la Fulera
Me anda rastreando bajo el colchón,
Y tengo miedo que me traicione
El lado amargo del corazón;
Y tengo miedo que venga pronto
La luz del Tramway 83,
Y que no pueda decirte nunca
Lo que te quiero, mi barrio cumpa,
Porque me esperan sin esperar
Todos los reos amigos míos
Varela al fondo, lejos del río
Entre el Piñeiro, viejo y vencido
Y la vergüenza del basural.

Roberto M. Serrano

Octubre del 2009

jueves, 30 de diciembre de 2010

Noche de Reyes

Qué grande, ché!
Me metí en una página de Internet de recuerdos de Buenos Aires y me quedé colgado de los recuerdos míos.
Te acordás? me dije. Y si te acordás, porqué no lo escribís?
Porque ¿a quién le interesa, Tite? A tus hijas? A tu mujer? Les interesará a los que vienen después?
Así que me puse a pensar: de qué me acuerdo?
Y poco a poco intenté limpiar los recuerdos de los recuerdos imaginados, que es lo que sucede cuando a los recuerdos le sumás lo que vos creés que pasó después de haberlos contado algunas veces.
Hay cosas que lógicamente no me acuerdo pero que me las contaron. Por ejemplo que nací en el Centro Gallego y que mi parto fue difícil. Tan difícil que parece que les sacó las ganas a mis viejos de tener más hijos. Hay algunas cosas que no sé si son recuerdos o comentarios de las fotos que me sacaron cuando no tenía recuerdos, así que no estoy como para repetir lo que no se con seguridad. Lo primero que me acuerdo es el patio de mi casa de Flores Sur. Bueno, casa. El departamento que mis viejos alquilaron durante toda su vida, y que fue mi hogar desde siempre. Me acuerdo de ese patio de cuatro por cuatro con sillones de metal y madera de un estilo supongo que moderno para la época con una mesita que siempre fue “la mesita del patio”, y que sirvió para múltiples funciones: comer en el patio en verano y lo mismo en el invierno pero metida adentro del dormitorio de mis padres, no en el comedor, que era donde yo dormía de chico. Recuerdo como se veía el patio desde el comedor, con el sol que le entraba de arriba a la mitad de la tarde, iluminando los helechos de mi vieja, que rápidamente se corrían para protegerlos del calor que los achicharraba. Los sillones eran extraños. No recuerdo haber visto iguales nunca. Los dos costados eran círculos de caño pintados de verde con cuatro patitas que formaban ángulo. Entre los círculos se sostenían tablas de madera horizontales que formaban el armazón para sentarse, en forma semicircular. No eran demasiado cómodos y al ratito de sentarte tenías echa bolsa la arquitectura orgánica. La mesa era igual, con un cuadrado de chapa de metal sostenido sobre los círculos de caño. Los habrían comprado mis padres al casarse  o cuando se mudaron a esa casa, porque los recuerdo de entrada, y solamente cuando se pudrieron por la intemperie se los llevó mi viejo a la terraza y trajo unos silloncitos que eran más artísticos pero usados. La mesa siguió durando.
Creo que mi primer recuerdo firme es el de la noche de Reyes de 1946. En aquella época el día de Reyes era feriado. La víspera de Reyes era muy importante para todo pibe de familia con algo de guita que le pudiera comprar regalos, y yo era uno de esos afortunados. Hijo único y nieto único. Para colmo primer nieto varón en la familia de mi abuelo materno, que había tenido cuatro chancletas. Estaban todos en mi casa, haciéndose los giles y esperando que me durmiera para ponerme los regalos. Como dije, yo dormía en el comedor, al lado del dormitorio. Enero, hacía calor. Estaban mis abuelos, mis padrinos, mi tía soltera, mis viejos. Era sábado o domingo y al día siguiente no se trabajaba. De todo eso no me acuerdo pero sí me acuerdo cuando me mandaron a dormir. Me fui a la cama, creo que más temprano que de costumbre. Y me fui rajando, porque si los chicos se quedaban despiertos los Reyes no venían.
Creo que me despertó el calor. Me habían cerrado las persianas que daban al patio, entornándolas. Entre las hojas se filtraba la luz de afuera y sentía las conversaciones cuchicheadas en forma confusa. Y en eso se abrió una de las persianas despacito y entró mi abuela a buscar los zapatos que me había sacado. Yo me hice el dormido. Sin hacer ruido se los llevó y los puso en la puerta de la pieza. Luego todos, excitados y tratando de que no me despertara, fueron poniendo los innumerables regalos sobre los zapatitos medio descuajeringados de potrear.
No me acuerdo que me regalaron esos Reyes. Pero fueron los primeros y también los últimos, aunque se los oculté toda la vida

martes, 28 de diciembre de 2010

Nochebuena

Tendría cinco años y era Navidad. Mejor dicho Nochebuena, y ésta es la primer Nochebuena que me acuerdo. Como comprenderán después de lo que acabo de contar, yo ya no creía en Papá Noel ni en los Reyes, pero no decía nada por que era medio inocente, medio bobito o me convenía que los demás no se enteraran.  
Esa nochebuena por primera y única vez se festejaba en casa de mi abuelo. A ver si me explico: no me acuerdo de otra nochebuena en esa casa. En mi familia la Nochebuena se festejaba con la familia materna y año nuevo con la paterna. Pero esa nochebuena todavía mis viejos eran muy jóvenes y estaban casados hacía poco tiempo. Se había puesto la mesa en el garaje de la casa de mi abuelo, en la calle Francisco Bilbao. Había mucha gente de la que no guardo memoria. Pero seguro estaban mi madrina, Adelaida, la hermana de mamá y a la que todos llamaban Lala, y mi padrino, su esposo, amigo de papá de solteros, Eduardo Cetrángolo. También recién casados, pero sin hijos. Por supuesto, había regalos, y especialmente para mí, que era el único pibe de la familia.
No recuerdo ningún regalo más que el que me habían comprado mis padrinos, y que para que se pueda comprender la exacta dimensión habría que haber vivido con cinco años en esa época carente de todo lo que hoy es cotidiano y que ni siquiera nos damos cuenta que nos rodea, desde el celular hasta la televisión. Considerá que ni radio portátil había y todavía no había tocadiscos eléctricos.
Mis padrinos me dieron un paquetito envuelto en un papel de color plateado y brillante con una cintita alrededor. Hasta el papel era raro para la época. Cuando lo abrí no lo podía creer : era una linterna chiquitita, chata, plateada con una franjita verde alrededor esmaltada, casi me cabía en mi manito de cinco años, y ¡funcionaba con pilas! Mi primer preocupación apenas la abrí y pude recuperarme de la impresión, fue una especie de mensaje interno a mí
mismo que decía: “no gastés la pila que no se va a conseguir otra”. Por lo tanto me dediqué a sentirme como una entidad disociada. Yo quería prenderla y mirar desde debajo de la mesa hasta dentro de la alcantarilla, pero apenas la prendía un duendecito interno se tiraba de los pelos y me gritaba en la oreja: ¡Pará, pajarón, que se gasta la pila!!! Y donde íbamos a conseguir otra!! Me pareció identificar una conversación sobre este tema entre mi padrino y mi papá, en la que el primero le daba instrucciones de cómo y donde se podía comprar la (o las) pilas cuando se gastaran.
Y después vinieron los brindis, el Feliz Navidad, los besos, la sidra, el pan dulce...
Y de golpe, mi linternita había desaparecido!!!
La buscamos por todos lados. Nunca apareció.

Después de muchos años, mi mujer me preguntó un día porqué me compraba tantas linternas.  Ni yo mismo lo sabía. Y tardé en relacionar aquella noche “buena” con mi berretín. No puedo pasar delante de una vidriera con linternas.
Siempre salgo con otra más.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Valencianos

Éramos valencianos. No sé porqué, pero había como un pacto declamatorio de la nacionalidad, algo que se guardaba en lo más profundo de cada uno de los de mi familia  y que estaba allí adentro como un secreto guardado a voces.
Yo sentía que si tenía que decir que era argentino estaba diciendo una verdad que sostenían los documentos, la partida de nacimiento, la cédula de identidad con esa foto con jopo, traje de pantalón corto con corbata y los dientes para afuera, pero era como que nos mirábamos y escondíamos una pertenencia a otra secta que los demás ignoraban, pobres. Nosotros éramos valencianos.
En realidad, el hecho que mis padres fueran argentinos y mis primos también, y dos de los hermanos de papá también, no revestía la menor importancia. Como tampoco era relevante que la rama materna de la familia era gallega como la Coruña. La fuerza del sentimiento valenciano en nosotros era más fuerte que el argentino. Todo debido a que mi familia paterna procedía de Valencia, y mi abuelo era un personaje respetado dentro de la comunidad española acá y allá. Para  mis primeros años, Valencia era más grande que Argentina. Y era más o menos propiedad de la familia. Mis primeros recuerdos acerca del tema están ligados con la paella. Las fiestas de los valencianos son con paella. Y no jodamos más.
La paella se hacía en casa del hermano mayor de papá, que se llamaba José, aunque nunca a nadie se le ocurrió llamarlo de otra manera que Pepe. Mi tío Pepe. No muy alto, expansivo, siempre sonriente, por supuesto hablaba con el acento español y la expresión culta de un intelectual que correspondía al primogénito de Serrano Clavero, hombre de letras, poeta, escritor, que ponía obras de teatro en el Teatro de la Comedia con gran éxito, y que ya había muerto dejando una herencia artística de la cual aún hoy nos enorgullecemos. Pero dejemos a mi abuelo y volvamos a la paella.
La paella no es una comida. Es un símbolo, un desafío, una obra de amor y de arte. La paella es Valencia, así como el asado es Argentina. Cuando nosotros hacemos un asado, todos los que invitamos a comer nos están tomando examen. Todos los varones se están midiendo con el asador. Se acercan a la parrilla, pero no mucho. Pueden hacer alguna sugerencia, siempre mal recibida por el asador, y no se les ocurre, bajo ningún punto de vista, tomar por ejemplo una tirita de asado y mirarla por abajo para ver si ya hay que darlo vuelta. Episodios de este calibre podrían reducir el índice demográfico de nuestro país por un lado y por el otro aumentar la sobrepoblación carcelaria. Es decir que el asador te puede llegar a matar.
En la paella, más allá de los sentimientos regionales, el asunto es un poco más comunitario, y se puede opinar respecto al momento de agregar los frutos de mar o el conejo. Pero también es una cosa de hombres. Las mujeres no opinan bajo pena de “joder, mujer, a ver si te ocupas de cuidar a los niños y no te metes en las cosas de los hombres!”. La paella se hace a leña, con fuego fuerte hasta que bulle y, si está bien hecha, el arroz del fondo se quema y queda pegado al fondo de la paellera. Esto es el socarret, y los valencianos mueren por él.
Y los varios que rodean la paellera, luego de cruzar opiniones de altísimo conocimiento y responsabilidad colectiva, deciden que “ya está”.
Y allí se arma la movilización: las mujeres, a poner la mesa. Manteles blancos bordados de tela gruesa, con servilletas del mismo juego, platos en cantidad suficiente y los cubiertos de la abuela.
Algunas se ponen los mantones o las mantillas o los pañuelos sobre los hombros, la dueña de casa y las más allegadas con delantales de cintura, y un cotorreo infernal con órdenes y contraórdenes para ordenar la cosa.
Y los hombres rodeando la paellera, que no es pequeña, porque tiene que dar de comer a seis familias completas, todos tratando de cumplir el rol asignado y muy envalentonados, alegres y dicharacheros por la bota de vino que ha estado circulando desde temprano y de cuyos traicioneros chorros llevan baldones púrpura en las camisas antes tan blancas. Y luego, todos a una, como Fuente ovejuna, levantan con decisión la paella – que quema como el infierno y debe estar totalmente equilibrada para su traslado exitoso, maniobra contra la que conspira el menguado contenido de la bota, y entre risas y “cuidaros, abrir paso” y “quita a ese chiquillo de en medio, coño...”, la paellera llega hasta la mesa acompañada por el aplauso de todos.
Y entonces el mayor de la familia, con todos los demás en rueda, espera hasta que el silencio permite que arranque con voz estentórea:

                               Para ofrendar
                               Nuevas glorias a España
                               Nuestra Región
                               Supo luchar,
                               Ya en el taller
                               Y en los campos resuenan
                               Cantos de amor,
                               Himnos de paz.....


El Himno a Valencia. Y todos a coro hasta terminar

                              Flote en los aires nuestra señera.....
                              Gloria a la Patria........
                              Viva Valencia.....
                              Viva!!! Viva!!! VIVA!!!


Y luego de recordar la Patria, a repartir la paella.
Y aquí mi angustia: los Hombres sirven la paella en los platos a las mujeres
¡y a los niños!  Dios mío! Los Hombres luego de servir los platos nuestros, se sientan alrededor de la paellera y comen en camaradería masculina directamente de lo que ha quedado en la cazuela. Y se pelean por el socarret.

Desde muy pequeño me enteré que había una diferencia entre ser niño y comer con las mujeres en platos,  y ser hombre y comer junto con  mi padre, mis tíos y mis primos mayores desde la paellera. La diferencia era que los hombres saben cantar el Himno a Valencia y los niños no.
Aprendí el Himno a Valencia antes que el Himno Nacional Argentino.
Y a pesar que levanto la celeste y blanca más alto que ningún otra, si alguien me pregunta de donde soy, digo como prepeando: “ Soy Argentino..!”
E inmediatamente después si el interlocutor se confiesa Español, me sale rápidamente: ¡Nosotros somos valencianos...! 

Y nunca fui a Valencia..!

domingo, 26 de diciembre de 2010

Mar de Ajó

Un día me enteré que íbamos a ir de vacaciones. Yo nunca había ido de vacaciones a ninguna parte. Eso no era muy original, porque tampoco había escuchado que nadie se hubiera ido de vacaciones nunca. Tenía una vaga idea de un lugar llamado Mar del Plata, donde la gente iba a la playa con canastas y sombrillas y sombreros y cámaras de camión, según me parecía.
Mis padres me dijeron que el viaje sería largo. Salimos en un micro que sería difícil de explicar ahora, pero que era muy moderno para la época, en la que todavía el transporte de muchas personas se hacía en “bañadera”, que era un Ford T tamaño cachalote, sin vidrios en las ventanillas y con techo de lona.
El problema era que la mitad del camino era de tierra, y la tierra se convierte fácilmente en barro con un poquito de agua. Especialmente si cae desde arriba por un tiempo prolongado. Yo en cuanto el micro se metió en la tierra rápidamente deduje que a Mar del Plata no íbamos. Era imposible dormir en los asientos más duros que una tabla, a pesar que algunos roncaban plácidamente.
Por los costados el paisaje era el mismo desde que salimos de la capital. Bueno, siempre es el mismo en nuestro bendito país los primeros 300 o 400 Km. Pampa, pasto, vacas y algún arbolito. Y el horizonte, que creo que veía por primera vez en mi corta vida.  Ustedes me dirán que no me conformaba con nada, pero a las ocho horas de ver lo mismo ya empezaba a aburrirme un poco. Mientras tanto, el micro avanzaba trabajosamente en el barro patinando en un camino surcado por las huellas de los que habían pasado antes y de algunos que habíamos encontrado tirados al costado de la ruta esperando una yunta de bueyes o de caballos percherones que los pusieran de nuevo en el medio.
En alguna ocasión también había que bajarse a empujar, tarea reservada a los hombres, mientras las mujeres y los niños bajábamos para aligerar el peso y observábamos como nuestros parientes y los desconocidos que componían el pasaje trataban de juntar en sus pantalones, zapatillas y otras prendas la mayor cantidad de barro posible mediante revolcones, patinadas y caídas al tratar de empujar el armatoste. Luego, superado el atolladero, todos trataban infructuosamente de quitarse el barro de las zapatillas con un palito, o con el pasto de la pampa espantosamente húmeda que nos rodeaba, o con los pedazos sobresalientes de la carrocería del famoso microómnibus que nos transportaba tan indelicadamente. Y por fin, casi al amanecer, ¡El Mar!!!. Que lo parió!
¡Cuanta agua! Pensamiento original que se me ocurrió en el momento en que lo ví por primera vez, creo que disculpable porque yo era un niño de cinco años, pero que desgraciadamente se me ocurre todavía sesenta  años después cuando lo vuelvo a ver.  En realidad, he notado que cuando veo el Mar después de un tiempo, lo primero que se me ocurre es un deseo que no puedo realizar: me gustaría agarrarlo como si fuera una fuente y tomármelo a grandes sorbos. Y esto es raro, porque me sucede con el Mar y no con el Río de la Plata o con el Lago Nahuel Huapi, por lo que creo que cuando lo ví por primera vez estaría con sed.

Allí, a la orilla del mar, había que esperar algunas horas: para poder llegar a Mar de Ajó era necesario que comenzara la bajamar, para circular por la playa, ya que no había camino por adentro.
Dormimos un poco, y luego comenzamos a meternos en la arena que iba descubriendo el mar al retirarse con el destartalado micro que nos había llevado hasta allí.
Al principio no era fácil, porque el mar a veces volvía y el micro se metía en el agua hasta mitad de las ruedas, y el agua llegaba hasta los médanos donde terminaba la playa. Y la arena no era del todo firme. Pero después, a medida que bajaba el mar, iba descubriendo una playa perfecta, cada vez más ancha y que se perdía en el horizonte hasta confundirse con el mar en un punto lejano.
Enormes bandadas de gaviotas (que yo veía por primera vez) y otros pájaros menos identificables pero que tampoco había visto nunca antes, ni en las figuritas del Billiken, se asustaban al paso del armatoste y levantaban vuelo majestuosamente o ruidosamente, según el modelo, con grandes manifestaciones de disconformidad por importunarlas tan temprano. Una de las aves más impresionantes que ahora prácticamente no se encuentra, era un pájaro gigantesco que volaba parsimoniosamente y con dignidad de prócer y que los conocedores llamaban gaviotón de mar, nombre no muy original pero que le quedaba realmente bien.
Desde San Clemente del Tuyú a Mar de Ajó había casi 50 kilómetros. Por la playa. A la izquierda el mar, a la derecha los médanos, enfrente y atrás la playa, infinita, virgen y húmeda. Las huellas del armatoste en la arena. El ruido a caracoles aplastados. Y el olor. El olor a Mar. Ese olor que no tiene comparación. No es olor a pescado, no es olor a almejas. Es olor a mar. El que no lo entiende nunca lo sintió. Y el sol, levantándose del mar. Y yo con cinco años y los ojos despiertos.
Mar de Ajó. Eso es todo.
Que nadie venga a contarme las playas del Mediterráneo o del Caribe.  
Nunca hubo ni habrá otro Mar.
El Mar se llama Ajó.

Tarzán Rey de la Selva

 A la caída de la tarde, es decir hacia las cinco más o menos, especialmente los días de invierno, me sentaba a la mesa de la cocina para hacer los deberes. Tendría ocho o nueve años, y siempre hacía frío. En aquella época no había calefacción en mi casa, así que la cocina era el único lugar donde había fuego y algo de calor. A eso de las seis tomaba la leche. Café con leche, preparado con leche condensada Nestlé, que era más rica si te la comías con cucharita, pero era cara. A mí me dejaban comerla como si fuera dulce de leche, con cucharita, pero considerá que yo era hijo único, y alguna ventaja tenía. La cocina de mi casa medía más o menos un metro y medio por dos. Entre la cocina, la mesada y la mesa apenas entrábamos nosotros. Mientras mamá hacía la leche para mí y el mate para ella, se prendía la radio que se enchufaba peligrosamente en un enchufe al lado de la puerta a la altura del interruptor, pero el cable cruzaba la pileta y la radio estaba apoyada encima de la mesada de mármol. No te quiero contar la cantidad de veces que me dijeron: Guarda con la radio que patea! Para mí la cajita de baquelita era tan peligrosa como los cocodrilos que se querían morfar a Tarzán! Ah, hablando de eso: a las seis en punto en Radio Splendid, se escuchaba la musiquita que todavía llevo en el alma...! Y la voz del locutor que decía:
- ¡¡Tooddy , el alimento de todos los niños presentaaaa...!!
¡¡Tarzán, Rey de la Seeeelvaaaaa...!!!
Con Cesar Llanos -que era Tarzán-, la mina que hacía de Juana, que se llamaba Mabel Landó y Oscar Rovito como Tarzanito. Del Profesor Philander y el indio Wali no me acuerdo los actores. Y estaba un técnico que hacía los sonidos que si no me equivoco se llamaba Martín Clutet, y hacía todos los sonidos de la selva: los monos, las pisadas, a Tantor, el elefante de Tarzán, que cuando quería que caminara le decía: Ugí, Tantor!!! Se supone que ugí o como se escriba era en un dialecto africano y significaba algo así con “¡caminá, elefante pelotudo!!
Que maravilla que era todo, con los indios malos y las fieras que también eran malas y el grito de Tarzán y todos que queríamos ser Tarzanito y vivir en la selva, pero sin indios malos y sin fieras, por las dudas. Todo duraba media hora, luego de los cual había que volver a los deberes. Nuevamente el silencio, Don pedro de Mendoza y los quebrados.  Cuando ya estaba más o menos completados los deberes, guardaba los útiles y agarraba por ejemplo “El Cerebro Mágico”, que era una maravilla de la electricidad y el aprendizaje moderno para los niños, hasta que le agarrabas la mano y te avivabas que el contacto de la segunda fila cuarta línea de las preguntas prendía con la sexta fila quinta línea de las respuestas del otro lado, así que por más que cambiaras las preguntas y repuestas, había un alto porcentaje de respuestas que acertabas porque conocías a que contacto correspondía el otro. Y se prendía la lamparita. Y entonces mi vieja que ya estaba haciendo la comida y me agarraba para hacer cosas que yo odiaba para ayudarla, tales como batir huevos, pelar arvejas o pasar las milanesas por pan rallado, prendía de nuevo la radio pero sintonizaba Radio el Mundo, en 1070 KHertz, que presentaba a Blanquita Santos y Héctor Maselli en “¡¡ Qué pareja Rinsoberbia!!”, auspiciada por el jabón de lavar Rinso. Esa era una comedia que nos hacía reír (¡y en aquella época nos reíamos de cada cosa!) porque era una especie de reality de la vida cotidiana de una parejita de casados jóvenes que tenían los problemas comunes de todas las parejas, pero parece que se las arreglaban siempre para tener uno más, de esos que provocaban una conmoción interna, ya sea porque algún lío en el trabajo, o por un cuñado medio tiro al aire o cosas así hacía que intervinieran otros personajes familiares y hasta el mismo dueño de la empresa en que trabajaba el joven marido, (que se interesaba por la suerte de sus empleados siguiendo la dialéctica peronista del “capital humanizado”), y que a cada rato expresaba su preocupación diciendo: ¡ que contratiempo, che, que contratiempo..!!!, latiguillo que nos hacía reír como posesos, lo que demuestra que ¡uno se reía de cada cosa en esa época!
Y ya después era de noche, y se prendía la luz del patio porque ya estaba por llegar mi viejo del trabajo. Le conocíamos los pasos cuando entraba por el pasillo que conectaba los departamentos (o PH como le dicen ahora). La puerta estaba sin llave, Papá entraba con olor a cigarrillo –que yo odiaba-, me daba un beso a mí y a mamá, colgaba el saco y se sentaba en la otra punta de la mesita frente a mí. Bajaba el volumen de la radio, porque en ese momento ya estaba el Glostora Tango Club, y el privilegiaba conversar con nosotros de las cosas que habían pasado y/o que había leído en Crítica mientras volvía de Hobby, revista en la que era el dibujante. O nos contaba todos los problemas del trabajo, donde tenía un patrón, Don Roberto Castromán, (que parece que no había leído a Perón), que lo acosaba laboralmente. Tenía un aliado, Julio Defeo Núñez, con el que compartían las amarguras, y un enemigo jurado que era un chupamedias de los patrones que se llamaba Cima de apellido.
Mi padre era un hombre bueno, honesto, hábil, cariñoso y súper inteligente. Hijo de un hombre de letras famoso en su época, cuya biografía figura en el Espasa Calpe, y por esa línea de afinidad, extraordinariamente instruido en cultura general. Había terminado el secundario en el Colegio Internacional de Olivos, lugar donde se mandaba a los hijos de gente de plata, pero estuvo pupilo once años, porque ya mi abuelo había muerto y mi abuela... bueno, no sé. Eran otras épocas. Comenzó a estudiar odontología pero su habilidad innata para el dibujo hizo que encontrara trabajo fácilmente y además como era buen mozo lo habían relojeado para actuar en cine, porque se parecía bastante a un actor de películas de gangster que se llamaba Franchot Tone. En casa había pruebas en 36 mm. que le habían hecho para actuar. Pero la vida le cruzó a mi vieja, y se puso de novio por los próximos cincuenta años, (casamiento incluído, ojo!) pero no recuerdo otra pareja mejor formada que esa, porque compartían las cosas de los dos o aprendían a disfrutarlas por el solo placer de estar juntos.
Bueno, pero estábamos cenando en la cocina. Papá tomaba vino Garnacha Alto de Sierra, y a mí me daban un poquito con soda. En la Radio ya estaban los Pérez García, pero en realidad no me acuerdo que les diéramos mucha bola. Eran como un fondo casi musical. Pero papá tenía otras cosas interesantes que mostrar. Si el postre eran naranjas, por ejemplo, hacía cosas divertidas con las cáscaras: canastitas, caritas y muñequitos, víboras, etc. mientras mi vieja protestaba porque quería guardar la cáscara seca para el mate. Si había manzanas, había concurso de quien las pelaba sin que se rompiera la cáscara que tenía que salir entera. Si había mandarinas, fuegos artificiales con un encendedor y apretando la cáscara. Y después a dormir.
Mamá dejaba los platos para mañana y papá salía a sacar ¡el tacho de la basura!, que era una lata conseguida quien sabe adonde forrada en papel de diario y del que durante la noche un carro de caballos se encargaba de llevarse el contenido, manejado por los mismos dos basureros que todavía corren, hoy al lado del camión, y uno que manejaba. La diferencia era que había que dejar el tacho limpio en el mismo lugar para usarlo al día siguiente, así que había uno arriba de la parte de atrás del carro que vaciaba el tacho y lo devolvía a los de a pié. Y ahí dormía el tacho, al pié del plátano de la puerta, hasta la mañana siguiente en que se entraba.
Yo dormía en el comedor hasta que tuve unos catorce años. Después me mudé a la pieza de arriba, que era la habitación de servicio, al lado del lavadero y casi en la terraza.
Pero: qué frío que hacía! Minga de calefacción o de estufas. Mi viejo para facilitar que yo me desvistiera en el comedor, cerraba bien las puertas y dejaba un poquito abierta la banderola y venía con un banquito de madera de la cocina, una lata (vacía) de dulce de batata y una botellita de alcohol de quemar. Entonces, mientras yo me preparaba para desvestirme, ponía un dedo de alcohol en la lata y le prendía fuego. Casi instantáneamente la pieza se calentaba, y había que apurarse antes que se apagara para sacarse la ropa, ponerse el pijama (que papá calentaba con la fogata para que no estuviera tan frío) y meterse en la cama con la bolsa de agua caliente y la recomendación de no andarla tocando con los pies por temor a que se abriera el cierre a rosca o que se reventara. Ahí venia el hasta mañana, la luz apagada y cuando ya me entraba la modorra, el silbato lejano del tren que sabíamos que iba al matadero: el tren de las vacas, luego Avenida Perito Moreno. Me dormía con una tristeza difícil de explicar. No sé como no me hice vegetariano. Hoy todavía cuando cruzo o sobrepaso con el auto un camión que lleva ganado al matadero tengo que hacer una visera con la mano para no mirar a los ojos a las pobres vacas, que durante varios años creyeron que los Hombres eran un fenómeno, unos amigos que les daban de comer y las dejaban retozar en el campo. Lástima que no les contaron el final.
En cualquier momento me hago vegetariano.