Mar de Ajó era el paraíso. Especialmente para un chico de ocho o nueve años que vivía encerrado en un departamento de la Capital, hijo único y sin mayores amigos en los alrededores para esa época. Se me hace difícil describir esos veranos porque son como láminas o películas en colores de un lugar exótico y remoto que no hubiera existido más que en mi imaginación. Todos mis años de niñez, adolescencia y madurez están ligados a Mar de Ajó, al que he visto crecer y transformarse, a veces para bien, y muchas para mal. (Creo que Mar de Ajó podría decir lo mismo de mi)
Pero déjenme que les cuente. El plano de Mar de Ajó era una utopía difícil de entender cuando uno miraba el esquema de la urbanización, con calles perfectas y cuadriculadas, con diagonales que se perdían como a diez cuadras del mar, y lo que uno veía cuando levantaba la vista del planito: como el desierto del Sahara pero con mas arena. Se suponía que había una calle que continuaba la ruta (la ruta era ese barrial intransitable apenas llovían cuatro gotas) y que desembocaba en el mar y que se llamaba- se llama- Avenida San Martín.
Esa Avenida dividía Mar de Ajo Norte de Mar de Ajó Sur.
Y la fracción sur iba desapareciendo de a poco hasta llegar a un lugar donde no había más que arena y médanos y que pomposamente se llamaba Parque General Lavalle. El dichoso parque tenía como diez cuadras de largo y ninguna edificación o señalización de nada. Obvio que tampoco ninguna luz, así que era un espacio vacío de gente y lleno de médanos y tamariscos (o tamarindos, que no sé como se llaman esos arbolitos medio matorrales que eran los únicos capaces de soportar los vientos del mar y agarrarse a la arena como una garrapata). Y después de eso, hacia el Sur, unas pequeñas casas que fueron las primeras de toda la zona, especialmente una, que todavía se conserva y tiene forma de barco, y que pertenecía al General Rocco, fundador de Mar de Ajó, sobre la calle Torino entre H. Yrigoyen y Belgrano. En la misma manzana, estaba edificada una casa de departamentos de alquiler, que se llamaba Villa Picena. Pero entendámonos: ninguna cosa que ustedes pudieran interpretar por “casa de departamentos” puede asemejarse a lo que era Villa Picena. Déjenme que se la describa: En una planta cuadrada edificada con ladrillos de conchilla, que era lo único que se conseguía como material de construcción en Mar de Ajó, había cuatro departamentos de planta baja, cada uno con la puerta de entrada dirigida a cada punto cardinal. Arriba, subiendo la escalera, una piecita con baño y una cocina de madera bastante precaria pero espaciosa y con una mesa grande, como para comer varios. Y una terraza, uso exclusivo del “depto.” de arriba. Pero también “de arriba” era el espectáculo: desde allí se veía el mar y los médanos hasta la playa, y el horizonte y como decía mi viejo hasta África, y si te fijabas bien capaz que veías una jirafa asomando la cabeza por el horizonte.
Arriba de la piecita había un tanque de agua en el que habían escrito Villa Picena, para que nadie se confundiera.
El que había nacido en Picena, me imagino, debía ser el dueño del edificio, un personaje tan especial que era en sí mismo una anécdota: Don Batistelli. Como decía antes, posiblemente fuera de Potenza Picena, pero seguramente que era de Italia porque no hablaba una palabra en castellano. Hablaba esa mezcla de español/italiano/dialecto que nosotros conocemos como “cocoliche”, y no se le entendía ni medio. Pero a pesar de la patente italiana, venía vestido con: Bombacha de campo abotonada en el tobillo, camisa de manga larga, faja de cintura, alpargatas y boina!! Y anteojos medio culo de botella! Además manejaba un auto que supongo que era un Lancia de doce cilindros en línea para desplazarse por esas calles apenas trazadas y, que para asegurar un mínimo de transitabilidad, el municipio las empajaba, es decir cortaba paja de los pajonales y la tiraba encima de la arena de la calle, y que pasara el que pudiera. El que pudiera era decir hasta donde pudiera, porque el que más el que menos tenía que parar (obligado) varias veces en su periplo porque se hundía en la arena hasta la maza de las ruedas cada dos o tres cuadras. Pero no importaba, porque el deporte nacional promocionado por la Comisión de Turismo era que los veraneantes se divirtieran jugando a sacar los autos enterrados en la arena, empujando entre todos, padres, madres y niños, y porque no, hasta alguna abuela.
En ese contexto, Don Batistelli llegaba todas las tardes para encender el grupo electrógeno que nos iba a iluminar desde las ocho hasta las once o doce de la noche, porque fuera de ese horario había luz de sol y ¿para que podíamos querer electricidad?, que joder!
Desde que mis viejos descubrieron ese lugar en el mapa, inmediatamente otros grupos de exploradores tan descerebrados como ellos se pusieron en marcha hacia las coordenadas indicadas. Porque hay que reconocer que irse a veranear a una playa a más de 300 km. de Buenos Aires, sin ruta, sin calles, sin asfalto, sin electricidad, sin bañeros y sin otra cosa más que las ganas de ser felices, era para personas de poco cerebro y gran corazón. Entre esa manga de locos se contaba la Familia Sierra. Para describir a la familia Sierra me tengo que tomar un tiempito, así que sepan disculpar: el matrimonio estaba compuesto por mi “tío” Fernando y mi “tía” Nelly, los que tenían dos hijas: Noemí y Susana, “mis primas”. Todas las comillas son necesarias para explicar que no éramos estrictamente parientes, sino que las familias eran más amigas de lo que es habitualmente, y constituían una prueba irrefutable de que los parientes se aguantan y los amigos se eligen, porque evidentemente mis viejos habían elegido bien.
Mi tío Fernando era despachante de aduana, y vivían en Flores Sur, en la calle Varela 1155, (TE 66-5991) igual que nosotros, pero a cinco cuadras, después de Avenida del Trabajo. Era un flaco alto de carácter alegre y jodón, que se divertía con las bromas de mi viejo, igual que todos nosotros. Mi tía Nelly, Mamá Nelly para todos, era exactamente la encarnación de un ángel sobre la tierra, pero rechonchita y gordita, más buena que cualquier otra persona que yo hubiera conocido, y me parece que tenía cierta debilidad por mí al no tener hijos varones. Además cocinaba como para aumentar 30 kilos en tres meses si ibas todos los días a comer. ¡¡Nunca habrá nada bajo la tapa de una olla ni en treinta mil años o hasta que el mundo se destruya en diciembre del 2012 como los causunes de mi tía Nelly!!! Dicho lo cual firmo al pié y después el escribano, y pongo la huella digitopulgar derecha, doy fé, etc.
Y mis primitas, mayores que yo un par de años, mas o menos. Noemí, Profesora de piano y Susana, profesora de ternura. Noe era bonita como una estampita pero con una carita de pícara que no te cuento y Susana con unos ojos tan grandes que creo que fue mi viejo el que le puso “puro ojo”. Este grupo de chiflados (me refiero a las dos familias, menos yo que era el único cuerdo) nos desplazábamos a Villa Picena generalmente por un mes, de enero o de febrero, a pasar las vacaciones.
Una vez instalados, había que ir a la playa, porque sino para qué habíamos ido? Agarrábamos todos los cachivaches que se acostumbra llevar a la playa aún hoy, pero hay que tomar en consideración que en esa época y en ese lugar había algunos faltantes. Por ejemplo un lugar adonde guarecerse del sol, porque lo del agujero de ozono es un peligro japonés hoy en día, pero entonces, sin agujero, sin carpa y sin bronceador, yo volvía el primer día como el Chapulín Colorado y además con fiebre. Para llegar a la playa desde los departamentos había que caminar dos cuadras de médanos en los que te hundías en la arena seca hasta los tobillos con unas zapatillas Pampero que se te llenaban de tan simpático elemento en los dos primeros metros de excursión, y olvidate de sentarte para sacártela porque la arena estaba a una temperatura tal que si te sentabas probablemente no te podrías sentar en los próximos dos meses a partir de esa fecha. Así que a correr hasta la playa adonde la arena estaba más mojada y más fresca, o hasta llegar a la sombra protectora de un tamarisco, si es que te podías poner abajo, ya que son medio rastreros y no tienen intenciones de facilitar tu comodidad a costa de su supervivencia en ese medio inhóspito.
Pero allí estaba la playa! 35 kilómetros para cada lado de una banda de arena inmaculada corriendo de norte a sur de manera casi perfecta y de 200 metros de ancho. El sol sale en Mar de Ajó exactamente frente a tus narices, porque mira hacia el este, como si la costa la hubieran dibujado con un tiralíneas. Hasta el horizonte de ambos lados: !Playa! Pájaros, olas, almejas, pesca, y... ¡nadie más que nosotros! Algunos otros ocupantes de los restantes departamentos aparecían por la playa y, a pesar de las decenas de kilómetros vacíos, se quedaban a algunos metros. La soledad intimidaba y nos aproximaba unos a otros, por las dudas.
Mamá Nelly se volvía y cocinaba (¡gracias a Dios!) al mediodía, así que arrastrábamos todo de nuevo y nos sentábamos a la mesa de algún departamento de abajo (nosotros estamos en la piecita de arriba) y almorzábamos como si en vez de venir de la playa viniéramos de Biafra.
Luego la siesta (y el aburrimiento para los chicos), más playa a la tarde y volver a acicalarse para cenar. Por supuesto que para bañarse ¡minga de agua caliente! Metéte de golpe que te acostumbrás en seguida. Sobre todo si el traje de Chapulín lo tenés pintado a fuego encima. Y después de cenar podían pasar varias cosas. Mi viejo, que era capaz de hacer canastitas, viboritas y otras artesanías con una cáscara de mandarina, te imaginás si le dejaban a mano una sandía. Me acuerdo que una vez vació una y le hizo los agujeros de los ojos y la boca con dientes, le metió una vela adentro y la puso al fondo de los departamentos en la noche cerrada. Después de haber salido inocentemente a tomar fresco y encontrarte con el fantasma de luz vacilante al fin del pasillo en medio de la noche, las peliculas de Freddy parecen de Walt Disney! Y si no vayan a preguntarle a Noe y a Susanita, que se quedaban afónicas de pegar alaridos, mezcla de miedo y armar quilombo! Y si llovía (algunas veces llovía, igual que ahora, y no era por el calentamiento global sino por el recalentamiento local, creo) cosa que agradecíamos porque después de una semana de playa como la que te conté te empezaba a parecer una pequeña tortura no tener descanso, entonces la farra era en la cocina de la terraza. Desde las tortas fritas y otras menudencias hasta un juego que papá había rescatado de no se donde y que se llamaba El Enano Amarillo, vaya a saber uno porqué, que se jugaba con cartas y nos hacía llorar de la risa, o las cartas rusas, en las que cada uno dibuja la cabeza de un animal, la oculta doblando hasta el inicio del cuello, se la pasa al siguiente y éste dibuja un cuerpo del animal que se le ocurre, lo dobla y lo pasa, hasta que se dibujan las patas. Luego de terminado se la pasa al siguiente y se abre, con lo que uno recibe una figura de un bicho con cabeza de águila, cogote de jirafa, cuerpo de chancho y patas de rinoceronte, lo que despierta la imaginación de los niños.
Así pasaban las vacaciones inocentes y sanas de unas familias de clase media baja. Y todavía faltaba el viaje de regreso (acuérdense de la ruta) Tio Fernando tenía un auto – debía ser un Chevrolet o Ford 37 más o menos – de esos con los que Oscar Gálvez podía correr Turismo de Carretera y llegar primero cruzando ríos, montañas y otras molestias geográficas, pero que no podían competir con la ruta a Mar de Ajó. Llenábamos el auto de todos los cachivaches que habíamos llevado más los que habíamos juntado los chicos, como miles de caracolitos de playa, con y sin agujerito, mas piedritas raras, caracoles de tamaño importante, y porqué no varias decenas de plumerillos que las damas habían cortado para llevar. Además de cuatro adultos y tres chicos, las canastas de comida, fruta, agua, etc. En el último viaje que me acuerdo se venía la tormenta y Fernando quería adelantar camino. No quería parar porque me imagino que quería llegar al asfalto antes de las cuatro gotas que trasmutaban la tierra en barro impasable. Y los chicos teníamos hambre. Creo que nunca tuve tanta hambre en mi vida. Y Fernando que decía: ¡Ya paramos, ya paramos! En aquel montecito que se vé al fondo! Y todos mirábamos acercarse el montecito y ya se nos hacía agua la boca pensando en los sánguches de milanesa que había hecho Mamá Nelly, y cuando llegábamos al montecito......este tío degenerado pasaba de largo y señalaba otro montecito a 5 km. de distancia y decía: ¡aquél es mejor, vamos a parar en ese..!!!
Lo hizo como tres o cuatro veces, y los chicos ya llorábamos de hambre, hasta que papá se puso firme y le gritó: ¡ Pará, padre desnaturalizado...!!! Nos causó tanta risa a todos que hasta Fernando se resignó a parar, pero porque el fantasma de la lluvia ya se había alejado.
Escribo estas cosas y a veces tengo que parar un poco para sonreír y otro poco para secarme los ojos. ¿Como se podía ser tan inocente, tan aventurero, tan confiado en la suerte, con tan pocos berretines y con tantas ganas de vivir!
Mar de Ajó. Allí nos llevó el destino y allí seguimos yendo, año tras año. Ya no hay almejas, ya no hay pesca, las calles están asfaltadas y no hay que empujar más autos encajados en la arena.
Pero si te levantás bien temprano y te parás frente al mar, con los primeros rayos del sol que va asomando la melena desde el fondo del océano, podés volver a ver la playa, virgen y húmeda, hasta donde se pierde la vista al norte y al sur. Y si te esforzás un poquito y todavía ves de lejos, por ahí vas a ver la cabeza de una jirafa que se estira desde Africa para mirarte con los ojos grandotes y abiertos.
Todo es cuestión de creer. Y de estar en Mar de Ajó, diría mi viejo, caña en mano y cara al viento en el frío de la mañana.