lunes, 31 de enero de 2011

Uno se pregunta a veces

Uno se pregunta a veces si es válido ponerse a escribir sobre cosas que se vivían a diario como si fueran las más simples del mundo, y que hoy vistas desde este presente que nos resulta tan difícil comprender, parecen tan ingenuas y tan poco relevantes, que da vergüenza por ahí ponerlas en blanco y negro.
Uno también se pregunta: ¿a quién le puede importar? ¿Para que me voy a poner a escribir sobre cosas que a pesar de que están presentes y no se han borrado, no van a servir de ejemplo ni de cosa de respeto, sino solamente de motivo para una sonrisita de burla y porqué no, de descalificación?
Porque uno también a veces se pregunta si todo esto que vivíamos como tan natural era mejor que lo que tenemos ahora.
Aunque uno sabe que, en el fondo de la cosa, aquello era realmente lo correcto.
A ver: yo vivía en Flores Sur, en un barrio de laburantes sin grupo, porque vivir sin trabajar no se conocía. No había subsidios al desempleo, y el que no laburaba era mal, pero muy mal visto. Ya de por sí el que no laburaba era apartado, menospreciado. Y no lo digo por aquel que se había quedado sin laburo y buscaba otro. Lo digo del que no había laburado nunca que se supiera. Porque no había berretines respecto al laburo. El trabajo era trabajo, y se hacía el que uno conseguía. Y si no gustaba, se hacía mientras se trataba de encontrar otro mejor. Y si no se encontraba otro mejor, y la guita no alcanzaba para parar la olla y mandar los pibes al colegio, abrigaditos en invierno y bolsita de alcanfor al cuello incluída, se buscaba un segundo laburo, aunque hubiera que dormir menos. En todos los niveles de la vida. Había que honrar el trabajo, porque el trabajo dignifica. Yo tuve la suerte de poder estudiar porque me bancó mi viejo que era dibujante y  que se iba a trabajar al mediodía al centro y volvía a las 9 de la noche, comía y seguía laburando en casa. Yo me dormía con la única lucecita que iluminaba la penumbra de la casa mientras mi viejo dibujaba en el dormitorio en una mesita y mi vieja yo dormíamos, y muchas veces me despertaba con mi viejo dibujando ya con luz de día. Y nunca jamás se quejó de nada ni de nadie por su sacrificio que mantenía a su familia con dignidad. Y encima te bajaba línea para que no te fueras a confundir. Un día me dijo: “es mejor ir por la calle en bicicleta saludando a todo el mundo que ir en Mercedes Benz con los vidrios oscuros para que nadie te  pueda reconocer porque sino te putean”. El sabía la diferencia entre trabajar y chorear. Y no me digan que hoy la saben todos, porque sino no estaríamos como estamos y el polarizado de los vidrios de los autos posiblemente no sería negocio.
Y siempre con la risa a flor del alma y la voluntad de ayudar a flor del corazón. Nadie vino nunca a mi casa a buscar ayuda y se fue con las manos vacías y con el estómago con hambre. Y cuando digo nunca me refiero a mi casa de soltero y a mi casa de casado, que yo aprendí muy bien lo que me habían enseñado y mi mujer lo traía
Incorporado desde su infancia igual que yo por otra familia igual a la mía, a la tuya, a la de todos. Otra familia de laburantes.
Por eso mientras hoy veo por televisión a una cantidad de gente que corta el Puente Pueyrredón para que no se pueda pasar y de allí para que les den bola y les asignen planes de ayuda porque no tienen trabajo (y los planes de ayuda se los morfan los políticos, sindicalistas, punteros, acomodados, corruptos, vendidos, traidores, etc),  y tienen que ir a exponerse con mujeres y niños y bebés , ellos que si hubieran nacido en mi época se hubieran conseguido un trabajo y luego un segundo trabajo si no les alcanzaba con el primero, para que todos esos purretes hubieran ido dignamente al colegio con la panza llena y las vacunas al día, y no puedo menos que preguntarme si realmente valió la pena todos estos años de “progreso” y de democracia vacía de contenidos y llena de ladrones que se burlaron de mí, de mi viejo, de vos, de todos nosotros que sin una queja y con la risa y la solidaridad a flor de piel, laburamos  mientras podemos y seguimos andando en bicicleta por la vida, sin vidrios polarizados.
No bajemos los brazos. Sigamos peleando por algo mejor.

sábado, 29 de enero de 2011

Al Cementerio en 83

Mi barrio era un barrio como todos. Mi calle era una calle ancha y larga que terminaba en el Cementerio de Flores y el Hospital Piñero,  donde se acababa el asfalto y seguía de tierra hacia algunos otros lugares más marginales, especialmente el basural del bajo Flores, donde volcaban la basura de los carros que la recogían.
Yo vivía en la otra cuadra del Corralón Municipal, donde se guardaban esos carros. Por la puerta de mi casa pasaba el tranvía (el Tramway) 83, que iba desde el Cementerio de Flores a Villa del Parque, a Nogoyá y Cuenca. Creo que todavía está la vuelta que debía hacer para volver, atrás del anexo de Racing de Villa del Parque, para agarrar de nuevo Nogoyá y luego Nazca derecho hasta Flores. Doblaba en Rivadavia hasta Varela, que era la de mi casa, y de allí al Cementerio derechito.
El barrio era inimaginable sin el tranvía. Recuerdo las noches de verano en mi piecita de arriba, estudiando mis materias de Medicina y otro rato escribiendo, y en medio del silencio de la noche comenzar a escuchar a lo lejos el trepidar del tranvía. Se escuchaba desde varias cuadras como venía acelerando y como desaceleraba al llegar a la parada, que era una gran columna en la esquina de Varela y Bilbao, con un brazo a tres metros de altura desde donde colgaba el cartel octogonal amarillo con el número 83 en negro, balanceándose en el viento nocturno. Pero después de las diez de la noche o en los días de lluvia te paraba en todas las esquinas si querías.  Y cuando se alejaba podías imaginártelo como en la poesía de Baldomero: ... y en la punta del trole una estrellita...! Porque para los no iniciados, o sea para los que se perdieron la época de los tranvías, hay que aclarar que para que funcionaran, la electricidad que alimentaba el motor eléctrico que llevaban bajaba a través del Troley, que era una antena larga conductora, y que hacía contacto con un cable de cobre que formaba parte del tendido eléctrico aéreo que cruzaba toda la ciudad por encima de las vías. (Ecológico, no?) Cuando el troley (o trole, como decíamos todos) llegaba a los lugares donde había un empalme de los cables de conducción, se producía una falta de contacto momentánea entre el cable en que venía y el que lo continuaba, y en ese momento se producía un chispazo de color azul e inclusive las luces internas del Tramway se debilitaban o apagaban por un segundo, creando cierta sensación de desamparo o de ingravidez. Digo, que se yo...! Y yo que tuve suerte, porque cuando me fui a La Plata a estudiar, allá todavía había tranvías, aunque eran en general de modelos mucho más viejos y hasta destartalados que los que yo conocía en Buenos Aires. Pero de cualquier modo me prolongaron el cariño hacia esos bondis hasta casi recibirme. Mentira: el cariño lo tengo intacto. Lo que no tengo más son tranvías.

Sentado en la silla mi bisabuelo, Juan Gigirey. A la  derecha y sacando pecho, mi abuelo, Manuel Gigirey.
Compañía Anglo Argentina de Tranvías

miércoles, 26 de enero de 2011

Zamba para el Abuelo ausente

Desde una tarde abierta al sol
y al horizonte,
La guitarra se fue tejiendo arpegios
Y se calló, cansada.

Crepúsculo de todas las mañanas,
La noche se hizo un puño y se cerró.

Usted dirá, quizás le extrañe un poco
El porqué recordarlo en este tiempo...
Y a lo mejor también me crea un flojo
Porque traigo los ojos empañados de viento.

Sobre la noche gris
va mi guitarra
tejiéndole un responso de silencios

Yo le decía Tata, si se acuerda,
Por no decirle simplemente abuelo.
Le conocí una vez, cuando era niño,
Cuando ya comenzaba a hacerse viejo.

Recuerdo una mañana, allá en los años
Caminando de su mano bajo el cielo,
O más allá, ya casi junto al campo
Los dos farol en mano y noche adentro.

Y recuerdo también la madrugada
De un otoño avanzado en el invierno;
Su mano, florecida en la guitarra
Se apretó con mi mano en un esfuerzo
Como queriendo traspasarme un poco
De la nostalgia de todos sus rasgueos.

Salí al jardín, para mirar el día,
Y el  “jazmín del páis” me preguntó en silencio:
¿y el abuelo que siempre me regaba...?
...y tuve que decirle que había muerto.

¡Que espacio grande me dejó en la vida
Que hoy trato de llenar con su recuerdo!

Eduardo y yo tenemos su guitarra
Y callos en la punta de los dedos.
Quizás el tiempo florezca nuestras manos
Como en las suyas germinaba arpegios.

Eduardo y yo tenemos su guitarra.
La guitarra de Tata, como aún le llamamos,
Por no decirle simplemente abuelo!

domingo, 16 de enero de 2011

Caminando de su mano bajo el cielo

Mi abuelo materno se llamaba Manuel Gigirey. Un hombre grandote, de espaldas anchas, que imponía con su presencia una mezcla de afecto, respeto y, para mí, de admiración y cariño sereno y reposado.
Había tenido una carrera en la famosa Anglo, y estaba jubilado cuando yo lo
“conocí”, es decir desde cuando mis primeros recuerdos se abren paso en mi memoria y puedo identificarlo separadamente de los demás. (Para aclarar debo decir que la Anglo era la Compañía Anglo Argentina de Tramways, luego captada por la Corporación Argentina de Transportes, que englobó a todas las líneas de tranvías de Buenos Aires).
Para todo el mundo era Don Manolo, hijo de gallegos, expansivo, locuaz y excelente intérprete y compositor de guitarra. Junto con sus hermanos (mis tíos abuelos) Alfredo y Juan componían un conjunto folklórico que había trabajado en los primeros años de la Radio, en una emisora llamada Radio Cultura, interpretando composiciones gauchescas propias y ajenas, de manera brillante. Mi abuelo y Alfredo eran guitarristas realmente extraordinarios, y Juan acompañaba y, cuando lo dejaban, recitaba poesías gauchescas con un talento incomparable que hacía llorar a cualquiera de pelo en pecho con esas obras de Cavilla Sinclair o Yamandú Rodriguez. Así que una fiesta en la casa de mi abuelo era una sesión “unplugged”  asegurada.
Mis abuelos vivían en un “petit hotel” de la calle Francisco Bilbao entre Mariano Acosta y Martinez Castro. El frente , de granito rojo, todavía se mantiene incólume hoy día. Entre el garaje y un patio andaluz que aseguraba, un pulmón interno de aire y luz, se interponía una mampara divisoria de tres cuerpos, y que era íntegramente un vítreaux que representaba un glorioso papagayo de colores alucinantes parado en una rama en medio de la selva. Y no es exageración: debía medir como cuatro metros de largo por dos de altura.  Era realmente espectacular. 
Desde esa casa mi abuelo pasaba creo que con alegría pero con aburrimiento ( igual que todos los hombres jubilados que han desempeñado funciones de cargo en su vida) sus días de retiro. Yo tenía cinco años y ocasionalmente me quedaba a pasar unos días en su casa. Me imagino que para huir de mi abuela Otilia, mi abuelo organizaba salidas casi diarias para caminar hasta el parque Avellaneda, a unas tres cuadras de allí. En esa zona la calle Bilbao  tiene boulevard, y luego de dejarme acondicionar convenientemente por mi abuela, allá me iba con mi abuelo de la mano rumbo hacia la aventura del parque, por el medio de la calle. En esa época el Parque Avellaneda era algo distinto al de ahora. Por empezar, la zona era medio inhóspita en las zonas que habían sido preparadas para parque. En toda la porción que da sobre la calle Directorio la cosa funcionaba bien. El enorme trazado del parque se podía recorrer en un trencito de trocha angosta con una locomotora minúscula que tenía hasta un pito de tren, porque la mayoría de los paseantes no le daba bola a la formación liliputiense y seguían caminando por las vías, que dicho sea de paso estaban colocadas en forma no muy bien pensada y cortaban las calles internas, los lugares para sentarse y acampar un rato, etc. Así que si no sabías que había un tren, se te aparecía de pronto y tenías que correrte de manera intempestiva para dejarlo pasar. El sector de los juegos de niños era realmente espectacular, y estaba dividido en sectores para edades diferentes. En el que estaba destinado a los chicos mayores, tenía toboganes TAN  altos que lo tenías que pensar dos veces para tirarte. Había hamacas de todo tipo y calesitas de las que se empujan, sube y bajas enormes, y otras cosas por el estilo, como lugares para gimnasia en aparatos y cosas parecidas. Y aunque no me lo crean, dentro de un edificio clavado en esa zona del parque, una pileta de natación cubierta gratuita.
Como la pileta estaba sobreelevada para que el vaciado fuera pasivo, para llegar a las puertas enormes por donde se entraba al edificio había que subir como cinco metros de escalones de una escalera que ocupaba todo el frente, como en un templo pagano. No se si todavía se conserva, porque a veces uno tiene miedo de volver y de lo que se puede llegar a encontrar. Mejor dejémoslo así. Pero mi abuelo no iba solamente a caminar y tomar aire: tenía dos períodos de recolección de elementos según la temporada climática: en otoño, recoger los frutos o las bayas del eucalipto, porque se venía el invierno y las estufas que eran a querosén daban un olor desagradable,  por lo que se les ponía encima un recipiente con agua con esas bayas para que perfumaran el ambiente al hervir. Pero en temporada de verano, mi abuelo, a quien yo llamaba Tata, zarpaba de su casa con la intención de juntar ¡mastuerzo!  Ustedes dirán, con esa sencillez y discreción que los caracteriza: ¿LO QUÉ??  Que es lo mismo que yo me pregunté la primera vez. Hasta que ví lo que era: una planta rastrera y comestible que crecía de manera silvestre ( coronopus dídimus).
Esta plantita, tan monona, crece por todas partes, tiene ciertas propiedades medicinales y solamente tenés que tener cuidado en recogerlas en lugares más o menos resguardados donde no vayan perros ni gatos.  Tiene un gusto ligeramente picante, tipo rúcula, y antes de comerla la tenés que dejar un rato en agua con vinagre.


Mi abuelo tenía junados los mejores lugares, que estaban frente al parque, donde ahora hay decenas de monoblocs de departamentos, y antes era un terreno cercado donde funcionaba algo así como un club donde los jubilados jugaban a las bochas. A veces se paraba un ratito para ver un partido, y me parece que le hubiera gustado jugar, pero venía apretado de horarios porque iba conmigo y me tenía que llevar de vuelta a almorzar, a comer la ensalada de mastuerzo que estábamos llevando.  El volver se me hacía difícil porque estaba cansado, pero era barranca abajo hasta Mariano Acosta. Nunca conocí a otra persona que hubiera juntado y comido mastuerzo, y yo tampoco volví a comerlo desde esa edad porque mi abuelo poco después se mudó lejos, a Morón, tratando de olvidar ese barrio en el que también vivía su hija Lala, mi madrina, que murió al dar a luz. Pero todavía me acuerdo del gusto del mastuerzo, de las mañanas claras de verano y de la pequeña aventura de mi niñez acompañando a mi abuelo Manuel, con la vida recién estrenada y los ojos nuevos, caminando de su mano bajo el cielo.

lunes, 10 de enero de 2011

Villa Picena

 Mar de Ajó era el paraíso. Especialmente para un chico de ocho o nueve años que vivía encerrado en un departamento de la Capital, hijo único y sin mayores amigos en los alrededores para esa época. Se me hace difícil describir esos veranos porque son como láminas o películas en colores de un lugar exótico y remoto que no hubiera existido más que en mi imaginación. Todos mis años de niñez, adolescencia y madurez están ligados a Mar de Ajó, al que he visto crecer y transformarse, a veces para bien, y muchas para mal. (Creo que Mar de Ajó podría decir lo mismo de mi)
Pero déjenme que les cuente. El plano de Mar de Ajó era una utopía difícil de entender cuando uno miraba el esquema de la urbanización, con calles perfectas y cuadriculadas, con diagonales que se perdían como a diez cuadras del mar, y lo que uno veía cuando levantaba la vista del planito: como el desierto del Sahara pero con mas arena. Se suponía que había una calle que continuaba la ruta (la ruta era ese barrial intransitable apenas llovían cuatro gotas) y que desembocaba en el mar y que se llamaba- se llama- Avenida San Martín.
Esa Avenida dividía Mar de Ajo Norte de Mar de Ajó Sur.
Y la fracción sur iba desapareciendo de a poco hasta llegar a un lugar donde no había más que arena y médanos y que pomposamente se llamaba Parque General Lavalle. El dichoso parque tenía como diez cuadras de largo y ninguna edificación o señalización de nada. Obvio que tampoco ninguna luz, así que era un espacio vacío de gente y lleno de médanos y tamariscos (o tamarindos, que no sé como se llaman esos arbolitos medio matorrales que eran los únicos capaces de soportar los vientos del mar y agarrarse a la arena como una garrapata). Y después de eso, hacia el Sur, unas pequeñas casas que fueron las primeras de toda la zona, especialmente una, que todavía se conserva y tiene forma de barco, y que pertenecía al General Rocco, fundador de Mar de Ajó, sobre la calle Torino entre H. Yrigoyen y Belgrano. En la misma manzana, estaba edificada una casa de departamentos de alquiler, que se llamaba Villa Picena. Pero entendámonos: ninguna cosa que ustedes pudieran interpretar por “casa de departamentos” puede asemejarse a lo que era Villa Picena. Déjenme que se la describa: En una planta cuadrada edificada con ladrillos de conchilla, que era lo único que se conseguía como material de construcción en Mar de Ajó, había cuatro departamentos de planta baja, cada uno con la puerta de entrada dirigida a cada punto cardinal. Arriba, subiendo la escalera, una piecita con baño y una cocina de madera bastante precaria pero espaciosa y con una mesa grande, como para comer varios. Y una terraza, uso exclusivo del “depto.” de arriba. Pero también “de arriba” era el espectáculo: desde allí se veía el mar y los médanos hasta la playa, y el horizonte y como decía mi viejo hasta África, y si te fijabas bien capaz que veías una jirafa asomando la cabeza por el horizonte.
Arriba de la piecita había un tanque de agua en el que habían escrito Villa Picena, para que nadie se confundiera.
El que había nacido en Picena, me imagino, debía ser el dueño del edificio, un personaje tan especial que era en sí mismo una anécdota: Don Batistelli. Como decía antes, posiblemente fuera de Potenza Picena, pero seguramente que era de Italia porque no hablaba una palabra en castellano. Hablaba esa mezcla de español/italiano/dialecto que nosotros conocemos como “cocoliche”, y no se le entendía ni medio. Pero  a pesar de la patente italiana, venía vestido con: Bombacha de campo abotonada en el tobillo, camisa de manga larga, faja de cintura, alpargatas y boina!!  Y anteojos medio culo de botella! Además manejaba un auto que supongo que era un Lancia de doce cilindros en línea para desplazarse por esas calles apenas trazadas y, que para asegurar un mínimo de transitabilidad, el municipio las empajaba, es decir cortaba paja de los pajonales y la tiraba encima de la arena de la calle, y que pasara el que pudiera. El que pudiera era decir hasta donde pudiera, porque el que más el que menos tenía que parar (obligado) varias veces en su periplo porque se hundía en la arena hasta la maza de las ruedas cada dos o tres cuadras. Pero no importaba, porque el deporte nacional promocionado por la Comisión de Turismo era que los veraneantes se divirtieran jugando a sacar los autos enterrados en la arena, empujando entre todos, padres, madres y niños, y porque no, hasta alguna abuela.
En ese contexto, Don Batistelli llegaba todas las tardes para encender el grupo electrógeno que nos iba a iluminar desde las ocho hasta las once o doce de la noche, porque fuera de ese horario había luz de sol y ¿para que podíamos querer electricidad?, que joder!
Desde que mis viejos descubrieron ese lugar en el mapa, inmediatamente otros grupos de exploradores tan descerebrados como ellos se pusieron en marcha hacia las coordenadas indicadas. Porque hay que reconocer que irse a veranear a una playa a más de 300 km. de Buenos Aires, sin ruta, sin calles, sin asfalto, sin electricidad, sin bañeros y sin otra cosa más que las ganas de ser felices, era para personas de poco cerebro y gran corazón. Entre esa manga de locos se contaba la Familia Sierra. Para describir a la familia Sierra me tengo que tomar un tiempito, así que sepan disculpar: el matrimonio estaba compuesto por mi “tío” Fernando y mi “tía” Nelly, los que tenían dos hijas: Noemí y Susana, “mis primas”. Todas las comillas son necesarias para explicar que no éramos estrictamente parientes, sino que las familias eran más amigas de lo que es habitualmente, y constituían una prueba irrefutable de que los parientes se aguantan y los amigos se eligen, porque evidentemente mis viejos habían elegido bien.
Mi tío Fernando era despachante de aduana, y vivían en Flores Sur, en  la calle Varela 1155, (TE 66-5991) igual que nosotros, pero a cinco cuadras, después de Avenida del Trabajo. Era un flaco alto de carácter alegre y jodón, que se divertía con las bromas de mi viejo, igual que todos nosotros. Mi tía Nelly, Mamá Nelly para todos, era exactamente la encarnación de un ángel sobre la tierra, pero rechonchita y gordita, más buena que cualquier otra persona que yo hubiera conocido, y me parece que tenía cierta debilidad por mí al no tener hijos varones. Además cocinaba como para aumentar 30 kilos en tres meses si ibas todos los días a comer. ¡¡Nunca habrá nada bajo la tapa de una olla ni en treinta mil años o hasta que el mundo se destruya en diciembre del 2012 como los causunes de mi tía Nelly!!! Dicho lo cual firmo al pié y después el escribano, y pongo la huella digitopulgar derecha, doy fé, etc.
Y mis primitas, mayores que yo un par de años, mas o menos. Noemí, Profesora de piano y Susana, profesora de ternura. Noe era bonita como una estampita pero con una carita de pícara que no te cuento y Susana con unos ojos tan grandes que creo que fue mi viejo el que le puso “puro ojo”. Este grupo de chiflados (me refiero a las dos familias, menos yo que era el único cuerdo) nos desplazábamos a Villa Picena generalmente por un mes, de enero o de febrero, a pasar las vacaciones.
Una vez instalados, había que ir a la playa, porque sino para qué habíamos ido? Agarrábamos todos los cachivaches que se acostumbra llevar a la playa aún hoy, pero hay que tomar en consideración que en esa época y en ese lugar había algunos faltantes. Por ejemplo un lugar adonde guarecerse del sol, porque lo del agujero de ozono es un peligro japonés hoy en día, pero entonces, sin agujero, sin carpa y sin bronceador, yo volvía el primer día como el Chapulín Colorado y además con fiebre. Para llegar a la playa desde los departamentos había que caminar dos cuadras de médanos en los que te hundías en la arena seca hasta los tobillos con unas zapatillas Pampero que se te llenaban de tan simpático elemento en los dos primeros metros de excursión, y olvidate de sentarte para sacártela porque la arena estaba a una temperatura tal que si te sentabas probablemente no te podrías sentar en los próximos dos meses a partir de esa fecha. Así que a correr hasta la playa adonde la arena estaba más mojada y más fresca, o hasta llegar a la sombra protectora de un tamarisco, si es que te podías poner abajo, ya que son medio rastreros y no tienen intenciones de facilitar tu comodidad a costa de su supervivencia en ese medio inhóspito.
Pero allí estaba la playa!  35 kilómetros para cada lado de una banda de arena inmaculada corriendo de norte a sur de manera casi perfecta y de 200 metros de ancho. El sol sale en Mar de Ajó exactamente frente a tus narices, porque mira hacia el este, como si la costa la hubieran dibujado con un tiralíneas. Hasta el horizonte de ambos lados:  !Playa! Pájaros, olas, almejas, pesca, y... ¡nadie más que nosotros! Algunos otros ocupantes de los restantes departamentos aparecían por la playa y, a pesar de las decenas de kilómetros vacíos, se quedaban a algunos metros. La soledad intimidaba y nos aproximaba unos a otros, por las dudas.
Mamá Nelly se volvía y cocinaba (¡gracias a Dios!) al mediodía, así que arrastrábamos todo de nuevo y nos sentábamos a la mesa de algún departamento de abajo (nosotros estamos en la piecita de arriba) y almorzábamos como si en vez de venir de la playa viniéramos de Biafra.
Luego la siesta (y el aburrimiento para los chicos), más playa a la tarde y volver a acicalarse para cenar. Por supuesto que para bañarse ¡minga de agua caliente! Metéte de golpe que te acostumbrás en seguida. Sobre todo si el traje de Chapulín lo tenés pintado a fuego encima. Y después de cenar podían pasar varias cosas. Mi viejo, que era capaz de hacer canastitas, viboritas y otras artesanías con una cáscara de mandarina, te imaginás si le dejaban a mano una sandía. Me acuerdo que una vez vació una y le hizo los agujeros de los ojos y la boca con dientes, le metió una vela adentro y la puso al fondo de los departamentos en la noche cerrada. Después de haber salido inocentemente a tomar fresco y encontrarte con el fantasma de luz vacilante al fin del pasillo en medio de la noche, las peliculas de Freddy parecen de Walt Disney! Y si no vayan a preguntarle a Noe y a Susanita, que se quedaban afónicas de pegar alaridos, mezcla de miedo y armar quilombo! Y si llovía (algunas veces llovía, igual que ahora, y no era por el calentamiento global sino por el recalentamiento local, creo) cosa que agradecíamos porque después de una semana de playa como la que te conté te empezaba a parecer una pequeña tortura no tener descanso, entonces la farra era en la cocina de la terraza. Desde las tortas fritas y otras menudencias hasta un juego que papá había rescatado de no se donde y que se llamaba El Enano Amarillo, vaya a saber uno porqué, que se jugaba con cartas y nos hacía llorar de la risa, o las cartas rusas, en las que cada uno dibuja la cabeza de un animal, la oculta doblando hasta el inicio del cuello, se la pasa al siguiente y éste dibuja un cuerpo del animal que se le ocurre, lo dobla y lo pasa, hasta que se dibujan las patas. Luego de terminado se la pasa al siguiente y se abre, con lo que uno recibe una figura de un bicho con cabeza de águila, cogote de jirafa, cuerpo de chancho y patas de rinoceronte, lo que despierta la imaginación de los niños.
Así pasaban las vacaciones inocentes y sanas de unas familias de clase media baja. Y todavía faltaba el viaje de regreso (acuérdense de la ruta) Tio Fernando tenía un auto – debía ser un Chevrolet o Ford 37 más o menos – de esos con los que Oscar Gálvez podía correr Turismo de Carretera y llegar primero cruzando ríos, montañas y otras molestias geográficas, pero que no podían competir con la ruta a Mar de Ajó. Llenábamos el auto de todos los cachivaches que habíamos llevado más los que habíamos juntado los chicos, como miles de caracolitos de playa, con y sin agujerito, mas piedritas raras, caracoles de tamaño importante, y porqué no varias decenas de plumerillos que las damas habían cortado para llevar. Además de cuatro adultos y tres chicos, las canastas de comida, fruta, agua, etc. En el último viaje que me acuerdo se venía la tormenta y Fernando quería adelantar camino. No quería parar porque me imagino que quería llegar al asfalto antes de las cuatro gotas que trasmutaban la tierra en barro impasable. Y los chicos teníamos hambre. Creo que nunca tuve tanta hambre en mi vida. Y Fernando que decía: ¡Ya paramos, ya paramos! En aquel montecito que se vé al fondo! Y todos mirábamos acercarse el montecito y ya se nos hacía agua la boca pensando en los sánguches de milanesa que había hecho Mamá Nelly, y cuando llegábamos al montecito......este tío degenerado pasaba de largo y señalaba otro montecito a 5 km. de distancia y decía: ¡aquél es mejor, vamos a parar en ese..!!!
Lo hizo como tres o cuatro veces, y los chicos ya llorábamos de hambre, hasta que papá se puso firme y le gritó: ¡ Pará, padre desnaturalizado...!!!  Nos causó tanta risa a todos que hasta Fernando se resignó a parar, pero porque el fantasma de la lluvia ya se había alejado.
Escribo estas cosas y a veces tengo que parar un poco para sonreír  y otro poco para secarme los ojos. ¿Como se podía ser tan inocente, tan aventurero, tan confiado en la suerte, con tan pocos berretines y con tantas ganas de vivir!
Mar de Ajó. Allí nos llevó el destino y allí seguimos yendo, año tras año. Ya no hay almejas, ya no hay pesca, las calles están asfaltadas y no hay que empujar más autos encajados en la arena.
Pero si te levantás bien temprano y te parás frente al mar, con los primeros rayos del sol que va asomando la melena desde el fondo del océano, podés volver a ver la playa, virgen y húmeda, hasta donde se pierde la vista al norte y al sur. Y si te esforzás un poquito y todavía ves de lejos, por ahí vas a ver la cabeza de una jirafa que se estira desde Africa para mirarte con los ojos grandotes y abiertos. 




Todo es cuestión de creer. Y de estar en Mar de Ajó, diría mi viejo, caña en mano y cara al viento en el frío de la mañana. 






domingo, 2 de enero de 2011

UFA!!

Me agobian con los mails que me requieren, me extorsionan, me exigen que los reenvíen porque sino las calamidades más horripilantes caerán sobre mi pobre humanidad. Jesús, Dios, la Madre Teresa, San Expedito, la Virgen María, etc., van a tomar algún tipo represalia contra mi persona porque me niego a hacer un click sobre el botón de reenviar a todos mis contactos. Siempre me he preguntado si el tipo de Dios que cada persona quiere se parece íntimamente a sus deseos ocultos o inconfesados o inconcientes. Se supone que todos deberíamos desear la existencia de un Dios único, clemente y misericordioso como dice el Corán, lleno de amor, dulzura y perdón como dice el Nuevo Testamento, y el paradigma de la justicia, como deja ver el Antiguo Testamento, por mencionar algunos de los documentos que plasman los principios por los que adoramos a nuestros Dioses. Además me llama la atención que haya personas que se atribuyen la voluntad de Dios, como si la conocieran íntimamente porque tienen el número de celular del Supremo Hacedor: 


-¡Mandá esto a siete personas porque sino Dios te va a mandar una desgracia que no quiero perder el tiempo de describírtela aquí porque se me hace tarde y tengo reunión de Directorio en el Heaven!!!


 ¿Qué les pasa a los que escriben este tipo de amenazas? ¿Querrían ser ellos los ejecutores de la pena? ¡Tomá, desgraciado, por no haber reenviado lo que te mandé!! ¡Así vas aprender a hacer click cuando te lo mando Yo, que soy el representante artístico y jurídico de Dios en este mísero planetita!!

Como diría Fontanarrosa (que sin duda el Dios que uno desea que sea como uno quiere que sea, lo debe tener al lado suyo para que le siga dibujando y contando chistes) a través de Inodoro Pereyra: ¡Ay, Patria mía!!


Epitafio

Desde hace muchos años
-ya ni recuerdo cuántos-,
Comencé la partida,
Vale decir el desarraigo,
Aunque correctamente
Debo decir zarpé.
- el mar es importante
para entender quién soy
si alguien quiere entenderme -

Todo estaba dispuesto una mañana.
No diré que habría bruma
Porque podría
Parecer metafísico,
Y en realidad es simple:
Al nacer la primavera
solté amarras,
soné mis tres sirenas
y me alejé del muelle
- vacío, despoblado –

No tuve a nadie atrás.
Me fui alejando
Sin manos ni pañuelos,
Sin sonrisas ni llantos.
Nadie me dijo adiós,
Nadie dejó caer
Ni una flor en mi estela.

Nadie forzó la vista
Para tratar de ver
Mi tristeza a lo lejos
Para poder después
Construirme nuevamente en el recuerdo.

Nadie me dijo adiós

Salí a la vida
Orzando hacia estribor
A toda vela.
Todos los vientos fueron
Favorables.
Pienso que no debiera
Describirte mi viaje.
Como todos los barcos
Navegué las tormentas,
Y tuve miedo a veces
Que la muerte
Atravesara el marco de mi puerta,
Y otras veces dormí,
 junto al mesana,
envuelto en luna llena,
o inquieto en noche oscura, sin un rumbo,
aferrado al timón, bebí mi angustia
esperando entre las nubes
una estrella.

En fin, en realidad,
Lo que imaginas.
Atravesé la Vida
Como si fuera el Mar,
Como si fuera
Un duelo desigual,
Un desafío,
Una lucha brutal
Y una quimera.

Mi experiencia es sencilla:
Sólo se hunde
El que se queda al pairo
En la tormenta
Por recoger el paño a toda prisa
Cuando el miedo es mayor que la entereza.

Una mañana vi
Una gaviota
Y creí reconocer
Señal de tierra.
El horizonte gris
fue recortando
una isla hacia estribor,
y la enfilé de proa
con toda mi esperanza puesta en ella.

Y aquí estoy, en la paz de una bahía,
Y una playa sembrada de palmeras
Pronto a desembarcar con mi equipaje
Para ya no partir de sus arenas.

La metáfora es simple: un navegante
Ha llegado, curtido por la pena,
Para dejarse hundir en tu regazo,
Y construir en ti sus alegrías
Y establecer en ti tu descendencia.

La metáfora es simple.
La respuesta
Tan sólo está en el fondo de tus venas.
Si dices sí, me quedo.
Si lo dudas,
Estoy ya en el timón,
Y si te niegas,
Mañana zarparé, proa al otoño,
Orzando hacia estribor a toda vela-
Me verás alejarme sin un llanto
Hacia las nubes grises, cenicientas,
Y no te diré adiós cuando me vaya
Ni pediré una flor sobre mi estela.

Pero al llegar al último horizonte
Perdido el gobernalle en la tormenta,
Mi postrer pensamiento será tuyo
Y tu nombre mi epitafio en esta tierra.

Setiembre/77
PD: La Isla se llamaba Liliana. Y en ella establecí mi descendencia.

Paula y Barbara

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sábado, 1 de enero de 2011

Y a mucha honra

Varela entre Francisco Bilbao y Gregorio de Laferrere. De Varela sólo se sabía el apellido. ¿Cuál Varela? ¿Felipe, el Federal de la zamba? ¿Florencio, el Unitario asesinado por Oribe? Nadie lo sabía.
Pero esa bendita cuadra era la recopilación en cien metros del mapa universal. Nosotros mamábamos la tolerancia y la convivencia desde que nacíamos. Nadie nos enseñó con otra cosa más que con el ejemplo. Y aprendimos sin darnos cuenta y sin que fuera necesario tener una antidiscriminación por decreto, como ahora.
Mirá la cuadra de mi casa, vereda impar, donde yo vivía:
Esquina Laferrere: quiosco y Librería mínima. Dueño: Don Felipe. Anciano, español, fumaba Avanti. Si ibas a comprarle algo, te quedabas charlando con él una hora. Siempre tenía gente parada delante del quiosco. Allí comprabas desde los caramelos Miski y el Milkibar, o los caramelitos chiquititos de Sen hasta el papel araña para forrar los cuadernos del colegio o la pelota Pulpo para jugar a la vuelta. Al lado, una familia distinguida: la familia Desouches. El Papá Contador, dos hijos amigos míos, uno de los cuales, Alberto, Médico como yo, fue Director del Htal. Posadas. Al lado, una familia Armenia, recién llegados. Un matrimonio con cuatro hijos y el hermano del padre. Profesión: Zapateros. Apellido : Atamián. El varón más grande, Marcos, era habitué en mi casa para jugar conmigo. Al lado: Don Marcos Niewiadomski y Doña Clara. De origen ruso y religión judía. Sastre como los de la época: hacía los pantalones, sacos, todo a mano. Los dos hijos, Abraham y Martín, eran mayores que yo, y algo más jóvenes que mis viejos. En las fiestas judías compartían con nosotros el Matza y algunas delicadezas propias de su cultura. En carnaval jugábamos al agua con los hijos, los vecinos, mis viejos, etc. Abraham era más serio, Martín un atorrante. Su puerta interna comunicaba inmediatamente al lado de la nuestra en el pasillo adonde daban todos los departamentos (los dos primeros tenían negocio a la calle) y era común que para comunicarnos entre nosotros se abriera la puerta del departamento y se hablara asomando la cabeza al patio. Ellos tenían teléfono, de los de candelero, que se colgaba el auricular de una horquilla que tenían en el costado. Nos ofrecían el teléfono sin reservas, y mis amigos me llamaban a ese número y Clara abría la puerta del patio y me decía: Títele, te llama fulano! (a mi me decían Tite), y yo bajaba corriendo e iba casi hasta el negocio con Don Marcos atendiendo clientes, y cerraba la puerta intermedia para no molestar, y hablaba rápido para no ser abusivo. Gente generosa y amable y cariñosa, los Niewiadomski. (Uno de los hijos de Abraham hoy también es Médico Pediatra)  El negocio de al lado de ellos era de una familia de origen francés por un lado e italiano por otro: Duveaux y Della Védova. Eran dos hermanas y la hija de una de ellas, Luisa, hoy también es Médica Clínica. Debía ser contagioso. Pero sigo: al lado de casa había un local transformado en taller mecánico de un muchacho de ascendencia alemana especializado en Borgward que se llamaba Martín Adams. Me podría pasar horas hablando de esa extraordinaria, querible, admirable persona que fue Martín. Corredor de carreras de lo que hoy llamamos Rally y antes turismo de carretera, había tenido un accidente grave acompañando a Marcolongo. La farra mayor para todos era cuando terminaba un Borgward Isabella y salía a probarlo con algunos de nosotros adentro. Tenía un circuito que incluía llegar hasta Lafuente y doblar a todo lo que daba por atrás de la placita de Lafuente y Bilbao haciendo todos los rebajes de caja y entrar derrapando al pasaje. Martín era un tipo grandote, de carácter fuerte que se quedaba hasta tarde en la madrugada para arreglarnos el cochecito nuestro cuando salíamos para Mar de Ajó. Tenía un socio tan buen tipo como él que se llamaba Pico de apellido, alto, flaco, y que se volvió para sus pagos de General Pico (valga la redundancia) cuando incomprensiblemente Martín murió de una hemorragia digestiva.
Un poco más allá, en casi la mitad de cuadra, un joyero griego, Don Alejandro, exaltado y verborrágico, apasionado por la historia reciente de su país, de la que creo había tomado parte en los movimientos sociales de post guerra, y que se pasaba horas explicándome los procesos políticos de su Patria, los guerrilleros, los partisanos, etc. Un personaje inolvidable. Y un poco más allá, la Tienda de una familia de origen turco llamada Pierri, cuya hija de mi edad, bonita, frágil y delicada, murió casi una niña de una enfermedad que hoy tiene cura. Se llamaba Sonia. Exactamente al lado de este negocio, una anciana que se pintaba mucho y se vestía de manera singular y que se enorgullecía de ser Sobrina nieta de Domingo Faustino Sarmiento, Padre de la Educación de los Argentinos y Presidente de la República.
En la vereda de enfrente, otras familias italianas como los Corsiglia, que tenían una fábrica de hielo y lo vendían en trozos de las barras industriales y cuyos hijos fueron fundadores conmigo y algunos otros chicos del barrio del Club Social y Deportivo “Amor y Lucha” que en el fondo de esa casa de los Corsiglia tenía como lugar de práctica deportiva una cancha de básquet con piso de ¡adoquines!!!, muy apropiados para llevarla picando, como comprenderán.
Y una familia polaca que tenía un bazar repleto de cosas de vidrio y porcelana, y una extraordinaria familia japonesa que, contra todas las predicciones, no tenia una tintorería, sino una Fábrica de Pastas.
Era propiedad de Don Torazo Akiyoshi, un oriental amable, humilde, trabajador, de contextura delgada pero fibrosa (la broma fácil era porque se llamaba Torazo), siempre con una sonrisa en la boca, y una esposa callada, regordeta, que hacía ñoquis a la manera antigua con un rallador alargado a una velocidad abismal. Su hijo, el Dr. Horacio Akiyoshi, Bioquímico, fue el Profesional que introdujo e impuso el Control de Calidad en las prácticas Biomédicas argentinas. Me enorgullece haber sido su amigo y el haber participado en aquel Primer Congreso de Control de Calidad de la Argentina que lo tuvo de Presidente. Como todos los buenos, murió joven de un infarto de miocardio.
Justo frente a mi casa, había un gran terreno cerrado con un portón de metal de dos hojas enormes, donde tirábamos a fin de año los rompeportones (unos pequeños cilindros de cartón duro rellenos de pólvora y pequeñas piedritas que cuando golpeaban una superficie dura estallaban con gran estruendo. Como las piedritas que producían la chispa también salían disparadas como metralla, en vez de tirarlos con las manos los tirábamos con honda, porque lo que más dolía eran los impactos de las piedritas en las piernas ya que los chicos usábamos pantalones cortos.) Pero sigo: en ese lugar, donde hoy se levanta un enorme edificio de departamentos de no se cuantos pisos, se instaló una familia uruguaya descendiente de africanos. Como dirían Les Luthiers, gente de color (negro). También de profesión mecánico, su alcance era más modesto que el de Martín Adams, y sus arreglos menos específicos. De cualquier modo, tenía a un lado un largo tinglado de chapas y una modestísima casita al fondo, donde vivía con su esposa y dos chiquitines. Pero una noche, gritos y corridas nos sacaron a todos a la calle: el taller se había incendiado. Los vecinos corríamos trasladando agua pero los baldecitos de zinc no alcanzaban para nada y hasta que llegaron los bomberos el fuego destruyó todo. Hubo una cruzada popular para salvar la familia y todos contribuyeron con algo. Hasta el Club Social y Deportivo Amor y Lucha, en sesión de Comisión Directiva (éramos seis socios y seis dirigentes) decidió, por unanimidad, donar todos sus fondos a nuestro vecino damnificado. Lo llamamos a nuestra cancha de básquet y le entregamos todos nuestros fondos en una cajita de madera de esas que venían los habanos: algo más de nueve pesos. Le dijimos que a pesar que era poco, para comprar alguna pinza le podía ser útil. El hombre lloraba y pidió permiso para besarnos a todos, porque no se atrevía porque el creía que era negro y nosotros blancos, cosa de la que nosotros no nos habíamos dado cuenta, porque ¿Qué tenía de diferente ser negro en medio de los gallegos, tanos, turcos, griegos, japoneses, rusos, armenios, franceses, polacos, etc. que saludábamos o nos besaban todos los días cuando nos encontraban por la calle?
Por si no se los dije, mi Barrio era Flores sur, y mi calle la calle Varela, al 600, en la otra cuadra del corralón. Allí me crié, allí me recibí de Médico y desde allí y con esa Escuela salí a la vida. Y a mucha honra.

Yo no soy Yo

Yo no soy yo.
Soy alguien parecido
Al que vos conocías.
A lo mejor estás ligeramente confundido
Quizás desorientado
Y al verme desde atrás, o desde lejos
Creas reconocerme.

Pero yo no soy yo.

Yo me marché una noche de febrero
Adonde estoy ahora
Y aún no he regresado.

Así que no te asombres,
Ni te preocupes, ni estés desorientado.
Yo ya no soy Roberto.
Soy alguien parecido
O no tan parecido, o diferente
O no tan diferente
O distraído
O indiferente
O deprimido
O desahuciado.
Yo me fui con Liliana.
Esto que queda
Es un fantasma
Desposeído, triste,
Errático,
Casi aburrido
Abúlico
Y sin destino claro.

Por eso no me extrañes.
Si me ves en la calle
Mirame con cuidado
Y vas a ver que mi aspecto
Ya no es el mismo.
O sí es el mismo
Aunque más descuidado,
Que los ojos son estos
Ojos miopes y viejos
Que han visto demasiado
Pero sin luz de otoño,
Sin el sol de esos días
Gloriosos y  preclaros
Que tanto le gustaban a Liliana,
Esos días de mayo.
Me vas a ver distinto,
Porque no soy el mismo.
Acostumbrate a este
Más sombrío, más viejo,
Más vacío
Más discapacitado,
Con menos esperanza en la mañana
Y en la noche con mucho más cansancio.
Acostumbrate a este nuevo extraño
Que se parece a mí,
Que anda sonámbulo
Y que busca en las sombras otra sombra
Que quiso demasiado
Y que desde una noche de febrero
Del verano pasado
Se fue a buscarla y no la encuentra
A un lugar que está lejos
Muy, muy lejos
Y que no ha regresado.

Porque yo no soy yo.
Yo soy el otro
El que se fue a buscarla
Al otro lado.
RMS


Para mi viejo amigo Néstor, que no entiende porqué no me encuentra en estos tiempos.