martes, 3 de abril de 2018

EL PENSAMIENTO RACIONAL Y PROSPECTIVO DE LAS MOLECULAS ORGANICAS. O TAL VEZ DIOS.




Hace 3500 millones de años ( 3.500.000.000 de años), poco más o menos para los tiempos de tamaño galáctico, las moléculas que flotaban libremente en la “sopa primordial” que ocupaba algunos espacios de la Tierra (que parece ser el sustrato de las transformaciones que condujeron hasta nuestra biología presente), desarrollaron una capacidad que parece ser inimaginable para el discurso científico actual: pensaron  en una estrategia de supervivencia, predominancia y dominación. Si ya no podemos dejar de maravillarnos acerca de que muchos individuos del mundo actual piensen  (y no ya una estrategia, sino solamente una acción inteligente como no contaminar las aguas o contribuir a disminuir el calentamiento global), nos parecerá ilógico que se proponga que una o aún peor unas moléculas se pongan a pensar un plan para preponderar en el planeta.  
Volvamos a nuestra sopa primordial. Suponemos que aproximadamente en los tiempos arcaicos a que hacemos referencia había agua en estado líquido en el planeta. Si alguno se pregunta de donde, la mejor explicación que tiene la ciencia es la de que el agua había llegado en forma de hielo en un bombardeo de cometas que se estrellaron en la Tierra (que curiosamente todavía no tenía tierra, sino solo rocas que estaban pasando del estado fluído al estado sólido para formar la corteza terrestre). O sea que el agua es extraterrestre, nos llovió del cielo, y mejor que la cuidemos, porque si se nos acaba tendremos que esperar por otra lluvia de cometas para sostener la poca vida que quedaría en nuestra Tierra si se acabara.
Bien, estábamos en una Tierra sin tierra y un poco de agua prestada por los cometas de hielo y en ese ¿Mar? primitivo teníamos una sopa de moléculas que habían pasado de lo inorgánico a lo orgánico, de las sales a las moléculas de carbono. No se había inventado la noción de peligro ni de enemigo, ya que las moléculas no tenían ninguna disputa de territorialidad, de alimentos o preponderancia entre ellas, sencillamente porque no se había creado la vida tal como la conocemos actualmente. Todas las nociones que devienen en sentido de peligro, amenaza, territorialidad, perduración, preponderancia, amigo, enemigo, bueno, malo, etc., aún no tenían sentido, y proceden de una decisión tomada por un grupo de moléculas: juntarse entre ellas en asociación cooperativa, para crear un elemento que no existía hasta ese momento: un Individuo capaz de separarse del medio que las rodeaba e interactuar de manera coordinada para lograr los objetivos que hemos enunciado. Y para eso necesitaban de un elemento fundamental: una pared de aislamiento y protección que permitiera la entrada de los elementos “amigos” y constituyera un  impedimento de penetración para  los no deseados: los enemigos. Ninguna palabra estaba creada pero comenzamos a crear los conceptos fundamentales de la convivencia. Por empezar, esa pared de protección que el Individuo necesitaba para identificarse como tal y separarse del medio: la membrana celular.
La separación del individuo permitió que lo que existiera dentro del mismo fuera amigable o útil y los deshechos de su metabolismo fueran desagradables o perniciosos, por lo que debían expulsarse del mismo. Y que los elementos externos fueran aprovechables o deseables para ser introducidos, o peligrosos y/o rechazables por ser factibles de producir daño a la estructura recién formada (o Creada ?). 
A esta altura del razonamiento, debemos ser conscientes de que estamos hablando de voluntades, decisiones, arquitectura, construcción de órganos, ingeniería de partículas y conocimiento del bien y del mal: todo esto percibido y desarrollado por partículas infinitesimales imposibles de ver más que con el microscopio electrónico, y que de golpe y porrazo devienen en inteligentes.
No puede haber otra explicación para la formación del primer Individuo; no podemos especular en que semejante cambio estructural y racional pueda ser casual. Una molécula puede formarse en forma casual por la interacción de una descarga eléctrica, un rayo u otra circunstancia fortuita, pero una estructura compleja, tan compleja como la membrana celular, de la que sólo desde hace muy poco tiempo ha podido establecerse y conocerse la complejidad de sus funciones y su estructura, no puede ser obra del azar.
Llegados hasta acá, debemos seguir considerando que a no ser un proceso orquestado, dirigido y coordinado ( por algo, por alguien…?), esta célula individuo flotaba única en el mar primordial propuesto previamente.
¿O hubo una voluntad conjunta “universal” y se formaron simultáneamente decenas, cientos, miles, etc. de células?.  En cualquiera de los casos la posibilidad de la aparición de uno o múltiples individuos en forma espontánea merece una reflexión de inicio: o las moléculas pudieron crear la estructura, lo que implicaría un pensamiento complejo de las moléculas, o algo, alguien, otro u otros pudieron hacer algo ya planeado para la creación de individuos complejos.
En cualquiera de los dos casos, estaban implícitos en la creación los pasos sucesivos que conducirían a la multiplicación de la especie y su difusión, la posibilidad de la formación de otras especies, la herencia de los caracteres distintivos de los padres a los hijos, la conservación de la especie y la preponderancia sobre las eventuales otras especies, la coordinación y cooperación entre ellas, la simbiosis, y la lucha por la vida.
No se puede pensar en un desarrollo tan extraordinario y tan complejo partiendo del supuesto del azar.  De alguna manera un elemento inteligente intervino para lanzar este desarrollo que condujo hasta nosotros, suponiendo que nosotros seamos el fin último del este desarrollo, lo que en realidad dudo profundamente.
Siempre tuve la impresión de que somos la consecuencia de algún tipo de experimento lanzado por alguna mentalidad superior a la nuestra en una dimensión inimaginable para nosotros, algo así como un experimento de laboratorio a escala cósmica que no entendemos porque somos el objeto de estudio.    
A continuación un esquema ultramicroscópico de la membrana celular, con su doble capa de lípidos y glicoproteínas  y un esquema de la célula en su conjunto tal como puede reconstruirse por las observaciones al microscopio electrónico.
Como se puede observar, estructuras que parecen lejos de la suposición de la formación por simple azar.  Así que debemos aceptar o que las moléculas pueden desarrollar planeamientos inteligentes o que hay una intervención externa inteligente.




https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/40/Detalle_de_la_membrana_celular.svg



La única otra opción que puede quedar para explicar el desarrollo expuesto para la formación del Individuo es casi esotérica: que el primer individuo haya llegado ya formado y preservado por el frío casi absoluto del espacio intergaláctico en un cometa o un meteorito que lo transportara, y que haya encontrado en ese “mar” primitivo las condiciones físico químicas aptas para su desarrollo y expansión.  
Es decir que las opciones que nos quedan para explicar este casi inconcebible fenómeno del comienzo de la vida son:
1)     Las moléculas piensan. Y no solamente piensan en presente, sino en futuro. Pueden planificar, intuir, planear, tener estrategias para la preservación y perduración de la especie, etc. Toda esta información está incluida en las moléculas específicas para asegurar la descendencia ( ADN, ARN ) y la perduración e inclusive la dominación sobre el resto de las especies, lo  que también incluye el necesario conocimiento de la existencia de otras moléculas y otros individuos de especies diferentes;
2)     Una inteligencia de alcance ininteligible para nosotros en el momento actual, produjo la primera célula, interactuando sobre las moléculas, y desarrollando a través de ellas las características que condujeron a la formación del primer individuo, y a todo su desarrollo posterior, con todas las implicancias expuestas anteriormente. Esto conlleva a admitir que existen inteligencias mas allá de toda comprensión humana y que o nos crearon y nos abandonaron a nuestro propio albedrío, o están observando los resultados de su propio experimento, sabrá ¿Dios? con que fines.
3)     Alguna de estas dos causas creó o desarrollo individuos fuera de nuestro planeta millones de años antes que en la Tierra, y transplantó el producto terminado hacia nosotros de alguna manera, ya sea en forma casual o dirigida, para que se desarrollara aquí. De esta forma, deberíamos admitir una inteligencia actuando desde fuera del planeta para obtener un resultado que aún no hemos llegado a comprender.  
Este pensamiento recurrente me ha desvelado desde hace décadas. Y creo que he completado una especie de trilogía que redunda las dos entradas anteriores.  Yo me siento un poco mas tranquilo. Espero que ustedes no.    

miércoles, 11 de enero de 2017

La incomprensión de Dios



Vivimos bajo la sospecha de un Dios ingrato que no entendemos. Un Dios febril, inquieto, cambiante, del que hemos recibido unas instrucciones que intentamos cumplir sin visualizar recompensa, por lo menos en este mundo que nos contiene.
Vivimos pensando en que habrá un más allá que compense el más acá, el lugar donde los pobres, de acuerdo a Pablo Neruda, allí tomarán sopa. Un mundo injusto nos rodea. Un mundo donde triunfan la fuerza, la prepotencia, el destrato, la violencia, la falta de alimentos, la muerte prematura, el dolor de los mejores y el triunfo de los corruptos.
Un mundo que se complace en distinguir, admirar y envidiar a los que han “triunfado” aplastando a otros, riéndose de conceptos tan inútiles como la ética, aprovechando la debilidad circunstancial de semejantes en momentos de indefensión, estafando la buena fe y la confianza de gentes de buena voluntad.
Un mundo que se afana en ser feliz, y basa el concepto de felicidad en criterios de posesión de cosas, brillantes, lustrosas, con colores deslumbrantes y funcionalidad pasajera por la aparición de otras cosas de características más o menos similares pero más nuevas, práctica que se utiliza desde la época de la Conquista en nuestra región, con el objeto de subyugar (y someter) a los “indios” que habitaban el lugar.  
Creemos en general en un Dios único pero propio de una parte de la humanidad y que sospechamos sustraído, o robado o utilizado espuriamente por otros que dicen adorar al mismo Dios, pero tienen el mismo sentimiento de apropiación indebida de Él por parte nuestra. Y hay imbéciles que se matan unos a otros por esto. 
Vivimos en un planeta maravilloso, en el que una incontable variedad de desarrollos independientes y singulares que llamamos especies, viven, crecen y se reproducen sin solicitarnos autorización, en una extraordinaria e indescriptible sincronización de intereses positivos y negativos que permiten que todas ellas prosperen y aprovechen las ventajas que unos y otros se dan. Solamente tenemos una especie que, con los mismos criterios que he expuesto anteriormente respecto a su manera de vivir en el Planeta, es decir haciendo prevalecer la fuerza, el interés económico sin otras consideraciones y la minúscula mirada del egoísmo del propio bienestar sin pensar en el futuro de todos los demás integrantes del conjunto de seres vivientes, destruye la armonía, la simbiosis y el proyecto de convivencia tan extraordinariamente concebido por esa fuerza que no sabemos nombrar, pero que parece que nos echó del Paraíso cuando fuimos capaces de desobedecer su orden de no apoderarnos de una cualidad que no nos estaba reservada a ninguno de los animales: la Ciencia del Bien y del Mal.
De esta manera y por una falta (que nos hizo mortales desde entonces), se abrieron los ojos de los hombres y fuimos como Dios, y somos el único animal sobre la Tierra que conoce el Bien y el Mal. Y hemos desarrollado las Ciencias, en nuestro efímero provecho. Contamos el tiempo en años, en vidas, en siglos, porque el ser mortales nos exige tiempos acotados a nuestras ambiciones de ser “felices” en el concepto humano. Pero no podemos comprender que el Plan Maestro de lo que llamamos Naturaleza tiene una previsión de eones para su concreción, y que lo nuestro es ridículamente pequeño.
Ray Bradbury, en sus Crónicas Marcianas, prevé un Hombre que alcanza a comprender el sentido de la Civilización desarrollada por los marcianos (que los terrestres ya habíamos exterminado por acción u omisión) y explica a su Capitán:
-“Sabían vivir con la naturaleza, comprendían a la naturaleza. No trataron de ser solo hombres y no animales……..El animal no discute la vida, vive. Su única razón es vivir la vida. Ama la vida y disfruta de ella…. Los hombres de Marte comprendieron que para sobrevivir no debían preguntarse ¿para qué vivir?  La respuesta estaba en la vida misma. Vivir era propagar la vida, la vida mejor….Renunciaron a destruirlo todo, a humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia. La ciencia entre ellos no se opuso a la belleza….
Sabias palabras y quizás premoniciones en un libro escrito en 1946 y cuya edición en castellano fue magistralmente prologada por Jorge Luis Borges.
Por todo esto no entendemos a Dios. Porque luego de traicionarlo y desobedecerlo construimos un mundo que no estaba en sus planes, y que Él tampoco comprende.
Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió su corazón.
Génesis 6, 5,6.

Somos como una especie maldita. Nos destruimos a nosotros mismos y a los demás por intereses que humillan nuestra condición humana. Somos extranjeros en nuestro propio mundo. Por este camino la destrucción de la especie humana está cerca, en tiempos de Dios. Él no hará nada para premiarnos ni para castigarnos. Nos dejará que evolucionemos con nuestras falencias y con nuestras virtudes. Si sabemos elegir con la sabiduría que robamos del Paraíso, quizás nos perdone y  prolongue en eones nuestro tiempo sobre la Tierra.
Que así sea.





La Sopa Primigenia

LA SOPA PRIMORDIAL

La evolución biológica de los seres vivos (y de los ya extinguidos), tiene un inicio tan maravilloso como complejo de explicar desde el punto de vista conductual.

Veamos: todas las teorías científicas coinciden en un mar primitivo de escasa profundidad calentado brutalmente por un sol cuya radiación ultravioleta no tiene filtro por la inexistencia o delgadez de atmósfera que lo modere. En este mar las partículas de elementos que luego constituirán los organismos que conocemos flotan o están disueltas en él. Carbono, hidrógeno, oxígeno, minerales. Algún fenómeno relacionado con agua evaporada, formación de atmósfera, nubes, tormentas y por consiguiente descargas eléctricas sobre esta sopa primordial, favorece la creación de moléculas más complejas. En especial aminoácidos. Y de la unión de aminoácidos, proteínas, la base de la vida tal como la conocemos.

Hay otras teorías parecidas que involucran fuentes de agua caliente submarinas, quizás volcánicas, o la misma radiación solar, en mayor o menor medida. (Si nos vamos a teorías esotéricas podemos hablar de meteoritos portadores de seres vivos que llegaron a la Tierra, o en cometas, o en otros cuerpos astrales. No olvidemos a los extraterrestres, nunca suficientemente bien ponderados.)
El hecho es que supondremos que acumulaciones de cadenas proteicas flotaban libremente en un mar de escasa profundidad, sin cumplir ningún papel protagónico por el momento, y en forma independiente unas de otras. Sin aparentemente interrelacionarse, ni interactuar entre ellas.

Pero hete aquí que un giro imposible de entender (por lo menos por individuos de pocas entendederas como yo) provoca un fenómeno que creo inexplicable si no estuviera dirigido por una decisión que involucra inteligencia y voluntad propia, y más aún programación y proyecto a largo plazo. Muy largo plazo.
Un grupo selecto de proteínas decide  SEPARARSE y AISLARSE de las demás. Decide construir una membrana para ser un elemento de tipo mancomunado para ¿enfrentar? a los otros elementos que lo rodean y aprovecharlos como fuente de energía para mantener la unión de su membrana aislante, absorbiéndolos y procesándolos.

Así se forman los primeros elementos independientes que con el tiempo llamaríamos células, o sea los primeros individuos.

Creo que la pregunta que merece respuesta es: de donde y como un grupo de elementos primitivos como partículas proteicas independientes obtiene de pronto pensamiento propio para transformar su condición de “uno dentro de un mar de semejantes” en un INDIVIDUO ÚNICO en un mar de partículas aprovechables y utilizables en beneficio propio.
Parecería que este inicio de un Plan que involucra VIDA en todo su significado (es decir reproducirse, alimentarse, diferenciarse, evolucionar), no es el resultado de ningún fenómeno asociado con rayos, radiaciones o cosas parecidas. Impresiona tal como lo que es: un proyecto a largo plazo del que todos participamos, pero no sabemos por qué se ejecuta. Ni quién decidió, a través de una simple membrana, transformar una simple sopa en la maravilla que hoy conocemos
.
El inicio de toda la Naturaleza que conocemos se inició por una decisión inteligente, y no por una casualidad. ¿Cómo llamaremos a la inteligencia que decidió legarnos la inteligencia? ¿Dios, que nos creó a su imagen y semejanza, según todas las religiones conocidas? ¿El Diablo, como querían los cátaros y albigenses? ¿Los inefables extraterrestres, tal como propugnan los esotéricos?
A veces me imagino que toda nuestra soberbia nos llevó a pensar en una forma de Dios que se afana por procurarnos una vida digna en objetivos y conductas, y que deseamos y esperamos que así sea.

Y a veces pienso que esto que conocemos como Universo no es más que un experimento llevado a cabo por un ente que no podemos mensurar ni comprender, y que quizás sea un aprendiz de dimensiones sobrenaturales al que le encargaron una tarea escolar parecida – en sus términos – a la germinación del poroto de nuestros escolares.

Pero voy a adherir a la teoría de un Dios inmensamente bueno que nos legó la inteligencia de la que muchas veces parecemos enorgullecernos en no demostrar.

Y hay algo que me tranquiliza: así como nosotros medimos nuestro tiempo en el tiempo de rotación del planeta que nos contiene, creo que el tiempo de Dios se mide en la rotación de todo el Universo alrededor del Creador. Y entonces me parece que Dios no llegó todavía al séptimo día. Todavía no se sentó a descansar. Todavía sigue trabajando y creando sus maravillas.
Ojalá podamos, si somos capaces de utilizar la inteligencia que nos legó, verlas y admirarlas con humildad y sabiduría.


sábado, 28 de febrero de 2015

Reflexiones sobre el ejercicio de la Medicina actual

Reflexiones sobre el Ejercicio de la Medicina 
El Médico y la enfermedad

 La interacción del Médico como factor modificador del curso de la enfermedad torna poco creíbles los resultados estadísticos de la eficacia de los medicamentos. Es indudable que las drogas no ejercen acción por sí solas, sino que tienen un componente importante de efectividad de acuerdo a la acción del Médico, la que puede exacerbarse con su apoyo, o minimizarse con su indiferencia.
La inmanencia, que es un don reservado a los sensibles a los que grava el dolor ajeno, potencia el efecto curativo o al menos disminuye el dolor y la angustia del enfermo. Esto sin duda desencadena otros milagros, que hoy llamamos endorfinas.
Aquellos que frente a un enfermo son incapaces de sentir la angustia indescifrable que causa el no estar sano, y el miedo a que lo irreparable está cerca y es una opción posible, no verán en la Medicina más que una ciencia de valores deseablemente estables, y se fastidiarán cuando las ecuaciones no se cumplan automáticamente. 
Esos técnicos, generalmente bienintencionados, no alcanzarán nunca la meta. El verdadero sentido de la medicina les estará oculto. No podrán descifrar con humildad y con grandeza de espíritu el secreto de la curación, que se les escapa y que, ante su asombro e indignación, permite a otros el alivio o la sanación de las enfermedades. 
¿Alguno duda de los Curas sanadores? Que hable con los que se sintieron curados! ¿Estaban enfermos? Todos los que salen de su casa para ir al Médico o para probar alguna instancia de sanación están enfermos. Nadie que no esté enfermo estará sentado en la Sala de espera de mi consultorio. Y el éxito de mi sensibilidad como Médico será encontrar su enfermedad, reconocerla detrás de la barreras y dentro de las paredes que la ocultan, debajo de ese disfraz de paciente sano . 
Pero quizás lo más curioso será descubrir que ese éxito no es identificar la enfermedad, sino tan solo curarla. Hemos confundido demasiado tiempo el concepto de que el Médico es el que diagnostica las enfermedades. Esto lo puede hacer cualquiera, con un mediano nivel de conocimiento.
Lo hacen cada vez más técnicos y colaboradores de la Medicina sin necesidad de ser Médicos. Pero Médico verdadero es solamente el que cura. Y si no cura alivia, y si no alivia consuela. Y todos sabemos que la ecuación diagnóstico más medicamentos es insuficiente para curar en muchos casos
Volvamos a tocar a nuestros enfermos. Escuchemos lo que nos dicen. Prestémosles atención. En sus palabras, en su lenguaje gestual, hasta en su aislamiento y reticencia o su mala disposición a nuestros consejos o indicaciones encontraremos su enfermedad. Revisemos a nuestros pacientes. La mano del Médico es más prestigiosa y cura más que muchos análisis y exámenes de laboratorio. Tengamos muy en cuenta que éstos son elementos complementarios del diagnóstico y no curan. Practiquemos la semiología y escuchemos con placer cuando nos dicen “nunca nadie antes me revisó como me revisó usted”. Esto nos dará la categoría necesaria para avanzar en la disposición del paciente a curarse. Y pongámosle una mano en el hombro, tratando de trasmitirle nuestro afecto o nuestro apoyo. Digámosle con el gesto que nos interesa, que estamos preocupados por él, y que puede contar con nosotros. 
El milagro estará cerca. 

Y entonces seremos Médicos. 

Dr. Roberto Manuel Serrano 
Médico 
Especialista Universitario en Cardiología

viernes, 21 de diciembre de 2012

LA fin del mundo


LA Fin del Mundo

Hoy es el día del fin del mundo. Espectáculo maravilloso, si cabe decirlo, y parece que por la mediación especial del Gobierno Nacional, va a ser completamente gratis. Yo me levanté enseguida, porque no quería perdérmelo si empezaba temprano. Pero como todos estos espectáculos oficiales, ya son las 8:30 y todavía no empezó. Yo siempre digo: la culpa de todo la tenemos nosotros, que porque somos argentinos nos creemos muy cancheros y no respetamos las formalidades. De eso habría que aprender de, por ejemplo, los alemanes, que seguramente a esta hora ya tienen un fin del mundo como la gente, y con transmisión en televisión con filmación desde los helicópteros y todo. Y nosotros, todavía en veremos!
No quise poner la televisión para ver los noticiosos, porque en casa todos duermen (y se van a perder la ceremonia inicial que seguramente va a haber. Me imagino que será en la cancha de River, cantarán el Himno y hablará después Cristina. También por esa razón no prendí la tele. Bastante tenemos con el fin del mundo.)
Yo me preparé café y salí al jardín a mirar para arriba, pero no se veía nada. Solamente el cielo, lo que era medio aburrido. A la media hora de mirar para arriba tuve mi primera impresión del fin del mundo: me mareé y casi me voy a la mierda.  No te digo lo que me dolía el cogote. Pero se me pasó y hasta ahora no pasa nada.
Tendría que haber ido al Cerro Uritorco, donde van a venir los extraterrestres. Pero parece que lo cerraron porque tenían todas las entradas vendidas.  En todo caso si la cosa viene bien me voy para el lado de Quilmes que tienen esas montañas de basura tan lindas del Ceamse y me paro arriba. Total los extraterrestres que van a saber donde está el Uritorco si ni siquiera tienen Google map ni Filcar.
Lo que no me explico es para qué quieren venir de tal lejos para ver la fin del mundo. Para mí que son medio cholulos y quieren salir en la tele o en las revistas como Caras o esas que los tipos muestran las casas y las minas que tienen en lugares bárbaros que son como La Salada pero mucho más lejos y bastante más caros.  Imaginate al extraterrestre X2830Z en la tapa de Hola! : ¡ X2830Z muestra su nueva destrucción planetaria a escala y su reciente colección de cadáveres de hombrecillos infradesarrollados hechos fleco!

Bueno, son como la nueve y media y no pasa nada. Lo que más me jode de esta fin del mundo es que como estos pelotudos del gobierno la empiezan tan tarde ¡ni siquiera me salvo de ir a trabajar, porque sino me descuentan el presentismo! La puta madre!
Además ahora me avivo que soy tan boludo que compré los regalos para Navidad! La guita que me podría haber ahorrado!
A ver si la próxima Fin del Mundo me encuentra un poco más organizado y preparo unos sanguches de milanesa y un cabernet y me voy a Mar de Ajó hasta que pase!
¡Será posible…!!    Y justo ahora que Bianchi iba a hacer que Boca fuera el Barcelona 2 y Riquelme el Super Messi bostero!
No hay nada que hacerle. Estas cosas solamente me pasan a mí.


domingo, 24 de junio de 2012

Bandera Argentina




…Tite! Vamos , Tite…Levantáte que ya tengo el desayuno listo…!
Yo era Tite, en mi casa, diminutivo medio sofisticado de Roberto que me había puesto mi madrina. Y era a mí que llamaba mi viejo, con voz entusiasmada en la fría mañana de Mar de Ajó, a eso de las siete o siete y media. El horario variaba de acuerdo a  la tabla de pleamar que seguramente había estado mirando en la casa de pesca de El Sordo, sobre Hipólito Yrigoyen, la noche anterior. Y yo que me había acostado tarde, con la licencia que para un pibe de 16 o 17 años daba la salida “al Pueblo” de Mar de Ajó, me despertaba medio somnoliento y con el olor de las tostadas con manteca que preparaba mi viejo, y el del café que me permitían tomar sin leche. Y me sentaba a la mesa del comedor, con el frío que me congelaba las patas, con pantalón corto para poder meterme en el agua para “lanzar”, y me comía tres o cuatro deliciosas tostadas que papá hacía en la tostadora que se ponía arriba de la hornalla y que vigilaba cuidadosamente para que no se quemaran. Y mientras me tomaba el café calentito miraba por la ventana como la noche se iba aclarando para transformarse en día con esa claridad premonitora de una mañana gloriosa de verano como son en general las mañanas de verano en el mar. Y mirando por la ventana mientras me sacaba las lagañas, veía las dos cañas de lanzar apoyadas en la pared del pasillo y el balde con almejas sacadas el día anterior y que iban a ser sacrificadas para servir de carnada esa mañana.
Terminaba el ritual del desayuno. Papá se salía de la vaina y me arrimaba las tareas habituales que me tocaban para cruzar al mar y me daba las directivas básicas para no congelarme antes de que el sol calentara el aire: Ponéte el anorak, agarrá el cuchillo de pesca, llevá los paracañas que yo llevo las almejas, etc. y salíamos por el pasillo, metíamos los pies en la arena fría de toda la noche (la calle era de arena más o menos apisonada) y cruzábamos a la playa para acercarnos al mar. Generalmente llegábamos cuando todavía el sol no se veía, o estaba escondido debajo de una capa de nubes que enrojecían como el fuego a medida que iba subiendo por el cielo, siempre oculto. Hacía frío, había viento. Yo me subía la capucha del anorak y me sacaba las ojotas para clavar los paracañas, al borde del agua,  mientras papá desenredaba las líneas ya armadas de las cañas (tres anzuelos, pesca variada, medianitos) y empezaba a romper almejas y ponerlas en los anzuelos.  Me daba la mía, ya encarnada, y yo comenzaba a caminar hacia las olas, despacito, poniéndome en puntas de pié cuando la altura de la olita superaba mis expectativas y mis pobres rodillas congeladas. Cuando llegaba a esa altura, ya me cambiaba el carácter: ya era un pescador. Ya el agua se ponía calentita y yo no prestaba tanta atención a si me mojaba los bordes inferiores de la malla o un poco más arriba. Giraba despacio para poner apoyada en el piso la plomada, alineada con el puntero de la caña, controlaba que no se me hubiera piantado ninguna almeja de los anzuelos y que la plomada tuviera la cruz de los alambres bien abierta para que la corriente no la arrastrara y quedara clavada, y con un movimiento que había practicado desde que era un pibe, la elevaba hasta que pasaba por arriba de mi cabeza, siempre con el puntero siguiendo la plomada para que saliera la tanza sin inconvenientes ni roces. A todo esto con el dedo pulgar de la mano derecha iba soltando con precaución la salida de la tanza ya que yo usaba siempre un reel rotativo, porque no me gustaron nunca los frontales, y apretaba cuidadosamente el carrete para que no se soltara más hilo del que fuera necesario, porque  si no se podía hacer “galleta”.
Caía la plomada más o menos donde yo quería, trababa el reel con la palanca y aflojaba un poco la estrella para caminar hacia atrás, adonde ya estaba mi viejo esperando el pique, porque era más rápido que yo. Nos parábamos juntos mirando clarear el día y casi de inmediato los dos pegábamos el tirón de clavar un pique, seguramente de borriqueta, que era lo que habíamos venido a pescar, porque era el aperitivo nuestro de cada día.  Si alguno de los que leen esto alguna vez pescó en el mar, saben que se puede distinguir casi con seguridad el pique de una borriqueta por los tres tirones que pega el pobre bicho cuando queda enganchado del anzuelo: un, dos, tres, seguiditos. Y casi de inmediato nuevamente otro pique del mismo tenor. Ya ahí comenzabamos a recoger tanza y pispeábamos en las olas pequeñas para ver asomar nuestra línea y  ver lo que habíamos pescado.  Es difícil de creer en la actualidad,- en la que veo con admiración la estoicidad de los pescadores que se pasan horas enteras frente al mar remojando carnadas varias sin resultados positivos-, que en la primera tirada y sin que hubieran transcurrido más de cinco minutos como máximo, sacábamos pequeñas corvinas de unos 30 cm. de largo, y, se los juro, la mayor parte de las veces, una en cada uno de los tres anzuelos. Al levantar la caña con los tres pescaditos colgando alguno gritaba: “Bandera Argentina!!”  Y los dos nos reíamos con la broma repetida incansablemente en el fragor de la mañana.
Tengo que confesar que siempre me causó mucha pena matar cualquier cosa, desde cucarachas hasta melgachos. Así que a las pobres borriquetas que iban a enriquecer nuestra alimentación ese día, yo las sacrificaba de inmediato, porque no podía verlas boquear ahogándose. Con un quiebre de las manos les fracturaba el cuello y morían de manera instantánea.  Eso me hacía más tolerable este deporte alimentario.
En el tiempo en que el sol se ponía algo más alto y comenzaba a calentar, habíamos pescado entre 20 y 30 borriquetas entre los dos.  Papá decía basta, es suficiente, y volvíamos a casa a tomar un par de mates con mi vieja, y ya el día estaba encaminado. Papá fileteaba las borriquetas que daban un bocado exquisito de unos doce cm. de largo por  seis de ancho y uno de espesor, mamá los enharinaba y los freía, y yo daba cuenta de los mismos a la hora del vermouth.  Todos los días había 40 o 60 bocaditos de esos antes de almorzar o cenar, con almejas curadas tres días en agua salada de mar y abiertas en la sartén sazonadas con limón, y todo lo que la naturaleza pródiga de aquella época podía aportar para unos veraneantes no pudientes, como éramos nosotros.
Hoy es el día del Padre, y mis hijas se acaban de ir a sus respectivas casas, y yo me quedé pensando. Pensando en qué regalo le podría hacer a mi viejo en el día de hoy. Y me doy cuenta que el mejor regalo era poderle decir que nunca, jamás podré olvidar el olor de las tostadas, de la sal del mar, del ruido de la tanza pasando bajo mi dedo en la caña de lanzar, y en la pureza de la alegría del grito de mi viejo diciéndome:
“¡Bandera Argentina….!!!!!”,  con la sonrisa de oreja a oreja y el pelo despeinado por el viento del mar en la mañana recién nacida.
Ahora estás allá, Viejo.  Yo te llevé hecho cenizas y te dejé en esa misma playa donde fuiste tan feliz.  Seguro en este momento estarás con la caña en la mano y cara al sol, esperando el pique de alguna borriqueta en la mañana clara. Esperáme con las tostadas y el café caliente. Algún día te voy a ir a buscar.

Tite.

miércoles, 30 de mayo de 2012


Los domingos por medio había que levantarse temprano. A las nueve de la mañana ya teníamos que estar listos, desayuno tomado y vestidos de domingo. A los seis años de edad, prepararse para la aventura que se planteaba en esos días era algo realmente exultante. Papá estaba casi diría excitado, empilchado con saco y corbata, Mamá con vestido de salir, y yo, con pantalón corto, zafaba a veces de la corbata (ya armada y con elástico) pero no de la camisa y el saco y de los zapatos cerrados con medias Carlitos.
Salíamos como apurados a la calle, recién desperezada de vecinos que iban o venían de  buscar el pan para el desayuno o de comprar el diario en la esquina donde esperaba el diariero de a pié.  Caminábamos hasta la esquina de Varela y Monte (hoy Baldomero Fernández Moreno) y esperábamos el 257, microómnibus de la época que hacía el recorrido Ciudadela- San Juan y Boedo. Al finalizar el recorrido nos bajábamos y nos metíamos en el Subte en la Estación Boedo, destino Constitución, para tomar el tren. Seguíamos medio como apurados, sin pararnos en ningún lado, pero hasta ese momento viajábamos sentados porque no había mucha gente a esa hora. Al llegar a Constitución, subíamos desde el subte al hall central y, tal como se hace hasta ahora, después de sacar los boletos nos parábamos frente al enorme cartel indicador con todas las líneas (Vía Quilmes, vía Témperley, etc.), y Papá luego de un concienzudo examen marcaba el próximo paso: ¡Andén 7! Decía, y allá nos dirigíamos. Nos subíamos al tren que esperaba en el andén y buscábamos acomodarnos los tres, si era posible en dos asientos enfrentados para estar frente a frente. El viaje era corto: pasábamos sin parar por Solá, Estación de Cargas, luego por Hipólito Yrigoyen, cruzábamos el Riachuelo tapándonos las narices, y llegábamos a destino: Avellaneda. Ya teníamos bastante gente alrededor que caminaban en nuestra dirección. Los hombres con saco y corbata, pocas – casi ninguna-  mujeres y muy pocos niños como yo. Cruzábamos Avenida Pavón y encarábamos una calle que tenía dos cuadras asfaltadas y se continuaba con una larga calle de tierra convertida en basural. Toda la extensión de la calle estaba ocupada por montañas de basura de larga data, y el olor era algo menos que insoportable. Por las orillas de lo que debería ser la vereda, en un sendero de un par de metros de ancho, pegado al límite que demarcaba un largo paredón de una fábrica de vaya uno a saber que cosa, sin una sola puerta a esa calle, cada 20 o 30 metros un tipo de cara no confiable armaba una mesita portátil con un paño encima y desplegaba un trío de vasos dados vuelta o tres nueces con una bolita o una arveja debajo de una y las movía con habilidad delictiva invitando a los que pasaban a probar la rapidez del ojo contra la mano. Otros tendían un paño en el suelo contra el paredón y tiraban un par de dados invitando a un pase inglés de dudosa transparencia. Alguno de los caminantes paraban a mirar, algunos grupíes se arrimaban a engrupir, y nosotros pasábamos ligerito de largo con mi papá poniendo cara de “esto no es de gente honrada y trabajadora”. Consideren que mi vieja era una mujer joven, linda, de buen físico y vestida casi de fiesta, y que cruzábamos un territorio de malandras, jugadores ilegales y tipos mal entrazados con pinta de marginales, y por supuesto sin un solo policía. Jamás nadie nos molestó ni tuvimos un solo incidente, y estoy hablando de un período de mis seis a mis quince años aproximadamente. Seguíamos caminando y ya saliendo del basural, entrábamos a una zona dominada por la gastronomía: desde el tano con una especie de trípode armado con tres palos cruzados y arriba una enorme fuente de hierro redonda y de un metro de diámetro vendiendo pizza sin queso (“de cancha”), hasta el clásico parrillero improvisado con un fuego de carbones sobre el piso y una parrilla tipo elástico de cama de cadenitas con chorizos de dudoso origen chirriando sobre él. Botellas de cerveza dentro de  un tambor de 200 litros con pedazos de hielo cortados de una barra tapadas con bolsas de arpillera y botellas de vino común de litro que se servía en vasos de vidrio que se lavaban en un tacho (medio tambor cortado a lo largo) con agua que no se cambiaba nunca. Y ya casi llegando, los vendedores de Alumni, revista que traía una clave para leer dentro de la cancha los tableros que se iban actualizando con los resultados de los demás partidos de la fecha y que solamente descifraban los que habían comprado la revista.
Nosotros seguíamos derechito hasta en final de la calle, porque en el final aparecía:
¡¡EL ESTADIO PRESIDENTE PERÓN!! ¡¡ LA CANCHA DEL GLORIOSO RACING CLUB!!
Y allá nos dirigíamos a la entrada de socios. Mi viejo enderezaba para la tribuna local y mi vieja (y yo hasta los doce años) a la platea de damas, separados de mi viejo por una pared bajita. Veíamos la tercera, la reserva y la primera. Mi primer equipo en el 48 (1-2-3-5) era mas o menos así: Rodríguez al arco; Higinio García y Palma; Fonda, Ongaro y Gutiérrez; Salvini, el Chueco Méndez, El Maestro Rubén Bravo, Llamil Simes y Ezra Sued.
Entre partido y partido, los pibes nos hacíamos una pelota con los vasos de cartón encerado en que se tomaba el café (Sorocabana caféeeee!!!) que vendía un tipo uniformado de amarillo y verde que llevaba una especie de tanque atado adelante del cuerpo, convexo al frente y cóncavo donde apoyaba en la panza, con una canillita abajo a la izquierda para que colocara el vasito a llenar y una larga manija que cruzaba el tanque por delante y se manejaba con la mano derecha para dejar caer el café caliente en el vaso. O con los vasos de las bebidas sin alcohol, que no eran muchas pero ganaban la Pomona y la Bidú. Y entre partido y partido, nosotros teníamos nuestros propios momentos triunfales haciendo algún gol. El único problema eran los zapatos. Como todo era de cemento, una gambeta mal hecha o un shot con tres dedos te podía producir pérdidas irreparables de cuero lustrado que después te generaban graves consecuencias familiares. Lo sé por experiencia. Lo de las gambetas mal hechas y lo de la opinión que les merecía a mis viejos la pérdida de sustancia de la capellada de mis timbos, que a la mañana siguiente debían estar más o menos presentables para ir al colegio.
El hecho es que cuando terminaban los partidos, había que volver a casa. Todos conocemos la angustia que provoca un domingo a la tarde en que parece que se acaba algo que no podremos recuperar o esa congoja indescifrable dentro del pecho que ahora que soy viejo voy entendiendo un poco más. El hecho es que yo no quería que se acabara la humilde farra que era esa salida, y a veces, dependiendo de la altura del mes, mi viejo podía darse el lujo de llevarnos a comer a una pizzería. Algunas veces en Avellaneda, en alguna que hacía juego con la hinchada y vendía pizza bien de molde (asííí!!! de alta) repleta de hinchas de Racing que hablaban a los gritos de los partidos del día. Después con la panza llena y ya con sueño, volvíamos por la misma ruta a la inversa. Papá compraba la sexta, Crítica, la que tenía debajo del encabezamiento una frase de Sócrates: “Dios me puso sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble caballo, para picarlo y mantenerlo despierto”. Ya tenía los resultados de los partidos, que sabíamos más o menos por los que habían comprado el Alumni, y Papá leía, sentados los tres en el último asiento del micro, para estar los tres juntos y ver las fotos de los goles.
Fuimos a la cancha durante mucho tiempo, y me acuerdo claramente del festejo del tercer campeonato consecutivo que un equipo ganaba por primera vez en el fútbol argentino. Era el año 1951, ultimo partido de desempate Racing y Banfield que ganamos por 1 a cero con un golazo de Mario Boyé. Fuimos a festejar al Anexo de Racing de Villa del Parque, a la noche, y cinco muchachos del club se pusieron las camisetas y trataron de representar el gol en la cancha de papi futbol que entonces se llamaba de baby futbol y que cuando la embocaron en el arco luego de tocarla todos, todos lo festejamos como si hubiera sido el original de Boyé.
Después nos cambiaron los tiempos y las circunstancias. Ya no era tan seguro ir a la cancha, y yo tenía otras cosas en que intentaba aprovechar los domingos a la tarde, porque ya había crecido. Terminé el secundario, vino la Facultad, leí a Sartre y a Camus y a Hesse, y me la creí de intelectual. Iba a La Paz y al cine Lorca, Loire o Cosmos y llevaba el pelo largo. Y me aprendí aquello del “opio de los pueblos” y esa fue mi excusa para no ir más a la cancha.
En fin, todo pasa. Hoy, que Papá ya no está, sigo cultivando el amor a Racing y me amargo los domingos pero desde casa. Y si pido pizza, siempre pido “de molde”, ¡así!!! de alta. 



La señora de la blusa floreada



La señora de la blusa floreada


Una magnífica tarde de otoño, paseaba los perros por el barrio. Sol pleno, domingo, toda la gente en la calle y en las plazas.  Acostumbro a hacer un recorrido similar todas las veces que paseo los perros, pero esta vez, y no sé por qué, me desvié del trayecto habitual. No mucho, un par de cuadras. En vez de doblar por Alberti, se me ocurrió seguir hasta Saavedra por Independencia.  Una vez que crucé la calle, reparé que nunca en mi vida había estado en esa cuadra.  A pesar del hermoso día, la calle estaba bastante vacía, y crucé sólo algunos transeúntes en la cuadra.  Cuando estaba por llegar casi al final de la misma, de una casa de departamentos salieron dos hombres llevando una mesa redonda. Presté atención por dos cosas: una, que yo tenía una mesa prácticamente igual, y, dos, que la mesa tenía una mancha blanca redonda casi en el centro, como si se hubiera apoyado un elemento caliente que hubiera quemado el lustre.  Me fijé en eso porque yo también quería hacer lustrar mi mesa y me quedé pensando en preguntarles adónde o a qué lustrador la llevaban. En ese momento, detrás de los dos hombres y la mesa, salió una mujer de mediana edad, con una blusa floreada, medio rubia, y casi sin mirarme me dijo: “ Hola, Doctor, cómo anda?”.  Espero que me crean: yo nunca la había visto en mi vida. Como tengo numerosos pacientes que a veces vienen al consultorio acompañados por familiares, pensé que sería uno de ellos, pero para mi interior yo estaba seguro de que no la había visto nunca.  Además era la primera vez que yo pasaba por ese lugar, y la mujer me había saludado como si me viera todos los días, con mis tres perros, lo que parecía una locura. Además no me había pasado más bola, y estaba detrás de los que metían la mesa a una camioneta, dándome la espalda.
Por supuesto que mi primera reacción fue mirar alrededor y detrás mío, a ver si había otro destinatario del saludo, pero no había nadie.
Como el misterio y la curiosidad me carcomían, me acerqué por detrás a la mujer y le pregunté: disculpemé, señora, pero evidentemente los años me han afectado la memoria, porque no puedo recordar de dónde la conozco. Es una paciente mía, o una pariente de alguno de ellos…?
La mujer me miró con aire suspicaz y me respondió: “No, Doctor. Usted me conoce desde hace muchos años. Claro que nunca me había visto en esta ropa o este cuerpo, pero ha dificultado mi trabajo en numerosas oportunidades, por lo que en realidad me tiene podrida.  Nunca me ganó, pero a veces empatamos por un tiempo. Después…, Usted ya sabe…: Yo siempre gano”.
Sentí que se me paraban los pelos de la nuca y empecé a recoger la mano que le había tendido para tocarle el brazo. Pero ella me tomó la mano con la suya, que encontré extraordinariamente cálida y confortable y me dijo: “No se asuste. Estoy ocupada en otra cosa y usted no está todavía en mi lista. Tengo que acompañar a este muchacho de la camioneta, que tiene que estar en mi casa a las cinco y treinta y dos  de la tarde, después de un desagradable accidente en la ruta 3.  Pero me sorprendió encontrarlo a Ud. acá, donde no lo esperaba. Y la verdad es que tenía ganas de charlar con Ud., que me parece que no me comprende”.  Venciendo mi estupor y pensando que estaba soñando y me iba a despertar enseguida,  le dije algo que le pareció interesante: “Está equivocada, señora, le dije.  No sólo la comprendo cada vez más, sino que admiro su trabajo. Creo que usted es la verdadera artífice del desarrollo, bueno o malo, de este mundo”.
La señora de la blusa floreada se semi sonrió y me dijo:
- ¿Cómo, Dr.? ¿Usted no cree en Dios?  Decidí contestarme a mí mismo, porque era evidente que soñaba:
 -Mire, Señora. Desde hace algún tiempo ando dudando de la existencia del Supremo, ya que no lo veo manifestarse con la asiduidad que yo esperaba para esta humanidad. En cambio, si hay algo de lo que estoy seguro es en la existencia de Ud. Me he pasado la vida tratando de burlarla. Y lo seguiré haciendo, aunque cada vez más me parece que no hay recompensa más allá de este mundo. Cuando la puta Muerte….Perdón, Señora, cuando Ud. me venga a buscar con su blusita floreada, me voy a ir sin hacerme ilusiones.
Increíblemente, la mujer se rió y después de mirar a los dos que todavía trataban de cargar la mesa en la camioneta (yo me preguntaba quién era el que iba a manejar) me dijo:
-A ver, Dr., charlemos un rato. Usted dice que me comprende cada vez más. ¿Antes no me comprendía? 
-No, Señora, le dije. Antes era mi enemiga declarada. Antes mi vida era luchar contra Ud. de cualquier modo y cualquiera fuera el resultado. Y no me negará que algunas veces tuve cierto éxito. Tuve pacientes que vivieron muchos años luego de haber presentido su presencia. Y otros a los que se los arranqué de las manos.
-Es verdad, me dijo de manera resignada. Pero otros….
– Otros se los llevó, ya sé. Y tengo que confesarle que algunos fueron por mi ineficiencia o mi ineficacia o por…
- O por que yo me impuse ante su arrogancia, Dr. No se olvide quién soy y quien me manda.
– Me tranquiliza que haya quien la mande, le dije, aunque lo crea un poco lejano…! 
- ¡Bastante lejano, me contestó como ofendida, considerando que está como a 15.000 años luz tratando de ver como puede parar esa huevada del Big Bang de una manera honorable, que ya casi se le fué de las manos! 
- Una pregunta, señora, si es tan amable: ¿por qué me dejó ganar algunas veces?  
- Ay!, suspiró.  ¡Hay algunos códigos que tengo que respetar, aunque no siempre!. Pero en general me siento tentada a pasar de largo por un tiempo si me envuelven a los elegidos en un mantra que preferimos no vulnerar para que sigan creyendo en nosotros, y en esto lo incluyo al que está el culo de la galaxia.
- ¿Qué mantras?, le pregunté, medio indignado.
-  Por ejemplo, la gente que reza. No porque le importe un pito al que le rezan, que está demasiado ocupado como para prestar atención a esas manifestaciones de temor y absurda confianza en Él mismo, ya que me ha delegado a mí la tarea de hacer sitio para los próximos, sino porque en la disposición mental de los que rezan con cierta fé se manifiesta una fuerza energética muy bonita de observar para una, que aunque no lo crea, tiene su corazoncito, en el sentido que ustedes le dan a la palabra. – Eso quiere decir que en serio se puede prorrogar su desagradable visita con métodos esotéricos o de tipo religioso?
– No, Doctor! No me venga con filosofía de vieja en velorio! Yo los agarro cuando quiero, a veces sin plan previo! O usted se cree que yo tengo previsto, por ejemplo, que un pendejo con tres o cuatro cócteles y un par de litros de birra se suba a un auto a las cinco de la mañana y se largue a 160 por Libertador, en lugar de quedarse dormido en la vereda hasta que se le pase la mona! Una tiene que aceptar que tiene un trabajo que hacer, también! Si el pibe no tiene códigos, una tiene que aceptar la responsabilidad! Eso sí, no me pida una muerte limpita. Con semejante energúmeno lo menos que puedo hacer es un desparramo de sangre y sesos para que la cosa sea creíble. No le puedo encajar un infarto de miocardio en un semáforo porque no va a parar en los semáforos en rojo! Que quiere que haga!
– En realidad me ha dejado pasmado con esa declaración de que tiene su corazoncito. Eso quiere decir que tiene preferidos o que elige con algún tipo de vara desigual?
– Doctor, ¿usted no leyó a Darwin? Quién se cree que le arrimó los argumentos de eso de la supervivencia del más apto? Eso lo entendió al revés. Yo le había dicho que los menos aptos me los llevo primero!
– Por qué? No le dan lástima?
- ¡Cómo me van a dar lástima! Oiga, Doctor, es mi trabajo! A usted le da lástima poner inyecciones? Si me acuerdo de los tiempos en que se pasaba clavando una aguja en una naranja,  a falta de un culo dispuesto al sacrificio!
– Pero era práctica médica!
– Qué iba a ser práctica médica! Era puro sadismo cítrico! No me engrupa, que a la única que le encajó una inyección en esa época fue a su mamá! 
- Está bien, pero, ¿por qué pude hacer zafar a algunos y a otros no?
– Se me hace tarde, doctor, y se me va el pibe de la camioneta. Déjeme que le diga una última cosa: yo le hablé de los mantras, de los rezos, pero no le dije todo.  Hay quien tiene la virtud de pasar energía con las manos, y eso también hace un efecto muy bonito y lo dejo como adorno muchas veces. Usted tiene ese don. Me tiene tanta bronca que pinta mantras que me divierten mucho. Cuando está más enojado conmigo le salen mejor. Pero últimamente está aflojando. Lo noto más reflexivo, más conciliador.
–No es cierto, le dije. Estoy tan enojado como siempre. Ví irse a los mejores, a los que amaba, a los que quería, a los que respetaba.
– Y usted quería que se quedaran para siempre? Piense doctor: Yo soy la resurrección y la Vida. Ni Jesucristo se salvó de mí. Pero eso le permitió resucitar y cambiar el mundo. Y les dio la esperanza de volver, nuevos, jóvenes, vírgenes nuevamente. Todo lo que es hoy, ya fue antes. En su cuerpo, hoy, hay billones de átomos que ya pertenecieron a otros cuerpos. Si Yo no existiera, usted se degradaría de tal modo que terminaría pidiéndole a Dios que Yo existiera. Y sabiendo esto, usted ahora puede esperar que su cuerpo se reduzca a sus átomos primitivos y renazca en otro ser que tendrá partes de su estructura actual! Le parece poco? Usted volverá en algo vivo! Y podrá ser nuevamente y así para siempre, para todo el tiempo que se determine allá arriba. No es mejor así? No lo consuela? No le da esperanza?
– Me da una infinita alegría, le dije.
– Bravo!, me comentó la señora de blusa floreada. Está alegre porque ha comprendido el sentido de la Muerte?
- No, señora. Estoy contento porque el chico de la camioneta ya se fué hace quince minutos, y usted lo perdió. Qué va a hacer señora. Otra vez será!  Guarda, señora, que los perros hicieron caca y usted pisó mierda. Pero no se preocupe, que es suerte!   ¡Nos vemos!

Y la dejé puteando y arrastrando el zapato por el cordón de la vereda. 

lunes, 31 de enero de 2011

Uno se pregunta a veces

Uno se pregunta a veces si es válido ponerse a escribir sobre cosas que se vivían a diario como si fueran las más simples del mundo, y que hoy vistas desde este presente que nos resulta tan difícil comprender, parecen tan ingenuas y tan poco relevantes, que da vergüenza por ahí ponerlas en blanco y negro.
Uno también se pregunta: ¿a quién le puede importar? ¿Para que me voy a poner a escribir sobre cosas que a pesar de que están presentes y no se han borrado, no van a servir de ejemplo ni de cosa de respeto, sino solamente de motivo para una sonrisita de burla y porqué no, de descalificación?
Porque uno también a veces se pregunta si todo esto que vivíamos como tan natural era mejor que lo que tenemos ahora.
Aunque uno sabe que, en el fondo de la cosa, aquello era realmente lo correcto.
A ver: yo vivía en Flores Sur, en un barrio de laburantes sin grupo, porque vivir sin trabajar no se conocía. No había subsidios al desempleo, y el que no laburaba era mal, pero muy mal visto. Ya de por sí el que no laburaba era apartado, menospreciado. Y no lo digo por aquel que se había quedado sin laburo y buscaba otro. Lo digo del que no había laburado nunca que se supiera. Porque no había berretines respecto al laburo. El trabajo era trabajo, y se hacía el que uno conseguía. Y si no gustaba, se hacía mientras se trataba de encontrar otro mejor. Y si no se encontraba otro mejor, y la guita no alcanzaba para parar la olla y mandar los pibes al colegio, abrigaditos en invierno y bolsita de alcanfor al cuello incluída, se buscaba un segundo laburo, aunque hubiera que dormir menos. En todos los niveles de la vida. Había que honrar el trabajo, porque el trabajo dignifica. Yo tuve la suerte de poder estudiar porque me bancó mi viejo que era dibujante y  que se iba a trabajar al mediodía al centro y volvía a las 9 de la noche, comía y seguía laburando en casa. Yo me dormía con la única lucecita que iluminaba la penumbra de la casa mientras mi viejo dibujaba en el dormitorio en una mesita y mi vieja yo dormíamos, y muchas veces me despertaba con mi viejo dibujando ya con luz de día. Y nunca jamás se quejó de nada ni de nadie por su sacrificio que mantenía a su familia con dignidad. Y encima te bajaba línea para que no te fueras a confundir. Un día me dijo: “es mejor ir por la calle en bicicleta saludando a todo el mundo que ir en Mercedes Benz con los vidrios oscuros para que nadie te  pueda reconocer porque sino te putean”. El sabía la diferencia entre trabajar y chorear. Y no me digan que hoy la saben todos, porque sino no estaríamos como estamos y el polarizado de los vidrios de los autos posiblemente no sería negocio.
Y siempre con la risa a flor del alma y la voluntad de ayudar a flor del corazón. Nadie vino nunca a mi casa a buscar ayuda y se fue con las manos vacías y con el estómago con hambre. Y cuando digo nunca me refiero a mi casa de soltero y a mi casa de casado, que yo aprendí muy bien lo que me habían enseñado y mi mujer lo traía
Incorporado desde su infancia igual que yo por otra familia igual a la mía, a la tuya, a la de todos. Otra familia de laburantes.
Por eso mientras hoy veo por televisión a una cantidad de gente que corta el Puente Pueyrredón para que no se pueda pasar y de allí para que les den bola y les asignen planes de ayuda porque no tienen trabajo (y los planes de ayuda se los morfan los políticos, sindicalistas, punteros, acomodados, corruptos, vendidos, traidores, etc),  y tienen que ir a exponerse con mujeres y niños y bebés , ellos que si hubieran nacido en mi época se hubieran conseguido un trabajo y luego un segundo trabajo si no les alcanzaba con el primero, para que todos esos purretes hubieran ido dignamente al colegio con la panza llena y las vacunas al día, y no puedo menos que preguntarme si realmente valió la pena todos estos años de “progreso” y de democracia vacía de contenidos y llena de ladrones que se burlaron de mí, de mi viejo, de vos, de todos nosotros que sin una queja y con la risa y la solidaridad a flor de piel, laburamos  mientras podemos y seguimos andando en bicicleta por la vida, sin vidrios polarizados.
No bajemos los brazos. Sigamos peleando por algo mejor.

sábado, 29 de enero de 2011

Al Cementerio en 83

Mi barrio era un barrio como todos. Mi calle era una calle ancha y larga que terminaba en el Cementerio de Flores y el Hospital Piñero,  donde se acababa el asfalto y seguía de tierra hacia algunos otros lugares más marginales, especialmente el basural del bajo Flores, donde volcaban la basura de los carros que la recogían.
Yo vivía en la otra cuadra del Corralón Municipal, donde se guardaban esos carros. Por la puerta de mi casa pasaba el tranvía (el Tramway) 83, que iba desde el Cementerio de Flores a Villa del Parque, a Nogoyá y Cuenca. Creo que todavía está la vuelta que debía hacer para volver, atrás del anexo de Racing de Villa del Parque, para agarrar de nuevo Nogoyá y luego Nazca derecho hasta Flores. Doblaba en Rivadavia hasta Varela, que era la de mi casa, y de allí al Cementerio derechito.
El barrio era inimaginable sin el tranvía. Recuerdo las noches de verano en mi piecita de arriba, estudiando mis materias de Medicina y otro rato escribiendo, y en medio del silencio de la noche comenzar a escuchar a lo lejos el trepidar del tranvía. Se escuchaba desde varias cuadras como venía acelerando y como desaceleraba al llegar a la parada, que era una gran columna en la esquina de Varela y Bilbao, con un brazo a tres metros de altura desde donde colgaba el cartel octogonal amarillo con el número 83 en negro, balanceándose en el viento nocturno. Pero después de las diez de la noche o en los días de lluvia te paraba en todas las esquinas si querías.  Y cuando se alejaba podías imaginártelo como en la poesía de Baldomero: ... y en la punta del trole una estrellita...! Porque para los no iniciados, o sea para los que se perdieron la época de los tranvías, hay que aclarar que para que funcionaran, la electricidad que alimentaba el motor eléctrico que llevaban bajaba a través del Troley, que era una antena larga conductora, y que hacía contacto con un cable de cobre que formaba parte del tendido eléctrico aéreo que cruzaba toda la ciudad por encima de las vías. (Ecológico, no?) Cuando el troley (o trole, como decíamos todos) llegaba a los lugares donde había un empalme de los cables de conducción, se producía una falta de contacto momentánea entre el cable en que venía y el que lo continuaba, y en ese momento se producía un chispazo de color azul e inclusive las luces internas del Tramway se debilitaban o apagaban por un segundo, creando cierta sensación de desamparo o de ingravidez. Digo, que se yo...! Y yo que tuve suerte, porque cuando me fui a La Plata a estudiar, allá todavía había tranvías, aunque eran en general de modelos mucho más viejos y hasta destartalados que los que yo conocía en Buenos Aires. Pero de cualquier modo me prolongaron el cariño hacia esos bondis hasta casi recibirme. Mentira: el cariño lo tengo intacto. Lo que no tengo más son tranvías.

Sentado en la silla mi bisabuelo, Juan Gigirey. A la  derecha y sacando pecho, mi abuelo, Manuel Gigirey.
Compañía Anglo Argentina de Tranvías